En la taberna de MORDHEIM se escuchan los cánticos de los enanos de la victoria del día de hoy
Reox alza la pequeño atronador que resistió una embate del troll y que el noble aprovecho para decapitar al gigante con su hacha la otro lado Balin el matador muestra la cabeza del orco que sucumbió al ataque de sus hachas
pero una hay mas batallas por contar y una mas cerveza por beber
salud!! que esta noche es celebrada por los estos enanos.
Banda de enanos matadores de Luis Albarracin.
martes, 2 de octubre de 2012
Llegada de los Hombres bestia
Grolun Craneoazul bailaba alrededor de la hoguera, igual de azul que las llamas de su cráneo; en ella se quemaba la ofrenda de piedra bruja a su señor. En su primera incursión a la ciudad bendecida por el caos Malkthorg había teñido su hacha con satisfacción. Una banda de delgaduchos elfos se presentó cuando incursionaban en el coliseo de la ciudad, resultaron fácilmente emboscados por la velocidad de Gartrox que de un hachazo decapito a su hechicero, ante la sorpresa los elfos se retiraron. Después de asegurar la zona un sabueso encontró un túnel que los llevo a una cueva repletas de piedra bruja… y a unos tozudos enanos, el tapón pelirrojo resulto ser un digno oponente, pero sus compañeros al ver a su ingeniero desangrándose en el suelo y su capitán luchando por su vida huyeron dejando el botín y empujando entre dos al matador que no dejaba de maldecir… Malkthorg escuchaba en sus venas oscuras, la aprobación de su señor… ya vienen mas guerreros.
De la banda de Malkavoran.
De la banda de Malkavoran.
lunes, 1 de octubre de 2012
Diario de Bilbo Huertogrande IV
Día 1
después de “La Despedida a Campos Verdes de Las Tierras Venideras, a lo alto del Río Largo de Cornevilla la Hermosa, hogar de la familia pastelera hermana de la segunda tía primera de la familia Huertogrande, primera familia en… sabéis, no es de importancia.”
El primer día de nuestra aventura. Una aventura en busca de riquezas, peligros, comida, paisajes exuberantes y comida.
Un día en el que partimos nosotros:
Mi fiel y viejo amigo, sin guardarse molestias de que es el mejor chef de toda nuestra comarca, el cocinero Dogromirio Piesligeros de los Piesligeros de Campos Verdes; Mi amado nieto Bilbo Huertogrande VI; Mi sobrino nieto de parte de mi esposa fallecida, que los dioses la cuiden en su reino, Faloberto Rimirez o “El hábil”, como se hace llamar el mocoso; unos primos terceros de parte de mi tía Lucinda Villacerdos I; algunos sobrinos quintos, y uno político, de la rama de mi hermano Silbo Huertogrande II; también, unos tíos de mi joven nieto Bilbo de parte de su madre, que se nos colaron en la salida, lo bueno es que trajeron un cerdo; y por último, el medio hermano de mi viejo amigo Dogromirio, no estoy muy seguro en cómo se gana la vida, pero me han contado que es bueno “lidiando” con gente peligrosa, algo que no nos quiso mencionar fue su nombre, aunque, gracias a mi muy viejo amigo Dogromirio, descubrimos que su nombre es: Ribofalobertoguslanitasnachoseverosandro Hierbalegre XIII, le decimos “Trece (13)”.
Día 2
después de “No es de importancia”
Mientras caminábamos por bosques no muy lejanos de Campos Verdes, nos encontramos con un rastro de huellas muchísimo más grandes que nosotros, incluso, mucho más grandes que mi gordo y viejo amigo Dogromirio (bueno, casi). Descubrí que son pisadas de Ogros. 13 nos confirmó que eran dos. Continuamos viajando, ahora más precavidos y animados por ésta inesperada sorpresa.
Día 3
después de “No es de importancia”
Decidimos recorrer el sendero al lado del bosque, no queremos meternos con esas criaturas aún. En el camino nos encontramos a un viejo humano bigotón, le preguntamos por direcciones, pero este no paraba de decirnos: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, Peter”, quedamos un buen rato confundidos, no me había sentido así de perturbado desde que era un jovenzuelo de 29, y al final el viejo no paraba de gritar: “Excélsior!”
Qué día tan raro, que bueno que el viejo no nos siguió.
Día 4
después de “No es de importancia”
Nos encontramos con una caravana curiosa. Se hacía llamar “El Carnaval del Caos”. Los muy amigables, nos hicieron reír y gozar por un par de horas. En sus chistes e historias contaban sobre una ciudad llamada Mordheim, decían que esa ciudad estaba llena de riquezas, comida extraordinaria y el mejor tabaco que se pueda fumar. También nos dijeron por un par de monedas, al mocoso de Faloberto no le gustó que pagáramos de su bolsillo, me encantó la cara de su rostro todo rojo jajaja , bueno, ellos nos contaron que en Mordheim se encontraba un objeto maravilloso llamado “Piedra Bruja” y que era sumamente valioso. Alcancé a escuchar que también habían otros que buscaban este objeto y que matarían para obtenerlo, ésta noticia era la adrenalina que mis viejos huesos y mi grupo estábamos buscando.
Finalizando la tarde, tuvimos que huir de los del carnaval. Mi sobrino Faloberto le hizo honor a su nombre de “El hábil”, recuperó sus monedas y demostró su habilidad de no esconder lo obvio, así que gracias a él tuvimos que dormir la noche dentro en el bosque que quedaba cerca del sendero que seguíamos. La noche la pasará colgando de un árbol. Se ve tan chistoso colgando de cabeza! Ja ja ja ja ja ja!
Día 5
después de “No es de importancia”
Hoy encontramos a dos ogros jugando con mi sobrino mientras colgaba de cabeza. Si sus gritos no nos hubieran despertado, no estaría hoy con nosotros y Dogromirio no hubiera usado su magia de cocinero para calmar a los ogros. Se pelearon por la comida de mi viejo y fiel amigo. Uno de ellos no sobrevivió. Hicimos un trato con el sobreviviente, mi muy buen y viejo amigo le compartiría de su cocina a cambio de su amistad con nosotros. El señor ogro Bulkas aceptó feliz y se unió a nuestro grupo.
Le preguntamos si sabía algo acerca de Mordheim. Nos respondió que era un lugar peligroso y que en estas últimas semanas han habido varios enfrentamientos entre elfos, bestias, enanos, orcos y hasta dragones.
Ya me estoy preocupando, pero el Bulkas nos dice que dicen que la Piedra Bruja lo vale. Ya solo nos faltan pocos días para llegar a Mordheim. Mi grupo está tan emocionado por llegar.
Yo tengo la misma emoción, pero esa emoción comparte una porción de miedo. Mirando el lado bueno, creo que la Piedra Bruja podría hacer un buen fuego para la carne.
Banda de halflings
Diario de Kang el kobold. Semana 4
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| Kobolds y draconianos |
Llevamos un mes en
esta ciudad maldita y sus alrededores. Afortunadamente somos guiados por
nuestra gran madre Shaladrak y nuestro padre Skaladrak quienes
nos han enseñado el camino de gloria que tendremos con nuestros hermanos lagartos
de Lustria. Tanto ellos como nosotros sabemos el valor de la piedra bruja. Esa
que ha pervertido a tantos de nuestros padres que nos llena nuestra fría sangre
de venganza. Nosotros somos el verdadero orgullo de los padres celestiales de
la lengua bífida. Somos la verdadera y correcta forja de la piedra verde en una
estirpe orgullosa de Kobolds, Draconianos y dragones que junto con los hermanos
eslizones, croxigors y saurios de más
allá de los mares recuperaremos la gloria milenaria de los primeros nacidos.
Es triste lo que el
humano hace con la piedra sagrada pero es peor lo que hace el caos con ella.
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| Kang |
Eso lo comprobamos hace un par de días.
Cruzábamos por una de esas decadentes calles repletas de asesinos, no muertos y
skavens asomados por sus cloacas. Veníamos de enfrentarnos a esos insensatos
enanos. No entienden que la piedra sagrada nos fue regalada a nosotros y
enviaron a sus matadores contra nuestro líder. Creímos que había muerto bajo
las hachas enanas pero Roylerak es un draconiano fuerte y ahora no teme a nada
ni a nadie. El volvió más altivo y poderoso que nunca.
Hasta llegar a aquella
calle.
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| Roylerak Nuestro campeon |
Andabamos tranquilos y
bien escoltados por nuestro gran Roylerak, el sacerdote Jimerak y el poderoso
dragon Maxadrak cuando cruzando el puente de aquella calle vimos a esa horda de
hombres bestia.
Estábamos cansados de huir, de ser humillados,
desde aquel encuentro con los furtivos elfos no habíamos reclamado la victoria
para nuestro dios Shotek y la madre Shaladrak. No íbamos a rendirnos esta vez.
Nuestra sangre es fría y no debemos conocer el miedo.
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| Ese abominable hombre bestia |
Fue entonces cuando
cruzamos el puente que aquella bestia mitad corcel mitad bestia cornuda se
abalanzo contra Maxadrak junto con dos bestias bípedas con cuernos y hachas.
Encontraron su destino, el poderoso dragón con su inmensa alabarda del grueso
de un tronco los ensarto sin misericordia devolviéndolos al abismo.
Rugimos todos
embriagados de gloria y nos lanzamos a reclamar una ofrenda de sangre para
nuestros dioses. No todo iba a ser tan fácil.
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| Maxadrak y los hombres bestia en una calle de esas. |
Esas bestias cornudas se llenaron de rabia
asesina, contra atacaron a nuestros lideres draconianos hendiendo sus hachas
locos de venganza en nuestros hermanos, los arqueros desesperados disparaban
flechas que rebotaban en los escudos del caos y eran acechados por lobos
rabiosos. Todo empeoro cuando un ladino hombre bestia más pequeño que todos subió
por la espalda del poderoso dragón y lo golpeo con un garrote en la nuca. Nuestro
poderoso Maxadrak caía junto con nuestros bravos héroes en esa calle.
Los hombres bestia y nosotros estábamos sin
nuestros lideres. Lo único que hicimos (y yo sé que ellos también) fue vengar
sus muertes. Hasta el último draconico peleamos.
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| Buscando piedra sagrada |
Las flechas volaban y
las armas golpeaban a diestra y siniestra. El puente se lleno de sangre y tanto
amigos como enemigos caían derrotados hasta aquel momento en que los pocos sobrevivientes
de los hombres bestia fueron llamados a huir por su sacerdote. El caos corrió en retirada humillado por
nosotros los arqueros y un par de kobolds que somos orgullosos de infundir
temor por primera vez en los corazones de los esbirros del caos.
Pero a que precio.
Cuando el polvo de la
batalla se disipo, lo único que encontramos fue un paisaje lleno de sangre. La
orden era cruzar y continuar fuertes. Si alguno de ellos sobrevivía tendría que
alcanzarnos en nuestro próximo campamento pues debía demostrar que es un
guerrero digno de la estirpe de los dragones.
Y así fue. Todos nuestros líderes y hasta el gran
Maxadrak llegaron al campamento. Roylerak llego con una terrible herida en el
pecho pero más fiero que nunca. Rugimos de orgullo al estar todos vivos y
listos por recuperar la piedra sagrada de la estirpe primigenia del mundo.
Pero aquellas bestias
del caos muy seguramente se recuperaron también. Dicen los que se levantaron
del campo de batalla no vieron casi a los enemigos. Solo un cuerpo de
hombre bestia yacía inerte en la calle y
seguramente darían cuenta de él las ratas y sus amos.
No podemos bajar la
guardia.
Mi banda de dragones, kobolds y draconianos las juego con reglas de hombres lagarto mientras no tenga listas reglas experimentales.
Mi banda de dragones, kobolds y draconianos las juego con reglas de hombres lagarto mientras no tenga listas reglas experimentales.
Decimotercera Parte: Alma de asesino
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Averland, a finales del tercer mes del año 2000
A lo lejos, oculta tras la cortina de lluvia, se alzaba la ciudad de Averheim. Los tres caminaban con dificultad, pues las dos semanas que habían transcurrido desde que abandonaron la Ciudad de los Condenados no habían bastado para que sus heridas sanasen por completo.
-Hogar, dulce hogar – dijo Karl con desgana al ver su ciudad natal.
-¿No te alegra volver a casa? – preguntó Johann.
-Sí, un retorno glorioso. He vuelto sucio, herido y más pobre que las ratas. Es tal y como lo planeé – respondió el joven.
-Desagradecido – bufó Marcus.
-No me malinterpretéis – dijo Karl - , os agradezco que me sacarais de allí. Pero no cumplí el objetivo por el que fui a Mordheim, no he conseguido ni una sola moneda de oro.
-De eso tendremos que hablar largo y tendido con tu señor padre – respondió el capitán.
Karl bajó la cabeza y guardó silencio mientras caminaban hacia su ciudad bajo la lluvia.
- - - - -
La aldaba de bronce golpeó tres veces contra la gruesa puerta. El mayordomo, que en esos momentos llevaba en las manos una bandeja con dos humeantes tazas de té, cruzó el recibidor y se colocó junto a la puerta. Tras dejar la bandeja en una mesita redonda abrió la puerta y se quedó boquiabierto.
-Hola, Albert – saludó un empapado Karl.
-¡El señor ha vuelto! – exclamó el mayordomo, olvidando por un momento el protocolo y abrazando al joven - ¡Entrad, entrad! Por Sigmar, estáis empapados. Dejadme vuestros abrigos, voy a secarlos al fuego.
- - - - -
El encapuchado miraba por la rendija que dejaba la puerta entreabierta. No había perdido ni una sola palabra de la conversación. Giró la cabeza y miró al barón.
-Ya están aquí, barón. No quisiera privaros de un momento tan emotivo, así que os dejaré solo. Os aconsejo que guardéis silencio sobre mi presencia aquí.
El barón, sudando de terror, asintió. Estaba pálido. El encapuchado se deslizó a través de la puerta entreabierta y se escondió en la primera habitación que encontró.
- - - - -
Karl, acompañado por los dos mercenarios, entró en el pequeño salón. Pocas semanas atrás estaba repleto de mesas y libros, pero ahora tan sólo quedaban dos butacas frente a la chimenea. Durante unos segundos padre e hijo se miraron el uno al otro. Karl cruzó la estancia en dos zancadas y abrazó a su padre, que lloraba al ver sano y salvo a su hijo.
-Realmente conmovedor – dijo el encapuchado, que había entrado silenciosamente tras los mercenarios.
Levantó ambas manos, cada una con una pistola, y disparó. Karl y el barón cayeron muertos cuando las balas atravesaron sus cráneos. Johann y Marcus se dieron la vuelta y desenvainaron sus espadas. El encapuchado sacó dos cuchillos de su cinturón y descubrió su cabeza, mostrando una cara cubierta de cicatrices recientes.
-Tú – dijo el capitán - . Pensé que habías muerto.
-Un puñado de no muertos no sería capaz de acabar conmigo, Johann – respondió Erik - . Ya deberías saberlo. En cuanto a ésto – añadió, señalándose la cara - , ya se curará. Siempre se cura.
Sin previo aviso, Erik se abalanzó sobre sus antiguos amigos. Luchaba a toda velocidad, atacando sin descanso y desviando todos los golpes de los mercenarios. Marcus, que aún se resentía de las heridas sufridas en Mordheim y cuya espada todavía no había sido reemplazada, intentaba situarse a la espalda de su enemigo mientras el capitán combatía con él cara a cara. Por un instante Erik bajó la guardia al detener una de las estocadas de Johann, y Marcus aprovechó la oportunidad para hacerle un tajo en la espalda. Erik gritó y de su herida manó abundante sangre, pero consiguió controlarse y dar una patada al mercenario en la boca del estómago. Marcus cayó sobre la butaca, que volcó y se introdujo en la chimenea. Las llamas prendieron la tapicería y aumentaron su intensidad. Johann embistió a Erik, cayendo ambos al suelo, y le propinó varios puñetazos en la cara. Erik agarró al mercenario por las muñecas.
-Eres débil – dijo despectivamente antes de empujarle con los pies.
Erik cogió sus cuchillos y se puso en pie de un salto. Dio una voltereta en el aire y cayó sobre su antiguo jefe, hundiendo uno de los cuchillos en el pecho del capitán. Johann gritó durante unos segundos, un último grito antes de quedar silencioso para siempre.
-Me gustaría saber si también puedes recuperarte de un disparo en la cabeza, hijo de puta – dijo Marcus, apoyando el cañón de su pistola en la nuca de Erik.
Erik rió con una risa carente de toda alegría.
-¿Serás capaz de disparar por la espalda a un hombre? ¿Realmente tienes alma de asesino?
El mercenario disparó, salpicando de masa cerebral la pared del pequeño salón. El cadáver de Erik cayó sobre el del capitán.
-Púdrete en el infierno, cabrón.
Marcus tiró la pistola a un lado y contempló la escena. El fuego que consumía la butaca comenzaba a extenderse por la alfombra. El mercenario comprendió que todo el lugar ardería en pocos minutos, y salió de la estancia. En su precipitación tropezó y cayó de bruces en el pasillo. Al volver la cabeza vio que había tropezado con las piernas del cadáver del mayordomo, que yacía sentado con un profundo corte en la garganta. Marcus se alejó del muerto tan rápido como pudo, hasta que finalmente logró ponerse de nuevo en pie. Cruzó el recibidor y abrió la puerta de la calle.
- - - - -
Sylvia, la tabernera, cuchicheaba con una de sus vecinas mientras contemplaba la humareda que se alzaba sobre los tejados de Averheim.
-Mi marido dice que la vieja mansión del barón von Zwickau está ardiendo – susurró la anciana - . Al parecer ha sido provocado.
-¿Saben quién lo hizo? – preguntó Sylvia.
-Vieron a un hombre calvo que salía de la casa corriendo.
La tabernera asintió. Se despidió de su amiga y volvió a su negocio. Cuando giró la esquina, un hombre salió de su taberna con una bolsa cargada. Sylvia reconoció de inmediato a Marcus, pero el mercenario se perdió entre la multitud para no volver jamás.
FIN
Averland, a finales del tercer mes del año 2000
A lo lejos, oculta tras la cortina de lluvia, se alzaba la ciudad de Averheim. Los tres caminaban con dificultad, pues las dos semanas que habían transcurrido desde que abandonaron la Ciudad de los Condenados no habían bastado para que sus heridas sanasen por completo.
-Hogar, dulce hogar – dijo Karl con desgana al ver su ciudad natal.
-¿No te alegra volver a casa? – preguntó Johann.
-Sí, un retorno glorioso. He vuelto sucio, herido y más pobre que las ratas. Es tal y como lo planeé – respondió el joven.
-Desagradecido – bufó Marcus.
-No me malinterpretéis – dijo Karl - , os agradezco que me sacarais de allí. Pero no cumplí el objetivo por el que fui a Mordheim, no he conseguido ni una sola moneda de oro.
-De eso tendremos que hablar largo y tendido con tu señor padre – respondió el capitán.
Karl bajó la cabeza y guardó silencio mientras caminaban hacia su ciudad bajo la lluvia.
- - - - -
La aldaba de bronce golpeó tres veces contra la gruesa puerta. El mayordomo, que en esos momentos llevaba en las manos una bandeja con dos humeantes tazas de té, cruzó el recibidor y se colocó junto a la puerta. Tras dejar la bandeja en una mesita redonda abrió la puerta y se quedó boquiabierto.
-Hola, Albert – saludó un empapado Karl.
-¡El señor ha vuelto! – exclamó el mayordomo, olvidando por un momento el protocolo y abrazando al joven - ¡Entrad, entrad! Por Sigmar, estáis empapados. Dejadme vuestros abrigos, voy a secarlos al fuego.
- - - - -
El encapuchado miraba por la rendija que dejaba la puerta entreabierta. No había perdido ni una sola palabra de la conversación. Giró la cabeza y miró al barón.
-Ya están aquí, barón. No quisiera privaros de un momento tan emotivo, así que os dejaré solo. Os aconsejo que guardéis silencio sobre mi presencia aquí.
El barón, sudando de terror, asintió. Estaba pálido. El encapuchado se deslizó a través de la puerta entreabierta y se escondió en la primera habitación que encontró.
- - - - -
Karl, acompañado por los dos mercenarios, entró en el pequeño salón. Pocas semanas atrás estaba repleto de mesas y libros, pero ahora tan sólo quedaban dos butacas frente a la chimenea. Durante unos segundos padre e hijo se miraron el uno al otro. Karl cruzó la estancia en dos zancadas y abrazó a su padre, que lloraba al ver sano y salvo a su hijo.
-Realmente conmovedor – dijo el encapuchado, que había entrado silenciosamente tras los mercenarios.
Levantó ambas manos, cada una con una pistola, y disparó. Karl y el barón cayeron muertos cuando las balas atravesaron sus cráneos. Johann y Marcus se dieron la vuelta y desenvainaron sus espadas. El encapuchado sacó dos cuchillos de su cinturón y descubrió su cabeza, mostrando una cara cubierta de cicatrices recientes.
-Tú – dijo el capitán - . Pensé que habías muerto.
-Un puñado de no muertos no sería capaz de acabar conmigo, Johann – respondió Erik - . Ya deberías saberlo. En cuanto a ésto – añadió, señalándose la cara - , ya se curará. Siempre se cura.
Sin previo aviso, Erik se abalanzó sobre sus antiguos amigos. Luchaba a toda velocidad, atacando sin descanso y desviando todos los golpes de los mercenarios. Marcus, que aún se resentía de las heridas sufridas en Mordheim y cuya espada todavía no había sido reemplazada, intentaba situarse a la espalda de su enemigo mientras el capitán combatía con él cara a cara. Por un instante Erik bajó la guardia al detener una de las estocadas de Johann, y Marcus aprovechó la oportunidad para hacerle un tajo en la espalda. Erik gritó y de su herida manó abundante sangre, pero consiguió controlarse y dar una patada al mercenario en la boca del estómago. Marcus cayó sobre la butaca, que volcó y se introdujo en la chimenea. Las llamas prendieron la tapicería y aumentaron su intensidad. Johann embistió a Erik, cayendo ambos al suelo, y le propinó varios puñetazos en la cara. Erik agarró al mercenario por las muñecas.
-Eres débil – dijo despectivamente antes de empujarle con los pies.
Erik cogió sus cuchillos y se puso en pie de un salto. Dio una voltereta en el aire y cayó sobre su antiguo jefe, hundiendo uno de los cuchillos en el pecho del capitán. Johann gritó durante unos segundos, un último grito antes de quedar silencioso para siempre.
-Me gustaría saber si también puedes recuperarte de un disparo en la cabeza, hijo de puta – dijo Marcus, apoyando el cañón de su pistola en la nuca de Erik.
Erik rió con una risa carente de toda alegría.
-¿Serás capaz de disparar por la espalda a un hombre? ¿Realmente tienes alma de asesino?
El mercenario disparó, salpicando de masa cerebral la pared del pequeño salón. El cadáver de Erik cayó sobre el del capitán.
-Púdrete en el infierno, cabrón.
Marcus tiró la pistola a un lado y contempló la escena. El fuego que consumía la butaca comenzaba a extenderse por la alfombra. El mercenario comprendió que todo el lugar ardería en pocos minutos, y salió de la estancia. En su precipitación tropezó y cayó de bruces en el pasillo. Al volver la cabeza vio que había tropezado con las piernas del cadáver del mayordomo, que yacía sentado con un profundo corte en la garganta. Marcus se alejó del muerto tan rápido como pudo, hasta que finalmente logró ponerse de nuevo en pie. Cruzó el recibidor y abrió la puerta de la calle.
- - - - -
Sylvia, la tabernera, cuchicheaba con una de sus vecinas mientras contemplaba la humareda que se alzaba sobre los tejados de Averheim.
-Mi marido dice que la vieja mansión del barón von Zwickau está ardiendo – susurró la anciana - . Al parecer ha sido provocado.
-¿Saben quién lo hizo? – preguntó Sylvia.
-Vieron a un hombre calvo que salía de la casa corriendo.
La tabernera asintió. Se despidió de su amiga y volvió a su negocio. Cuando giró la esquina, un hombre salió de su taberna con una bolsa cargada. Sylvia reconoció de inmediato a Marcus, pero el mercenario se perdió entre la multitud para no volver jamás.
FIN
Duodécima Parte: La ruta del río
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Mordheim, a mediados del tercer mes del año 2000
Johann se puso en pie y salió del edificio. Karl corrió tras él y le obligó a detenerse
-¿Pero qué te pasa? – gritó, furioso - ¡Ludwig acaba de morir y tú ni siquiera dices nada! ¡Eres un cabrón desalmado!
El capitán le dio un puñetazo en la cara con todas sus fuerzas, dejando al joven sin sentido.
-Te has pasado – dijo Marcus.
-Por lo menos ha dejado de gritar. Ayúdame a cogerlo, nos lo llevaremos a rastras.
Los dos mercenarios, con el joven Karl inconsciente, continuaron calle abajo.
- - - - -
El sacerdote examinó las huellas en la capa de cenizas que cubría el suelo.
-Son recientes – dijo con voz profunda - . Quien las dejó era grande, no hay duda de que es él. No debe estar muy lejos.
-Lo atraparemos, santidad – respondió un anciano vestido con harapos que estaba a su lado.
El sacerdote se puso en pie y emprendió la marcha, seguido de una docena de fanáticos armados con guadañas.
- - - - -
Karl abrió los ojos. Se encontraba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en lo que quedaba de una pared. A su lado los dos mercenarios cuchicheaban mientras miraban por los cristales rotos de una ventana.
-Por Sigmar, me duele todo – se quejó.
Marcus le tapó la boca con la mano, haciéndole callar. Se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, y siguió mirando por el cristal. Karl se incorporó y miró también. A unos doce metros, junto a los restos de lo que hace poco había sido una taberna, un sacerdote guerrero examinaba algo que se encontraba en el suelo.
-Lleva así diez minutos – susurró Johann.
-¿Por qué? – preguntó el joven - ¿Quiénes son?
-Flagelantes – respondió Marcus - . Vete a saber qué quieren.
-Nada bueno, eso seguro – añadió el capitán - . Así que será mejor que nos alejemos todo lo posible de ellos.
Los tres retrocedieron, procurando no hacer ruido, hasta perderse en una pequeña calle lateral. Cuando estuvieron seguros de que estaban lo bastante lejos de los fanáticos reanudaron la marcha tan rápido como les permitían sus piernas. Era difícil correr por aquella calle, ya que la pendiente era muy pronunciada y continuamente corrían el riesgo de tropezar y caer rodando. Un olor a quemado llegó hasta los tres hombres, que se detuvieron casi en seco. Avanzaron más despacio, hasta que vieron a poca distancia el resplandor de las llamas. Marcus se adelantó y contempló de cerca las hogueras, descubriendo que lo que consumía el fuego eran cuerpos humanos.
-¡Agáchate! – gritó Johann de pronto.
Marcus se dio la vuelta y un segundo después volaba por los aires. El responsable era un guerrero de casi tres metros de altura, que blandía una maza tan pesada como un hombre con tanta facilidad que hacía pensar que era de papel. No llevaba armadura, pero su piel estaba formada por una capa de escamas pálidas que le brindaba la misma protección. Marcus aterrizó junto a una de las hogueras y sus ropas prendieron, por lo que rodó por el suelo hasta que se apagaron las llamas. Mientras tanto, Johann y Karl desenvainaron sus armas y atacaron al coloso. El bárbaro rugió de furia, con los ojos inyectados en sangre, y golpeó a los dos hombres con la maza. Johann esquivó el golpe, pero el joven Karl recibió el impacto de lleno en la espalda y cayó de bruces en el suelo. El capitán sacó la pistola de su cinturón y disparó al bárbaro, acertando en el brazo. El bárbaro soltó la maza, que cayó al suelo levantando una polvareda, y gritó de dolor cuando la sangre manó de la herida. Marcus se puso en pie con dificultad y desenvainó su arma con el brazo que aún le respondía, pues el mazazo recibido en el hombro le había roto varios huesos. Atacó al bárbaro, intentando atravesarlo de parte a parte, pero su espada se partió cuando apenas había profundizado diez centímetros en la carne. El bárbaro se giró lentamente y miró al hombrecillo que le había herido en la espalda. Cogió por el cuello a Marcus y lo arrojó contra la pared. El mercenario quedó tirado en el suelo, sin sentido. Johann, que había aprovechado la distracción para recargar su pistola, disparó una segunda vez. En esta ocasión impactó en la rodilla del bárbaro, que fue derribado.
-¡Por Sigmar!
El grito procedía del sacerdote guerrero. Sus ojos irradiaban una extraña luz, una luz que procedía de la furia y la fe del sacerdote. El martillo, símbolo del patrón del Imperio, pareció estallar en llamas cuando el sacerdote guerrero atacó al bárbaro. Al recibir el impacto el gigantesco guerrero aulló, furioso. Los fanáticos se lanzaron, enloquecidos, contra el bárbaro. Johann ayudó a Karl a ponerse en pie.
-Creo que me ha roto las costillas – gimió el joven, escupiendo sangre.
-¿Puedes andar? – preguntó, apremiante, el capitán.
-Sí, creo que sí.
-Pues ayúdame a sacar a Marcus de aquí.
El hijo del barón caminó despacio, haciendo gestos de dolor a cada paso. Cuando llegó junto a los dos mercenarios un trueno retumbó entre las nubes. El bárbaro gritaba, pero no era como consecuencia de las heridas causadas por sus atacantes. Algo se movía bajo su escamosa piel. De sus heridas brotaron llamas verdes que después se convirtieron en pequeños tentáculos viscosos. Sus brazos se ensancharon hasta que empezaron a desgarrarse por la línea media, escindiéndose en dos mitades que sanaron en segundos. El bárbaro se aferró el rostro con dos pares de manos. De su frente y de su barbilla brotaron cuernos ensangrentados, y su transformación cesó. El mutante dejó de gritar, pues el dolor había desaparecido. Todos los presentes contemplaban boquiabiertos el blasfemo suceso que había tenido lugar ante sus ojos.
-Sigmar nos ampare – balbuceó Karl.
De las hogueras salieron sonidos chirriantes. Los restos calcinados de los muertos se agitaron y de su interior brotaron unos seres diminutos. Sus pieles eran viscosas y cambiaban de color cada segundo, mientras que numerosas bocas aparecían en cualquier lugar de sus cuerpos para desaparecer poco tiempo después. Aunque apenas medían un palmo de altura cuando salieron, los demonios fueron aumentando en tamaño hasta alcanzar una estatura similar a la de un goblin.
-El Señor del Cambio reclama esta ciudad para sí. Aceptad sus dones o morid – dijeron los demonios con muchas voces diferentes al mismo tiempo.
Los flagelantes reaccionaron ante esta nueva amenaza y trazaron arcos en el aire con sus armas. La mayor parte de los demonios esquivaron los filos cortantes de las guadañas, pero los pocos que fueron alcanzados chillaron de dolor al sentir en su carne demoníaca el acero santificado. No obstante, sus gritos se transformaron en carcajadas cuando de las partes cercenadas crecieron nuevos demonios completamente formados.
-Uníos a nosotros, disfrutad de los dones del Señor del Cambio – cantaron los demonios al unísono antes de saltar hacia los flagelantes.
Mientras tanto, el sacerdote se enfrentaba al mutante. El monstruo nunca había encontrado un rival digno de su pericia, ni tan siquiera cuando tan sólo era un guerrero normal. Los Dioses Oscuros le habían bendecido en varias ocasiones tras demostrar una y otra vez su fortaleza, pero ésta era la primera batalla en la que un enemigo le plantaba cara con tanta eficacia. El mutante atacaba sin descanso con sus puños, dejando olvidada su maza en el suelo, pero el sacerdote paraba todos sus golpes. El monstruo bramó de furia, y éste instante de descuido fue aprovechado por el devoto de Sigmar para contraatacar. Blandiendo su martillo a izquierda y derecha, el sacerdote obligó al mutante a retroceder. Ahora no sólo sus ojos brillaban, todo su cuerpo parecía envuelto en un aura dorada.
-Vamos, deprisa – dijo Johann mientras se alejaban del combate.
Karl miró hacia atrás a tiempo para ver cómo el sacerdote aplastaba el cráneo del mutante con el martillo. En ese preciso momento, de las nubes descendió un inhumano grito de frustración. El cuerpo sin vida del mutante se sacudió entre convulsiones provocadas por pequeñas descargas eléctricas y estalló en llamas. Las llamas tomaron forma vagamente humana y se pusieron en pie, con sus rostros contraídos en una mueca de odio. La mayoría de los demonios de fuego se abalanzaron sobre el sacerdote, que trató de quitárselos de encima a manotazos, pero algunos persiguieron a los mercenarios. Johann y Karl, con Marcus a rastras, corrían tan deprisa como les era posible. Torcieron la esquina y siguieron calle abajo. Los demonios les siguieron, prendiendo las vigas de madera de los edificios más cercanos. Johann advirtió que los edificios se separaban.
-¡Creo que ya estamos cerca del río! – gritó a pleno pulmón para hacerse oír por encima del ruido de sus perseguidores.
No habían recorrido ni diez metros cuando vieron el río. La calle terminaba en los muelles, pero en ellos ya no había barcos. Las oficinas del funcionario que controlaba el tráfico fluvial estaban a su derecha, pero habían ardido hacía tiempo y de ellas sólo quedaban restos ennegrecidos.
-¡Salta al agua! – ordenó el capitán.
Los dos saltaron al río, llevando a Marcus con ellos. Al sentir el frío, el mercenario despertó y luchó por mantenerse a flote. El agua, sucia y espesa, hacía muy difícil la tarea. Y el peso de las mochilas complicaba aún más la situación. Johann fue el primero en desprenderse de su equipo, dejando que se hundiera hasta el fondo, y ayudó a sus compañeros a hacer lo mismo. Karl, cuando pudo mantener la cabeza fuera del agua, miró hacia los muelles. Los demonios de fuego estaban ya lejos, pues la corriente había arrastrado a los hombres hacia el centro del río, y gritaban con furia al ver que su presa escapaba.
-Lo hemos logrado – dijo el joven, riéndose.
-Aún no – respondió el capitán con seriedad. El mercenario buscó a su alrededor y vio unas tablas de madera podrida a pocos metros de distancia - . Agarraos a esas tablas antes de que se las lleve la corriente.
Los tres nadaron con todas sus fuerzas hasta alcanzar el improvisado salvavidas.
-¿Y ahora qué? – preguntó Marcus.
-Podemos dejarnos llevar río abajo – sugirió Karl.
Johann asintió, agotado. La corriente los arrastró hacia el sur. Los tres miraban hacia las dos orillas. Por todas partes había signos de lucha. En una ocasión vieron cómo los hombres rata asaltaban a un grupo de hombres de apariencia kislevita. A pocas manzanas de distancia, dos hechiceros combatían con llamas y rayos en torno a un fragmento enorme de piedra verde. Una sombra les cubrió. Los tres miraron arriba y vieron que se encontraban bajo el puente, sobre el que se paseaban sin rumbo docenas de no muertos. El puente quedó atrás y la corriente aceleró. Sobre ellos, el convento de las Hermanas de Sigmar ardía en algunos puntos. Pero también lo dejaron atrás. La corriente arrastró a los hombres, hasta que se encontraron ante las murallas de la ciudad. Pocos segundos después, los mercenarios parpadearon por la luz del sol. Se soltaron de las tablas y nadaron hacia la orilla, donde cayeron extenuados.
-Ahora sí que lo hemos logrado – dijo, riéndose, Johann.
-Por mí puede irse toda esa ciudad al infierno – añadió Marcus mientras ponía boca abajo su pistola para extraer toda el agua.
Mordheim, a mediados del tercer mes del año 2000
Johann se puso en pie y salió del edificio. Karl corrió tras él y le obligó a detenerse
-¿Pero qué te pasa? – gritó, furioso - ¡Ludwig acaba de morir y tú ni siquiera dices nada! ¡Eres un cabrón desalmado!
El capitán le dio un puñetazo en la cara con todas sus fuerzas, dejando al joven sin sentido.
-Te has pasado – dijo Marcus.
-Por lo menos ha dejado de gritar. Ayúdame a cogerlo, nos lo llevaremos a rastras.
Los dos mercenarios, con el joven Karl inconsciente, continuaron calle abajo.
- - - - -
El sacerdote examinó las huellas en la capa de cenizas que cubría el suelo.
-Son recientes – dijo con voz profunda - . Quien las dejó era grande, no hay duda de que es él. No debe estar muy lejos.
-Lo atraparemos, santidad – respondió un anciano vestido con harapos que estaba a su lado.
El sacerdote se puso en pie y emprendió la marcha, seguido de una docena de fanáticos armados con guadañas.
- - - - -
Karl abrió los ojos. Se encontraba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en lo que quedaba de una pared. A su lado los dos mercenarios cuchicheaban mientras miraban por los cristales rotos de una ventana.
-Por Sigmar, me duele todo – se quejó.
Marcus le tapó la boca con la mano, haciéndole callar. Se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, y siguió mirando por el cristal. Karl se incorporó y miró también. A unos doce metros, junto a los restos de lo que hace poco había sido una taberna, un sacerdote guerrero examinaba algo que se encontraba en el suelo.
-Lleva así diez minutos – susurró Johann.
-¿Por qué? – preguntó el joven - ¿Quiénes son?
-Flagelantes – respondió Marcus - . Vete a saber qué quieren.
-Nada bueno, eso seguro – añadió el capitán - . Así que será mejor que nos alejemos todo lo posible de ellos.
Los tres retrocedieron, procurando no hacer ruido, hasta perderse en una pequeña calle lateral. Cuando estuvieron seguros de que estaban lo bastante lejos de los fanáticos reanudaron la marcha tan rápido como les permitían sus piernas. Era difícil correr por aquella calle, ya que la pendiente era muy pronunciada y continuamente corrían el riesgo de tropezar y caer rodando. Un olor a quemado llegó hasta los tres hombres, que se detuvieron casi en seco. Avanzaron más despacio, hasta que vieron a poca distancia el resplandor de las llamas. Marcus se adelantó y contempló de cerca las hogueras, descubriendo que lo que consumía el fuego eran cuerpos humanos.
-¡Agáchate! – gritó Johann de pronto.
Marcus se dio la vuelta y un segundo después volaba por los aires. El responsable era un guerrero de casi tres metros de altura, que blandía una maza tan pesada como un hombre con tanta facilidad que hacía pensar que era de papel. No llevaba armadura, pero su piel estaba formada por una capa de escamas pálidas que le brindaba la misma protección. Marcus aterrizó junto a una de las hogueras y sus ropas prendieron, por lo que rodó por el suelo hasta que se apagaron las llamas. Mientras tanto, Johann y Karl desenvainaron sus armas y atacaron al coloso. El bárbaro rugió de furia, con los ojos inyectados en sangre, y golpeó a los dos hombres con la maza. Johann esquivó el golpe, pero el joven Karl recibió el impacto de lleno en la espalda y cayó de bruces en el suelo. El capitán sacó la pistola de su cinturón y disparó al bárbaro, acertando en el brazo. El bárbaro soltó la maza, que cayó al suelo levantando una polvareda, y gritó de dolor cuando la sangre manó de la herida. Marcus se puso en pie con dificultad y desenvainó su arma con el brazo que aún le respondía, pues el mazazo recibido en el hombro le había roto varios huesos. Atacó al bárbaro, intentando atravesarlo de parte a parte, pero su espada se partió cuando apenas había profundizado diez centímetros en la carne. El bárbaro se giró lentamente y miró al hombrecillo que le había herido en la espalda. Cogió por el cuello a Marcus y lo arrojó contra la pared. El mercenario quedó tirado en el suelo, sin sentido. Johann, que había aprovechado la distracción para recargar su pistola, disparó una segunda vez. En esta ocasión impactó en la rodilla del bárbaro, que fue derribado.
-¡Por Sigmar!
El grito procedía del sacerdote guerrero. Sus ojos irradiaban una extraña luz, una luz que procedía de la furia y la fe del sacerdote. El martillo, símbolo del patrón del Imperio, pareció estallar en llamas cuando el sacerdote guerrero atacó al bárbaro. Al recibir el impacto el gigantesco guerrero aulló, furioso. Los fanáticos se lanzaron, enloquecidos, contra el bárbaro. Johann ayudó a Karl a ponerse en pie.
-Creo que me ha roto las costillas – gimió el joven, escupiendo sangre.
-¿Puedes andar? – preguntó, apremiante, el capitán.
-Sí, creo que sí.
-Pues ayúdame a sacar a Marcus de aquí.
El hijo del barón caminó despacio, haciendo gestos de dolor a cada paso. Cuando llegó junto a los dos mercenarios un trueno retumbó entre las nubes. El bárbaro gritaba, pero no era como consecuencia de las heridas causadas por sus atacantes. Algo se movía bajo su escamosa piel. De sus heridas brotaron llamas verdes que después se convirtieron en pequeños tentáculos viscosos. Sus brazos se ensancharon hasta que empezaron a desgarrarse por la línea media, escindiéndose en dos mitades que sanaron en segundos. El bárbaro se aferró el rostro con dos pares de manos. De su frente y de su barbilla brotaron cuernos ensangrentados, y su transformación cesó. El mutante dejó de gritar, pues el dolor había desaparecido. Todos los presentes contemplaban boquiabiertos el blasfemo suceso que había tenido lugar ante sus ojos.
-Sigmar nos ampare – balbuceó Karl.
De las hogueras salieron sonidos chirriantes. Los restos calcinados de los muertos se agitaron y de su interior brotaron unos seres diminutos. Sus pieles eran viscosas y cambiaban de color cada segundo, mientras que numerosas bocas aparecían en cualquier lugar de sus cuerpos para desaparecer poco tiempo después. Aunque apenas medían un palmo de altura cuando salieron, los demonios fueron aumentando en tamaño hasta alcanzar una estatura similar a la de un goblin.
-El Señor del Cambio reclama esta ciudad para sí. Aceptad sus dones o morid – dijeron los demonios con muchas voces diferentes al mismo tiempo.
Los flagelantes reaccionaron ante esta nueva amenaza y trazaron arcos en el aire con sus armas. La mayor parte de los demonios esquivaron los filos cortantes de las guadañas, pero los pocos que fueron alcanzados chillaron de dolor al sentir en su carne demoníaca el acero santificado. No obstante, sus gritos se transformaron en carcajadas cuando de las partes cercenadas crecieron nuevos demonios completamente formados.
-Uníos a nosotros, disfrutad de los dones del Señor del Cambio – cantaron los demonios al unísono antes de saltar hacia los flagelantes.
Mientras tanto, el sacerdote se enfrentaba al mutante. El monstruo nunca había encontrado un rival digno de su pericia, ni tan siquiera cuando tan sólo era un guerrero normal. Los Dioses Oscuros le habían bendecido en varias ocasiones tras demostrar una y otra vez su fortaleza, pero ésta era la primera batalla en la que un enemigo le plantaba cara con tanta eficacia. El mutante atacaba sin descanso con sus puños, dejando olvidada su maza en el suelo, pero el sacerdote paraba todos sus golpes. El monstruo bramó de furia, y éste instante de descuido fue aprovechado por el devoto de Sigmar para contraatacar. Blandiendo su martillo a izquierda y derecha, el sacerdote obligó al mutante a retroceder. Ahora no sólo sus ojos brillaban, todo su cuerpo parecía envuelto en un aura dorada.
-Vamos, deprisa – dijo Johann mientras se alejaban del combate.
Karl miró hacia atrás a tiempo para ver cómo el sacerdote aplastaba el cráneo del mutante con el martillo. En ese preciso momento, de las nubes descendió un inhumano grito de frustración. El cuerpo sin vida del mutante se sacudió entre convulsiones provocadas por pequeñas descargas eléctricas y estalló en llamas. Las llamas tomaron forma vagamente humana y se pusieron en pie, con sus rostros contraídos en una mueca de odio. La mayoría de los demonios de fuego se abalanzaron sobre el sacerdote, que trató de quitárselos de encima a manotazos, pero algunos persiguieron a los mercenarios. Johann y Karl, con Marcus a rastras, corrían tan deprisa como les era posible. Torcieron la esquina y siguieron calle abajo. Los demonios les siguieron, prendiendo las vigas de madera de los edificios más cercanos. Johann advirtió que los edificios se separaban.
-¡Creo que ya estamos cerca del río! – gritó a pleno pulmón para hacerse oír por encima del ruido de sus perseguidores.
No habían recorrido ni diez metros cuando vieron el río. La calle terminaba en los muelles, pero en ellos ya no había barcos. Las oficinas del funcionario que controlaba el tráfico fluvial estaban a su derecha, pero habían ardido hacía tiempo y de ellas sólo quedaban restos ennegrecidos.
-¡Salta al agua! – ordenó el capitán.
Los dos saltaron al río, llevando a Marcus con ellos. Al sentir el frío, el mercenario despertó y luchó por mantenerse a flote. El agua, sucia y espesa, hacía muy difícil la tarea. Y el peso de las mochilas complicaba aún más la situación. Johann fue el primero en desprenderse de su equipo, dejando que se hundiera hasta el fondo, y ayudó a sus compañeros a hacer lo mismo. Karl, cuando pudo mantener la cabeza fuera del agua, miró hacia los muelles. Los demonios de fuego estaban ya lejos, pues la corriente había arrastrado a los hombres hacia el centro del río, y gritaban con furia al ver que su presa escapaba.
-Lo hemos logrado – dijo el joven, riéndose.
-Aún no – respondió el capitán con seriedad. El mercenario buscó a su alrededor y vio unas tablas de madera podrida a pocos metros de distancia - . Agarraos a esas tablas antes de que se las lleve la corriente.
Los tres nadaron con todas sus fuerzas hasta alcanzar el improvisado salvavidas.
-¿Y ahora qué? – preguntó Marcus.
-Podemos dejarnos llevar río abajo – sugirió Karl.
Johann asintió, agotado. La corriente los arrastró hacia el sur. Los tres miraban hacia las dos orillas. Por todas partes había signos de lucha. En una ocasión vieron cómo los hombres rata asaltaban a un grupo de hombres de apariencia kislevita. A pocas manzanas de distancia, dos hechiceros combatían con llamas y rayos en torno a un fragmento enorme de piedra verde. Una sombra les cubrió. Los tres miraron arriba y vieron que se encontraban bajo el puente, sobre el que se paseaban sin rumbo docenas de no muertos. El puente quedó atrás y la corriente aceleró. Sobre ellos, el convento de las Hermanas de Sigmar ardía en algunos puntos. Pero también lo dejaron atrás. La corriente arrastró a los hombres, hasta que se encontraron ante las murallas de la ciudad. Pocos segundos después, los mercenarios parpadearon por la luz del sol. Se soltaron de las tablas y nadaron hacia la orilla, donde cayeron extenuados.
-Ahora sí que lo hemos logrado – dijo, riéndose, Johann.
-Por mí puede irse toda esa ciudad al infierno – añadió Marcus mientras ponía boca abajo su pistola para extraer toda el agua.
Undécima Parte: Pesadilla
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Mordheim, a mediados del tercer mes del año 2000
Ludwig durmió mal, sudando copiosamente y balbuceando incoherencias a causa de las drogas que le habían dado para calmar el dolor. Marcus examinó la pierna del mago y negó con la cabeza.
-No tiene buen aspecto, se está poniendo morada. Debe tener alguna hemorragia interna, si sigue así acabará perdiendo la pierna.
-¿No puedes hacer nada? – preguntó el joven Karl.
-No mucho, al menos no en esta ciudad. Debería verle un médico de verdad.
-Un motivo más para salir de aquí – comentó Johann, decidido - . Dejadme ver el mapa, buscaré cuál es la salida más cercana.
-Pues... creo que va a ser un poco complicado, jefe – respondió Marcus - . Lo tenía Erik.
-Genial, esto cada vez se pone mejor.
-Podemos ir al río. Como atraviesa la ciudad de norte a sur sólo tendríamos que seguir la orilla – sugirió Marcus.
-¿Y se puede saber cómo vamos a encontrar el río sin el mapa? – preguntó Karl.
-Fácil – respondió Johann - . Yendo cuesta abajo. El río recorre el valle y ahora parece que estamos sobre una colina, sólo tenemos que bajar y lo acabaremos encontrando. Marcus, intenta despertar al mago. Nos vamos.
- - - - -
Franz, un mercenario que lucía el uniforme de Reikland, recorrió el patio de la casa sin detenerse a contemplar el contenido de las tinajas que se amontonaban a los lados. Él y su banda habían entrado en aquella casa, que hacía no demasiado tiempo debía ser propiedad de algún mercader de especias, siguiendo el rastro de algo mucho más valioso que el contenido de aquellas tinajas. Se detuvo en un rincón, donde uno de sus hombres golpeaba con un pico un gran fragmento de piedra bruja. Cada golpe hacía que saltaran pequeños relámpagos verdosos. Franz se agachó y cogió uno de los trozos que había en el suelo, pero lo soltó de inmediato con un gemido de dolor al quemarse la mano.
-Maldita piedra del demonio – dijo, mirándose la quemadura de la palma de la mano.
-No te quejes, que a mí me ha salido un sarpullido que me ocupa casi todo el brazo – dijo el del pico, parando su actividad para enseñarle el brazo a su jefe - . Estoy cansado, podrías decirle a Heinrich que me sustituyera hasta la hora de comer.
-Veré lo que puedo hacer, pero no te garantizo nada – respondió Franz mientras se alejaba en dirección a la casa.
El mercenario penetró en la oscuridad de la casa y subió al primer piso, donde estaba el tercer hombre sentado en una silla junto a una ventana. Heinrich, arma en mano, vigilaba la calle desde la seguridad de su posición. Al oír a su jefe le hizo señas para que se acercara en silencio a la ventana.
-¿Qué pasa? – preguntó Franz en un susurro.
Heinrich se limitó a señalar a un punto situado calle arriba. Aunque aún no se veían con nitidez a causa de la niebla, eran claramente cuatro bultos oscuros del tamaño de un hombre.
-Parece que se mueven con torpeza – apuntó Franz - . ¿No muertos?
-Esperemos que no – respondió el otro mercenario con voz ronca - , porque si vemos cuatro es que vienen muchos más detrás. ¿Está la puerta cerrada?
-Sí – contestó Franz.
Los mercenarios se agacharon, cada uno junto a una ventana, y contemplaron las sombras que se acercaban. A pocos metros de distancia pudieron ver que las cuatro figuras no eran muertos vivientes, sino hombres llevando casi a rastras a un anciano malherido. Franz suspiró de alivio, aunque no soltó la ballesta con la que apuntaba al grupo. De repente, una explosión sonó en el patio trasero. Los hombres de la calle miraron a su alrededor, alarmados, pero al no encontrar nada siguieron su camino.
-Voy a ver qué ha pasado – dijo Franz en voz baja.
El mercenario bajó las escaleras despacio, acordándose de saltar el escalón que crujía para no hacer más ruido del estrictamente necesario. Al salir al patio vio que la piedra había estallado en varios fragmentos, llenando el patio de trozos del tamaño de su puño. De su compañero no quedaba rastro alguno. Franz recorrió el patio palmo a palmo, buscando algún resto del hombre, pero sólo encontró la hebilla de un cinturón. Cuando se disponía a volver al piso de arriba para contarle lo sucedido a Heinrich, una lejana campana empezó a sonar.
- - - - -
Los cuatro hombres avanzaban despacio, en parte porque prácticamente tenían que arrastrar a Ludwig y en parte por pura precaución. La niebla se hacía más densa conforme bajaban por la ladera de la colina sobre la que se asentaba aquella parte de la ciudad. A su alrededor las calles, que antes formaban un auténtico laberinto, se distribuían ordenadamente. Los edificios, sin ser palacios, eran notablemente más ricos que las barriadas pobres que habían dejado atrás mientras huían de los no muertos. Johann miraba con nerviosismo a ambos lados de la calle, sintiendo que alguien les miraba escondido en alguno de los edificios. Su corazón dio un vuelco cuando, en alguna de las casas de la izquierda, sonó una explosión. Los mercenarios se detuvieron y buscaron señales de peligro, pero finalmente decidieron que lo mejor era ignorar lo que fuese que hubiera causado ese ruido y seguir su camino sin mirar atrás.
-¿Te he dicho ya que odio esta maldita ciudad?
-Sí, Marcus – respondió Johann - . Ahora cállate, creo que nos están vigilando.
-Por Sigmar, si aquí no hay nadie – masculló para sí mismo el calvo.
El grupo salió de la calle y fue a dar a una pequeña plazoleta. A su derecha se alzaba un edificio inmenso, con los cristales rotos y restos en el segundo piso de algún incendio que ya se había apagado. Las puertas estaban abiertas de par en par. Johann se agachó y examinó la capa de ceniza que se extendía por el suelo, donde una sucesión de pisadas unía el edificio con una de las calles de la izquierda.
-Son recientes – concluyó, limpiándose las manos de ceniza.
-¿Saqueadores? – preguntó Karl.
-Puede ser, pero no sé qué pretendían sacar de ahí. Parece una biblioteca.
El sonido de la campana del convento hizo que se sobresaltaran. En cuestión de segundos, el cielo se volvió negro y la ciudad misma pareció transformarse. Los edificios, antes indiferentes a los ojos de los humanos, se cubrieron con una gruesa capa de moho y óxido y adquirieron una apariencia maligna. Incluso las ventanas, rotas en su mayoría, parecieron transformarse en ojos que los miraban fijamente. Una gigantesca columna de fuego iluminó la ciudad desde el sur, donde debía estar el Pozo, y se dividió en varias nubes de diablillos que partieron en todas direcciones.
-¡Deprisa! – dijo Marcus, asustado - ¡Antes de que nos vean!
Johann se unió a sus compañeros y levantó al mago por los pies, obligándole a contener un grito de dolor al moverle la pierna herida. Subieron los tres escalones que conducían a la biblioteca y cruzaron el umbral. Dejaron al anciano en el suelo y corrieron a cerrar las puertas desde dentro justo cuando el enjambre de aquellos demonios de fuego sobrevolaba la plaza.
-¿Creéis que nos habrán visto? – preguntó Karl.
-No, ya se nos habrían echado encima – respondió el capitán.
Marcus sacó su pistola y apuntó hacia arriba.
-¿Qué pasa? – preguntó Johann, sacando también su arma y mirando hacia la oscuridad del techo.
-He visto algo que se movía ahí arriba – contestó Marcus - . Hay algo ahí, estoy seguro.
Los hombres miraron hacia arriba, tratando de ver lo que había sobresaltado a Marcus. La luz procedente de los enjambres de diablillos que revoloteaban por el exterior se filtró por las ventanas e iluminó la estancia. Era un vestíbulo pequeño, con un mostrador a la izquierda. Delante de la puerta de acceso había otra puerta, enmarcada por un arco de piedra, que daba a una habitación llena de estanterías. Las columnas que sostenían el arco estaban decoradas con dos grotescas gárgolas de piedra oscura. Johann contempló las estatuas con curiosidad. Le pareció que una de ellas giraba la cabeza para devolverle la mirada, pero por un momento pensó que la mente le estaba jugando malas pasadas y que todo era efecto de la luz.
-Juraría que... – dijo Johann.
Como si hubiera estado esperando una señal, la gárgola saltó al suelo y se abalanzó sobre los mercenarios. Marcus y Johann apretaron el gatillo a la vez, volando la cabeza de la estatua viviente. Cuando la nube de polvo se disipó vieron los restos de la gárgola, ya muerta, esparcidos por el suelo. Sin embargo, no tuvieron tiempo de reponerse del susto, pues la segunda gárgola saltó también al suelo como su compañera. Los hombres se apresuraron a cargar sus armas, pero la estatua no les dio tiempo para prepararse. Corrió hacia ellos y saltó, lo que obligó a los dos mercenarios y al hijo del barón a apartarse para no ser aplastados bajo el peso de la criatura. Ludwig, aún inconsciente, no tuvo tanta suerte. La gárgola aterrizó a pocos centímetros del mago y le corneó, hundiendo las astas que adornaban su cabeza en la carne del anciano. Ludwig despertó y gritó de dolor. La gárgola sacudió la cabeza intentando liberar sus cuernos, por lo que el anciano salió despedido por los aires y cayó, sangrando, junto a una pared. Johann embistió a la gárgola y la tumbó en el suelo, pero la estatua se zafó de su atacante y se preparó para contraatacar. El capitán esquivó los cuernos por pocos centímetros.
-¡Ayudadme! – gritó Johann.
Marcus y Karl reaccionaron y corrieron en ayuda de su amigo. La estatua se vio rodeada y embistió, siguiendo algún instinto animal proporcionado por la fuerza que le daba la vida, contra el primero que se puso ante ella. Marcus huyó de la bestia tan rápido como le permitían sus piernas. Cruzó el arco y se encontró en una vasta sala repleta de estanterías con miles de libros polvorientos a su alrededor. La gárgola saltó y el mercenario la esquivó rodando por el suelo, por lo que la bestia se estrelló contra una de las estanterías y tiró docenas de volúmenes por el pasillo. Johann atacó a la estatua con su espada mientras Karl ayudaba a levantarse a Marcus, pero la hoja del arma se hizo añicos contra la piel de piedra del monstruo. A lo lejos una campana comenzó a sonar, aunque los tres combatientes no la escucharon. La gárgola se puso en pie y se abalanzó sobre Johann, que aún contemplaba con estupor la empuñadura de su espada. La luz inundó la estancia cuando la noche del Caos se retiró, transformando de nuevo a la bestia en la roca inerte que era. La estatua, ya rígida, dejó de moverse y cayó de lado sobre una pila de libros.
-Por qué poco – jadeó el capitán mientras miraba a la gárgola.
-¡Ludwig! – gritó Karl antes de salir corriendo en busca del mago.
Cuando llegaron al vestíbulo comprendieron que ya no había nada que pudieran hacer. El anciano yacía en un charco de sangre, con los ojos abiertos y la mirada vacía. Marcus le buscó el pulso en el cuello, y al no encontrarlo le cerró los ojos.
-Ya han caído tres – dijo Marcus con la voz cargada de ira - . Estoy harto de esta puta ciudad.
Mordheim, a mediados del tercer mes del año 2000
Ludwig durmió mal, sudando copiosamente y balbuceando incoherencias a causa de las drogas que le habían dado para calmar el dolor. Marcus examinó la pierna del mago y negó con la cabeza.
-No tiene buen aspecto, se está poniendo morada. Debe tener alguna hemorragia interna, si sigue así acabará perdiendo la pierna.
-¿No puedes hacer nada? – preguntó el joven Karl.
-No mucho, al menos no en esta ciudad. Debería verle un médico de verdad.
-Un motivo más para salir de aquí – comentó Johann, decidido - . Dejadme ver el mapa, buscaré cuál es la salida más cercana.
-Pues... creo que va a ser un poco complicado, jefe – respondió Marcus - . Lo tenía Erik.
-Genial, esto cada vez se pone mejor.
-Podemos ir al río. Como atraviesa la ciudad de norte a sur sólo tendríamos que seguir la orilla – sugirió Marcus.
-¿Y se puede saber cómo vamos a encontrar el río sin el mapa? – preguntó Karl.
-Fácil – respondió Johann - . Yendo cuesta abajo. El río recorre el valle y ahora parece que estamos sobre una colina, sólo tenemos que bajar y lo acabaremos encontrando. Marcus, intenta despertar al mago. Nos vamos.
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Franz, un mercenario que lucía el uniforme de Reikland, recorrió el patio de la casa sin detenerse a contemplar el contenido de las tinajas que se amontonaban a los lados. Él y su banda habían entrado en aquella casa, que hacía no demasiado tiempo debía ser propiedad de algún mercader de especias, siguiendo el rastro de algo mucho más valioso que el contenido de aquellas tinajas. Se detuvo en un rincón, donde uno de sus hombres golpeaba con un pico un gran fragmento de piedra bruja. Cada golpe hacía que saltaran pequeños relámpagos verdosos. Franz se agachó y cogió uno de los trozos que había en el suelo, pero lo soltó de inmediato con un gemido de dolor al quemarse la mano.
-Maldita piedra del demonio – dijo, mirándose la quemadura de la palma de la mano.
-No te quejes, que a mí me ha salido un sarpullido que me ocupa casi todo el brazo – dijo el del pico, parando su actividad para enseñarle el brazo a su jefe - . Estoy cansado, podrías decirle a Heinrich que me sustituyera hasta la hora de comer.
-Veré lo que puedo hacer, pero no te garantizo nada – respondió Franz mientras se alejaba en dirección a la casa.
El mercenario penetró en la oscuridad de la casa y subió al primer piso, donde estaba el tercer hombre sentado en una silla junto a una ventana. Heinrich, arma en mano, vigilaba la calle desde la seguridad de su posición. Al oír a su jefe le hizo señas para que se acercara en silencio a la ventana.
-¿Qué pasa? – preguntó Franz en un susurro.
Heinrich se limitó a señalar a un punto situado calle arriba. Aunque aún no se veían con nitidez a causa de la niebla, eran claramente cuatro bultos oscuros del tamaño de un hombre.
-Parece que se mueven con torpeza – apuntó Franz - . ¿No muertos?
-Esperemos que no – respondió el otro mercenario con voz ronca - , porque si vemos cuatro es que vienen muchos más detrás. ¿Está la puerta cerrada?
-Sí – contestó Franz.
Los mercenarios se agacharon, cada uno junto a una ventana, y contemplaron las sombras que se acercaban. A pocos metros de distancia pudieron ver que las cuatro figuras no eran muertos vivientes, sino hombres llevando casi a rastras a un anciano malherido. Franz suspiró de alivio, aunque no soltó la ballesta con la que apuntaba al grupo. De repente, una explosión sonó en el patio trasero. Los hombres de la calle miraron a su alrededor, alarmados, pero al no encontrar nada siguieron su camino.
-Voy a ver qué ha pasado – dijo Franz en voz baja.
El mercenario bajó las escaleras despacio, acordándose de saltar el escalón que crujía para no hacer más ruido del estrictamente necesario. Al salir al patio vio que la piedra había estallado en varios fragmentos, llenando el patio de trozos del tamaño de su puño. De su compañero no quedaba rastro alguno. Franz recorrió el patio palmo a palmo, buscando algún resto del hombre, pero sólo encontró la hebilla de un cinturón. Cuando se disponía a volver al piso de arriba para contarle lo sucedido a Heinrich, una lejana campana empezó a sonar.
- - - - -
Los cuatro hombres avanzaban despacio, en parte porque prácticamente tenían que arrastrar a Ludwig y en parte por pura precaución. La niebla se hacía más densa conforme bajaban por la ladera de la colina sobre la que se asentaba aquella parte de la ciudad. A su alrededor las calles, que antes formaban un auténtico laberinto, se distribuían ordenadamente. Los edificios, sin ser palacios, eran notablemente más ricos que las barriadas pobres que habían dejado atrás mientras huían de los no muertos. Johann miraba con nerviosismo a ambos lados de la calle, sintiendo que alguien les miraba escondido en alguno de los edificios. Su corazón dio un vuelco cuando, en alguna de las casas de la izquierda, sonó una explosión. Los mercenarios se detuvieron y buscaron señales de peligro, pero finalmente decidieron que lo mejor era ignorar lo que fuese que hubiera causado ese ruido y seguir su camino sin mirar atrás.
-¿Te he dicho ya que odio esta maldita ciudad?
-Sí, Marcus – respondió Johann - . Ahora cállate, creo que nos están vigilando.
-Por Sigmar, si aquí no hay nadie – masculló para sí mismo el calvo.
El grupo salió de la calle y fue a dar a una pequeña plazoleta. A su derecha se alzaba un edificio inmenso, con los cristales rotos y restos en el segundo piso de algún incendio que ya se había apagado. Las puertas estaban abiertas de par en par. Johann se agachó y examinó la capa de ceniza que se extendía por el suelo, donde una sucesión de pisadas unía el edificio con una de las calles de la izquierda.
-Son recientes – concluyó, limpiándose las manos de ceniza.
-¿Saqueadores? – preguntó Karl.
-Puede ser, pero no sé qué pretendían sacar de ahí. Parece una biblioteca.
El sonido de la campana del convento hizo que se sobresaltaran. En cuestión de segundos, el cielo se volvió negro y la ciudad misma pareció transformarse. Los edificios, antes indiferentes a los ojos de los humanos, se cubrieron con una gruesa capa de moho y óxido y adquirieron una apariencia maligna. Incluso las ventanas, rotas en su mayoría, parecieron transformarse en ojos que los miraban fijamente. Una gigantesca columna de fuego iluminó la ciudad desde el sur, donde debía estar el Pozo, y se dividió en varias nubes de diablillos que partieron en todas direcciones.
-¡Deprisa! – dijo Marcus, asustado - ¡Antes de que nos vean!
Johann se unió a sus compañeros y levantó al mago por los pies, obligándole a contener un grito de dolor al moverle la pierna herida. Subieron los tres escalones que conducían a la biblioteca y cruzaron el umbral. Dejaron al anciano en el suelo y corrieron a cerrar las puertas desde dentro justo cuando el enjambre de aquellos demonios de fuego sobrevolaba la plaza.
-¿Creéis que nos habrán visto? – preguntó Karl.
-No, ya se nos habrían echado encima – respondió el capitán.
Marcus sacó su pistola y apuntó hacia arriba.
-¿Qué pasa? – preguntó Johann, sacando también su arma y mirando hacia la oscuridad del techo.
-He visto algo que se movía ahí arriba – contestó Marcus - . Hay algo ahí, estoy seguro.
Los hombres miraron hacia arriba, tratando de ver lo que había sobresaltado a Marcus. La luz procedente de los enjambres de diablillos que revoloteaban por el exterior se filtró por las ventanas e iluminó la estancia. Era un vestíbulo pequeño, con un mostrador a la izquierda. Delante de la puerta de acceso había otra puerta, enmarcada por un arco de piedra, que daba a una habitación llena de estanterías. Las columnas que sostenían el arco estaban decoradas con dos grotescas gárgolas de piedra oscura. Johann contempló las estatuas con curiosidad. Le pareció que una de ellas giraba la cabeza para devolverle la mirada, pero por un momento pensó que la mente le estaba jugando malas pasadas y que todo era efecto de la luz.
-Juraría que... – dijo Johann.
Como si hubiera estado esperando una señal, la gárgola saltó al suelo y se abalanzó sobre los mercenarios. Marcus y Johann apretaron el gatillo a la vez, volando la cabeza de la estatua viviente. Cuando la nube de polvo se disipó vieron los restos de la gárgola, ya muerta, esparcidos por el suelo. Sin embargo, no tuvieron tiempo de reponerse del susto, pues la segunda gárgola saltó también al suelo como su compañera. Los hombres se apresuraron a cargar sus armas, pero la estatua no les dio tiempo para prepararse. Corrió hacia ellos y saltó, lo que obligó a los dos mercenarios y al hijo del barón a apartarse para no ser aplastados bajo el peso de la criatura. Ludwig, aún inconsciente, no tuvo tanta suerte. La gárgola aterrizó a pocos centímetros del mago y le corneó, hundiendo las astas que adornaban su cabeza en la carne del anciano. Ludwig despertó y gritó de dolor. La gárgola sacudió la cabeza intentando liberar sus cuernos, por lo que el anciano salió despedido por los aires y cayó, sangrando, junto a una pared. Johann embistió a la gárgola y la tumbó en el suelo, pero la estatua se zafó de su atacante y se preparó para contraatacar. El capitán esquivó los cuernos por pocos centímetros.
-¡Ayudadme! – gritó Johann.
Marcus y Karl reaccionaron y corrieron en ayuda de su amigo. La estatua se vio rodeada y embistió, siguiendo algún instinto animal proporcionado por la fuerza que le daba la vida, contra el primero que se puso ante ella. Marcus huyó de la bestia tan rápido como le permitían sus piernas. Cruzó el arco y se encontró en una vasta sala repleta de estanterías con miles de libros polvorientos a su alrededor. La gárgola saltó y el mercenario la esquivó rodando por el suelo, por lo que la bestia se estrelló contra una de las estanterías y tiró docenas de volúmenes por el pasillo. Johann atacó a la estatua con su espada mientras Karl ayudaba a levantarse a Marcus, pero la hoja del arma se hizo añicos contra la piel de piedra del monstruo. A lo lejos una campana comenzó a sonar, aunque los tres combatientes no la escucharon. La gárgola se puso en pie y se abalanzó sobre Johann, que aún contemplaba con estupor la empuñadura de su espada. La luz inundó la estancia cuando la noche del Caos se retiró, transformando de nuevo a la bestia en la roca inerte que era. La estatua, ya rígida, dejó de moverse y cayó de lado sobre una pila de libros.
-Por qué poco – jadeó el capitán mientras miraba a la gárgola.
-¡Ludwig! – gritó Karl antes de salir corriendo en busca del mago.
Cuando llegaron al vestíbulo comprendieron que ya no había nada que pudieran hacer. El anciano yacía en un charco de sangre, con los ojos abiertos y la mirada vacía. Marcus le buscó el pulso en el cuello, y al no encontrarlo le cerró los ojos.
-Ya han caído tres – dijo Marcus con la voz cargada de ira - . Estoy harto de esta puta ciudad.
Décima Parte: El Caído
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
El capitán recorrió con la mirada las ventanas, comprobando los tablones que las cegaban.
-Por el momento estamos a salvo, esos tablones aguantarán al menos unos minutos. Marcus, ve con Karl a explorar este sitio. Buscad otra salida – Marcus no se movió del sitio – Marcus, ¿me has oído?
El mercenario se limitó a señalar al punto al que estaba mirando. Colgando de una barandilla del segundo piso un cadáver en avanzado estado de descomposición se balanceaba ligeramente.
-Por Sigmar – susurró el joven Karl.
-Por la ropa diría que es un funcionario o algo así – dijo Erik.
-Debió sobrevivir al impacto y se atrincheró aquí – añadió el mago - . Pobre hombre, tuvo que verse muy desesperado para ahorcarse.
-Pues ya sabemos quién clavó esas tablas en las ventanas, y no podemos hacer nada por él – cortó Johann, impaciente - . Y ahora vamos a buscar una salida o acabaremos como él.
- - - - -
Erik volvió al vestíbulo del edificio con dos bolsas en las manos, que dejó caer en el suelo. Al impactar se escuchó un tintineo metálico.
-Adivina qué hay dentro – dijo con una sonrisa a su capitán - . Este desgraciado atesoró una buena cantidad en su refugio, ahí detrás del mostrador hay al menos diez millones de coronas.
-Creo que tenemos cosas más importantes entre manos que el oro – repuso Johann.
-Al menos podemos llevarnos un par de sacos, así no nos iremos con las manos vacías – respondió Erik - . Te recuerdo que nuestro generoso patrón nos ha engañado como si fuéramos principiantes.
-Tú ganas, coge algunos sacos y repártelos entre los cinco. Pero no te pases, no nos interesa ir cargados como mulas.
- - - - -
La horda de muertos vivientes aumentaba por momentos, agrupándose frente al edificio. Los de la primera fila golpeaban las paredes, frustrados al sentir a los vivos tan cerca pero fuera de su alcance. La diligencia de su amo salió de las callejas y se detuvo a pocos metros de la muchedumbre. El vampiro bajó de su carruaje y se dirigió al edificio, caminando sin dificultad por el hueco que dejaban sus esclavos no muertos para que pasara.
- - - - -
Marcus y Karl bajaron por las escaleras resoplando.
-Johann, en el tercer piso hay un pasillo que comunica con el edificio de al lado. Parece desierto, y hay una puerta trasera. Podemos salir sin que se enteren esas cosas.
-Por fin una buena noticia. Tomad, coged vuestro equipo.
-Por Sigmar, cómo pesa. ¿Qué hay dentro? – preguntó el hijo del barón.
-Oro, por cortesía del excelentísimo Ayuntamiento de Mordheim – bromeó Erik.
Un golpe les hizo callar. La estructura del edificio tembló y una nube de polvo cayó del techo. Otro golpe, y las puertas de madera se astillaron. Los mercenarios comenzaron a subir la escalera con rapidez, intentando ponerse a salvo antes de que las puertas cedieran. Otro golpe, y se abrió un agujero en la madera. Con el cuarto golpe, las puertas volaron hechas pedazos. El vampiro entró en el vestíbulo y miró a los mercenarios.
-¡Quietos! – gritó el vampiro, haciendo que los mercenarios pararan en seco y se volvieran a mirarle – Así que es cierto, el Caído se deja ver después de tanto tiempo. Debo reconocer que no me lo creí cuando mi sierva me lo dijo. El hijo pródigo ha vuelto a visitar a su familia.
-Pensé que rompimos todos los lazos familiares cuando me fui a buscar fortuna, a padre nunca le sentó bien que buscara nuevas metas – dijo Erik, bajando un escalón - . Por eso no dije nada cuando vi a nuestra criada. Y, por cierto, nunca me gustó ese sobrenombre.
-¿Acaso pensabas que iba a dejarte escapar? Por lo que veo sigues siendo tan cobarde como hace noventa años, no has cambiado nada. Incluso conservas tu juventud.
-Sin embargo, yo te veo a ti bastante desmejorado – respondió Erik con calma - . El tiempo ha hecho estragos en ti, hermano.
Erik dejó su equipo en el suelo, desenvainó sus cuchillos y saltó hacia el vampiro. El vampiro esquivó el primer ataque y sacó su propia arma, contraatacando. Los dos combatientes luchaban a gran velocidad, a un nivel muy por encima de la destreza normal en un humano. Erik movía su cuerpo como si danzara, lanzando cuchilladas con cada movimiento. El vampiro, aunque de movimientos menos fluidos, paraba cada golpe con facilidad. En uno de los contraataques del vampiro el mercenario perdió uno de sus cuchillos, que cayó en el suelo a tres metros de distancia. Erik saltó ágilmente, apoyándose en la cabeza de uno de los muertos vivientes que se abrían paso a través de los restos de la estatua de mármol, y aterrizó de rodillas junto a su arma. El vampiro, dando una voltereta en el aire, se abalanzó sobre el mercenario como un águila que cae sobre su presa.
- - - - -
Los mercenarios, que hasta ese momento habían estado paralizados por la voluntad del vampiro, recuperaron la libertad de movimientos a tiempo para escapar de las manos de los primeros no muertos. A pesar de que su amo estaba concentrado en el combate, aquellas criaturas avanzaban lenta pero incesantemente hacia sus presas.
-¡Vamos! – ordenó el capitán, saliendo de su ensimismamiento.
-Pero... – replicó Karl.
-No empieces otra vez – respondió Marcus empujándole - , sube o te tiro escaleras abajo.
Los cuatro subieron los escalones de dos en dos, dejando atrás a la horda de cadáveres y al sonido de la lucha. Marcus abría la marcha, guiando al grupo a través de los polvorientos pasillos. En el silencio del edificio los gemidos de los muertos sonaban amplificados, como si aquellas criaturas estuvieran en todas partes a la vez. Al pasar junto a una ventana, el mago pudo comprobar que la mitad de la horda ya había entrado a través de las puertas destrozadas. Al llegar a unas escaleras Marcus giró a la derecha y empezó a bajar los escalones de tres en tres. Los otros tres hombres le siguieron, hasta que oyeron un golpe y un gemido de dolor. Al darse la vuelta vieron a Ludwig tumbado en el suelo de un rellano, con la pierna izquierda en un ángulo extraño.
-Me he tropezado – explicó, conteniendo las lágrimas de dolor - . Creo que está rota.
-Karl, ayúdale a ponerse en pie – dijo Johann - . Intentaremos curarle cuando estemos en un lugar más seguro.
El joven ayudó al mago a erguirse, intentando que no apoyara la pierna herida en el suelo. Los cuatro bajaron el último tramo de escaleras y se encontraron en un vestíbulo muy similar al que habían usado para entrar, pero mucho menos lujoso. Al igual que el primero, gruesos tablones cegaban las ventanas. Marcus y Johann descorrieron los cerrojos de acero y abrieron la puerta con cuidado, echando un vistazo a la calle antes de salir.
-Despejado – susurró el capitán, contagiado de nuevo del silencio opresivo del ambiente de la ciudad.
Karl y Ludwig salían por la puerta cuando el mago habló:
-Esperad un momento – jadeó.
Se dio la vuelta, ayudado por el joven, y susurró unas palabras con los ojos cerrados. Una bola de fuego salió disparada de su báculo e impactó contra las barandillas de madera, incendiándolas en cuestión de segundos.
-Eso los mantendrá ocupados – dijo el mago, sonriendo.
-Bien pensado – respondió Karl - , ahora larguémonos de aquí.
- - - - -
Una hora después, el grupo descansaba en el interior de una casa de dos plantas. El mago dormía, agotado por el esfuerzo de la huida y drogado por las medicinas del equipaje de Johann. Un improvisado vendaje, lo mejor que se podía conseguir en esas circunstancias, mantenía la pierna en su sitio sujeta con un trozo de madera.
-Johann, ¿sabías lo de Erik? – preguntó en voz baja Marcus.
El capitán negó con la cabeza.
-Nunca dijo nada de su pasado, y yo tampoco le pregunté.
-Noventa años... – dijo Marcus, incapaz de creérselo.
Johann no contestó, se limitó a mirar por los sucios cristales hacia el incendio que consumía los edificios que rodeaban la plaza del mercado.
- - - - -
Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
El capitán recorrió con la mirada las ventanas, comprobando los tablones que las cegaban.
-Por el momento estamos a salvo, esos tablones aguantarán al menos unos minutos. Marcus, ve con Karl a explorar este sitio. Buscad otra salida – Marcus no se movió del sitio – Marcus, ¿me has oído?
El mercenario se limitó a señalar al punto al que estaba mirando. Colgando de una barandilla del segundo piso un cadáver en avanzado estado de descomposición se balanceaba ligeramente.
-Por Sigmar – susurró el joven Karl.
-Por la ropa diría que es un funcionario o algo así – dijo Erik.
-Debió sobrevivir al impacto y se atrincheró aquí – añadió el mago - . Pobre hombre, tuvo que verse muy desesperado para ahorcarse.
-Pues ya sabemos quién clavó esas tablas en las ventanas, y no podemos hacer nada por él – cortó Johann, impaciente - . Y ahora vamos a buscar una salida o acabaremos como él.
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Erik volvió al vestíbulo del edificio con dos bolsas en las manos, que dejó caer en el suelo. Al impactar se escuchó un tintineo metálico.
-Adivina qué hay dentro – dijo con una sonrisa a su capitán - . Este desgraciado atesoró una buena cantidad en su refugio, ahí detrás del mostrador hay al menos diez millones de coronas.
-Creo que tenemos cosas más importantes entre manos que el oro – repuso Johann.
-Al menos podemos llevarnos un par de sacos, así no nos iremos con las manos vacías – respondió Erik - . Te recuerdo que nuestro generoso patrón nos ha engañado como si fuéramos principiantes.
-Tú ganas, coge algunos sacos y repártelos entre los cinco. Pero no te pases, no nos interesa ir cargados como mulas.
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La horda de muertos vivientes aumentaba por momentos, agrupándose frente al edificio. Los de la primera fila golpeaban las paredes, frustrados al sentir a los vivos tan cerca pero fuera de su alcance. La diligencia de su amo salió de las callejas y se detuvo a pocos metros de la muchedumbre. El vampiro bajó de su carruaje y se dirigió al edificio, caminando sin dificultad por el hueco que dejaban sus esclavos no muertos para que pasara.
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Marcus y Karl bajaron por las escaleras resoplando.
-Johann, en el tercer piso hay un pasillo que comunica con el edificio de al lado. Parece desierto, y hay una puerta trasera. Podemos salir sin que se enteren esas cosas.
-Por fin una buena noticia. Tomad, coged vuestro equipo.
-Por Sigmar, cómo pesa. ¿Qué hay dentro? – preguntó el hijo del barón.
-Oro, por cortesía del excelentísimo Ayuntamiento de Mordheim – bromeó Erik.
Un golpe les hizo callar. La estructura del edificio tembló y una nube de polvo cayó del techo. Otro golpe, y las puertas de madera se astillaron. Los mercenarios comenzaron a subir la escalera con rapidez, intentando ponerse a salvo antes de que las puertas cedieran. Otro golpe, y se abrió un agujero en la madera. Con el cuarto golpe, las puertas volaron hechas pedazos. El vampiro entró en el vestíbulo y miró a los mercenarios.
-¡Quietos! – gritó el vampiro, haciendo que los mercenarios pararan en seco y se volvieran a mirarle – Así que es cierto, el Caído se deja ver después de tanto tiempo. Debo reconocer que no me lo creí cuando mi sierva me lo dijo. El hijo pródigo ha vuelto a visitar a su familia.
-Pensé que rompimos todos los lazos familiares cuando me fui a buscar fortuna, a padre nunca le sentó bien que buscara nuevas metas – dijo Erik, bajando un escalón - . Por eso no dije nada cuando vi a nuestra criada. Y, por cierto, nunca me gustó ese sobrenombre.
-¿Acaso pensabas que iba a dejarte escapar? Por lo que veo sigues siendo tan cobarde como hace noventa años, no has cambiado nada. Incluso conservas tu juventud.
-Sin embargo, yo te veo a ti bastante desmejorado – respondió Erik con calma - . El tiempo ha hecho estragos en ti, hermano.
Erik dejó su equipo en el suelo, desenvainó sus cuchillos y saltó hacia el vampiro. El vampiro esquivó el primer ataque y sacó su propia arma, contraatacando. Los dos combatientes luchaban a gran velocidad, a un nivel muy por encima de la destreza normal en un humano. Erik movía su cuerpo como si danzara, lanzando cuchilladas con cada movimiento. El vampiro, aunque de movimientos menos fluidos, paraba cada golpe con facilidad. En uno de los contraataques del vampiro el mercenario perdió uno de sus cuchillos, que cayó en el suelo a tres metros de distancia. Erik saltó ágilmente, apoyándose en la cabeza de uno de los muertos vivientes que se abrían paso a través de los restos de la estatua de mármol, y aterrizó de rodillas junto a su arma. El vampiro, dando una voltereta en el aire, se abalanzó sobre el mercenario como un águila que cae sobre su presa.
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Los mercenarios, que hasta ese momento habían estado paralizados por la voluntad del vampiro, recuperaron la libertad de movimientos a tiempo para escapar de las manos de los primeros no muertos. A pesar de que su amo estaba concentrado en el combate, aquellas criaturas avanzaban lenta pero incesantemente hacia sus presas.
-¡Vamos! – ordenó el capitán, saliendo de su ensimismamiento.
-Pero... – replicó Karl.
-No empieces otra vez – respondió Marcus empujándole - , sube o te tiro escaleras abajo.
Los cuatro subieron los escalones de dos en dos, dejando atrás a la horda de cadáveres y al sonido de la lucha. Marcus abría la marcha, guiando al grupo a través de los polvorientos pasillos. En el silencio del edificio los gemidos de los muertos sonaban amplificados, como si aquellas criaturas estuvieran en todas partes a la vez. Al pasar junto a una ventana, el mago pudo comprobar que la mitad de la horda ya había entrado a través de las puertas destrozadas. Al llegar a unas escaleras Marcus giró a la derecha y empezó a bajar los escalones de tres en tres. Los otros tres hombres le siguieron, hasta que oyeron un golpe y un gemido de dolor. Al darse la vuelta vieron a Ludwig tumbado en el suelo de un rellano, con la pierna izquierda en un ángulo extraño.
-Me he tropezado – explicó, conteniendo las lágrimas de dolor - . Creo que está rota.
-Karl, ayúdale a ponerse en pie – dijo Johann - . Intentaremos curarle cuando estemos en un lugar más seguro.
El joven ayudó al mago a erguirse, intentando que no apoyara la pierna herida en el suelo. Los cuatro bajaron el último tramo de escaleras y se encontraron en un vestíbulo muy similar al que habían usado para entrar, pero mucho menos lujoso. Al igual que el primero, gruesos tablones cegaban las ventanas. Marcus y Johann descorrieron los cerrojos de acero y abrieron la puerta con cuidado, echando un vistazo a la calle antes de salir.
-Despejado – susurró el capitán, contagiado de nuevo del silencio opresivo del ambiente de la ciudad.
Karl y Ludwig salían por la puerta cuando el mago habló:
-Esperad un momento – jadeó.
Se dio la vuelta, ayudado por el joven, y susurró unas palabras con los ojos cerrados. Una bola de fuego salió disparada de su báculo e impactó contra las barandillas de madera, incendiándolas en cuestión de segundos.
-Eso los mantendrá ocupados – dijo el mago, sonriendo.
-Bien pensado – respondió Karl - , ahora larguémonos de aquí.
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Una hora después, el grupo descansaba en el interior de una casa de dos plantas. El mago dormía, agotado por el esfuerzo de la huida y drogado por las medicinas del equipaje de Johann. Un improvisado vendaje, lo mejor que se podía conseguir en esas circunstancias, mantenía la pierna en su sitio sujeta con un trozo de madera.
-Johann, ¿sabías lo de Erik? – preguntó en voz baja Marcus.
El capitán negó con la cabeza.
-Nunca dijo nada de su pasado, y yo tampoco le pregunté.
-Noventa años... – dijo Marcus, incapaz de creérselo.
Johann no contestó, se limitó a mirar por los sucios cristales hacia el incendio que consumía los edificios que rodeaban la plaza del mercado.
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Novena Parte: Rodeados
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
El grupo se dirigió hacia la relativa seguridad de los callejones cuando, a su espalda, varias voces gritaron al unísono. Los mercenarios miraron hacia atrás, curiosos, y vieron cómo un grupo de hombres, armados con espadas y tridentes y vestidos con poco más que taparrabos, corrían hacia el combate procedentes del cercano anfiteatro. El demonio se volvió hacia ellos y bramó, olvidándose momentáneamente del herido caballero. Sir Arnaud aprovechó la situación y hundió su espada hasta la empuñadura en la pierna del demonio, que gritó de dolor mientras caía de rodillas.
-¿Lo ves? – dijo Marcus dirigiéndose a Karl – Se las apaña muy bien solo. Corre de una maldita vez.
- - - - -
La diligencia se detuvo en una pequeña plazoleta. El vampiro bajó al suelo y escuchó. La niebla que cubría toda la ciudad no sólo ocultaba el sol y le protegía de sus nocivos rayos, sino que amortiguaba los sonidos de la lucha y los bramidos del demonio. El combate parecía cercano.
-¿Amo? – preguntó la anciana, asomando la cabeza por la ventanilla.
-El Caído está cerca, muy cerca.
-Amo, no le encontraremos en este laberinto de callejones. Puede meterse en cualquier edificio, estaríamos semanas buscando. No podemos estar en todas partes al mismo tiempo.
El vampiro miró a la entrada de uno de los callejones, donde el cadáver de un soldado se descomponía rodeado de una nube de moscas.
-Te equivocas, sí que puedo estar en todas partes a la vez.
- - - - -
Los mercenarios caminaron, adentrándose en el laberinto de calles. Andaban despacio, con cautela. Al llegar a un cruce un disparo sonó en las proximidades. Al primer disparo se sumaron voces de soldados y más disparos, y parecían acercarse.
-Mierda – dijo Johann - . Buscad un edificio para ocultarnos.
No necesitaron que se repitiera la orden. Se repartieron por las calles empujando todas las puertas, hasta que Ludwig encontró una que no estaba cerrada con llave. Dos minutos después los cinco estaban en el interior, atrancando la puerta con un pesado banco de madera que hallaron junto a unas escaleras. Los mercenarios subieron las escaleras hasta el primer piso y se encontraron en una pequeña estancia, en la que varios bancos como el del piso de abajo se organizaban en filas frente a una pizarra. El edificio era una escuela infantil, aún se veían en la pizarra las letras de trazo vacilante de los niños. Johann cerró la puerta y corrió el cerrojo. A continuación se dirigió hacia la única ventana del edificio, que estaba protegida por sólidas contraventanas de madera. A través de las rendijas se podía observar el exterior sin ser visto. Un escondite casi perfecto, dadas las circunstancias.
-Podemos descansar aquí por el momento – dijo el capitán volviéndose hacia sus compañeros - . Pero tendremos que guardar silencio y organizarnos para vigilar.
Todos asintieron, conformes, y empujaron los bancos hacia las paredes para despejar el centro del aula. Marcus, sudando por el esfuerzo pero disfrutando de aquellos momentos de calma, abrió uno de los equipajes y comenzó a sacar la comida. Su sonrisa se congeló de repente cuando, procedentes desde la lejanía, llegaron a sus oídos los tañidos de la campana del convento. Los cinco se agolparon contra la ventana, visiblemente alarmados, y miraron al exterior. Como ya ocurriera antes, el cielo se oscureció. En las paredes de algunos edificios crecieron en cuestión de segundos extensas manchas de un moho que brillaba con luz propia, palpitando como un corazón. Mientras durara la oscuridad la ciudad pertenecería al Caos.
-¿Estaremos bien aquí? – preguntó el joven Karl, aterrado.
-Supongo – respondió distraídamente Erik mientras miraba por la ventana.
-Nunca me había pillado fuera de un lugar seguro – dijo Karl.
-Chico, en esta ciudad no hay ningún lugar seguro – contestó Marcus.
-Lo sé, pero siempre estaba cerca de un puesto de la guardia o algo semejante cuando llegaba la oscuridad. Esto dista mucho de ser una fortaleza. Por Sigmar, esto es una escuela.
-Pues cállate, que los niños vienen a la escuela a aprender y no a hablar – le cortó Johann en un tono que no admitía réplica - . Y eso va por todos. Silencio absoluto, con un poco de suerte pasaremos desapercibidos.
- - - - -
Nubes de diablillos de fuego revoloteaban sobre los tejados, riendo a carcajadas y abalanzándose sobre cualquier desafortunado que encontraran. Por todas partes se oían los alaridos de los desgraciados que eran atrapados por la propia Mordheim. La oscuridad llevaba horas reinando en la ciudad. Karl estaba aterrorizado, con los ojos abiertos de par en par y temblando de pies a cabeza.
-Mirad – susurró Erik, que estaba en la ventana.
Marcus, Johann y Ludwig se acercaron a la ventana y miraron al suelo. Por la calle, débilmente iluminada por las llamas de algunos tejados y las manchas de moho, se acercaba un hombre.
-Parece de Middenheim – comentó en voz baja Marcus - , mirad su uniforme.
-No veo de qué huye – dijo Johann entrecerrando los ojos - , ¿veis vosotros algo?
-No, de momento no – respondió Erik.
Cuando el hombre pasaba por debajo de una de las manchas verdosas ésta cayó sobre él, que gritó de dolor y trató de zafarse de aquella criatura. Los tres mercenarios se miraron, sobrecogidos, sin decir palabra. Esas manchas actuaban como si tuvieran vida propia y los humanos fueran su presa. El hombre dejó de moverse y el moho volvió a trepar por la pared, dejando en el suelo los restos humeantes del soldado. Dos minutos después las figuras de sus perseguidores entraron en el círculo de luz proyectado por el moho. Eran hombres, o lo fueron en algún momento. Caminaban despacio, arrastrando los pies. El moho los dejó pasar, como si no sintiera ninguna necesidad de atacar a los muertos.
-Vamos mejorando – dijo Marcus.
- - - - -
El vampiro permanecía de pie en el mismo lugar desde que cayó la noche del Caos. Tenía los ojos cerrados y se esforzaba por mantener el control de todos sus siervos. Era una tarea difícil, pues las criaturas de pesadilla que aparecían por todas partes cuando llegaba la oscuridad no paraban de atacar. Su anciana sirviente estaba en la diligencia, murmurando para sí misma un conjuro de protección. El vampiro sonrió para sí mismo ante semejante muestra de estupidez. Si las defensas conjuradas por el vampiro cayeran, nada de lo que hiciera la anciana la protegería. A sus oídos llegó el distante tañido de la campana que anunciaba la vuelta a la normalidad. Por primera vez en mucho tiempo se alegró de que llegara el día.
- - - - -
La oscuridad se retiró y las callejas volvieron a estar iluminadas por la luz grisácea que se filtraba a través de las nubes. Las manchas del moho demoníaco se convirtieron en ceniza y cayeron al suelo, mientras que los diablillos se deshicieron en volutas de humo y sus risas se apagaron.
-Podrían haberse esfumado también esos cadáveres de ahí abajo – dijo Marcus en voz baja para no atraer la atención de los no muertos.
-Y también podrías haberte esfumado tú – respondió Erik para provocar a su amigo.
Esta vez el calvo no quiso discutir, se limitó a mirar a los muertos por las rendijas de la contraventana. Los no muertos no parecían llevar un rumbo fijo, caminaban en línea recta hasta que algo les impedía el paso y cambiaban de dirección para esquivarlo. Desde su posición oían perfectamente el gemido de aquellos seres, un sonido monótono que tenía la facultad de poner a prueba los nervios de quienes lo oyeran. Al pasar debajo de la ventana los cadáveres reanimados movían la cabeza a un lado y a otro espasmódicamente, como nerviosos.
-Nos perciben – dijo Ludwig - . No saben dónde, pero saben que estamos cerca.
-Pues tendremos que irnos – respondió Johann - . Tarde o temprano nos encontrarán, y la puerta de abajo no aguantará eternamente.
-Buscaré otra salida – sugirió Erik - . Este sitio tiene que tener alguna trampilla para llegar al tejado o algo así.
-Muy bien. Karl, ve con él. Tened cuidado y no hagáis ruido. Nosotros tres os esperaremos aquí.
Media hora después los cinco saltaban de un tejado a otro. Los edificios imperiales se amontonaban unos sobre otros, por lo que no les resultaba excesivamente complicado encontrar un camino que seguir entre el mar de chimeneas. Abajo, en la calle, los muertos vivientes alzaban sus brazos hacia ellos y gemían llenos de frustración por no alcanzarlos.
- - - - -
-¡Maldición! – masculló el vampiro – Se escapa.
El vampiro subió a la diligencia, que empezó a moverse hacia las calles en la misma dirección que llevaban los no muertos.
- - - - -
Erik se detuvo en la azotea del último edificio y contempló el mapa. A sus pies se extendía la ciudad tal y como la representaba el pergamino.
-Se nos acabó la suerte – anunció - . Tendremos que bajar a la calle y seguir por el suelo.
-Pues más vale que nos demos prisa antes de que nos alcancen esas cosas – respondió Marcus - , parecen lentas pero corren como galgos.
-Pues abajo entonces – decidió el capitán.
Pocos minutos después los cinco echaban abajo las puertas del edificio, una posada de varios pisos, y salían de nuevo a la calle. Los no muertos estaban a apenas veinte metros de distancia, acercándose inexorablemente. Los mercenarios corrieron en dirección contraria, poniendo distancia de por medio, pero en casi todos los callejones encontraban muertos vivientes.
-Por Sigmar, están por todas partes – dijo Marcus haciendo la señal del martillo en su pecho.
Los cinco trataban de correr hacia un lugar seguro, pero con tal cantidad de enemigos no había muchas opciones a la hora de escoger la dirección a seguir. Estaban cayendo en una trampa y lo sabían. Tras esquivar un pequeño grupo de muertos vivientes salieron a un lugar abierto, una amplia plaza cuadrada con una fuente seca en el centro. Los gemidos de sus perseguidores sonaban cerca.
-Allí – Karl señaló hacia las puertas abiertas de un edificio gubernamental situado a su derecha - . Podemos intentar refugiarnos, como antes.
-Vale la pena intentarlo – respondió Johann.
Los cinco hombres cruzaron los arcos de piedra de la fachada, en los que se podía leer el rótulo “Oficina de Impuestos” en letras mayúsculas, y se dirigieron a la puerta. La empujaron, pero no se abrió. Marcus intentó abrir las ventanas, pero estaban cegadas con tablones. Erik miró hacia arriba, pero en la fachada no había ningún saliente donde enganchar el garfio. Los no muertos llegaron a la plaza y avanzaron hacia ellos, extendiendo los brazos para agarrar a su presa.
-Estamos muertos – murmuró Karl, presa del pánico - . Muertos, muertos, muertos.
-De eso nada, chaval – dijo el capitán, apartándole a un lado.
Johann sacó su pistola y apuntó a la cerradura. El disparo destrozó el mecanismo y la gruesa puerta se abrió, permitiendo que los mercenarios entraran en el edificio. Johann y Marcus cerraron la puerta a sus espaldas y se apoyaron en ella para tratar de contener a sus perseguidores. Ludwig y los dos jóvenes buscaron por el vestíbulo cualquier cosa que pudiera servir para atrancar la puerta.
-¡No hay nada! – gritó Erik.
En efecto, el vestíbulo estaba casi vacío. Tan sólo unos cuantos bancos de madera en las paredes, que no debían pesar mucho, y una estatua de mármol enorme que representaba al último conde. Fue el mago quien encontró la solución.
-Estad atentos – dijo Ludwig - , no sea que os aplaste.
-¿Qué diablos vas a hacer? – gritó Marcus.
El mago no respondió, se limitó a cerrar los ojos y canturrear en voz baja. Mientras pronunciaba las palabras un brillo rojizo empezó a salir de su báculo, un brillo cada vez más luminoso y cálido. Cuando el hechizo alcanzó su clímax, una bola de fuego salió despedida contra la estatua. El conjuro impactó contra la espalda del conde, inclinando la estatua hacia delante. Aunque durante unos segundos parecía que iba a volver a su posición original, finalmente cayó de cabeza al suelo. Justo sobre Johann y Marcus, que se apartaron de un salto para no morir devorados por un rostro de mármol bastante rollizo. La estatua golpeó contra la puerta, que se astilló en el punto de impacto pero aguantó. Algunas partes de la estatua se partieron, pero quedó lo suficiente como para bloquear la puerta de entrada. Los no muertos empujaban desde el exterior, pero más de dos toneladas de mármol les impedían el paso.
-Por qué poco – jadeó Marcus, sudando por la tensión.
-Aún no estamos a salvo – respondió Erik, señalando a la masa de cadáveres que golpeaban, furiosos, al otro lado - . No, desde luego que no.
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Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
El grupo se dirigió hacia la relativa seguridad de los callejones cuando, a su espalda, varias voces gritaron al unísono. Los mercenarios miraron hacia atrás, curiosos, y vieron cómo un grupo de hombres, armados con espadas y tridentes y vestidos con poco más que taparrabos, corrían hacia el combate procedentes del cercano anfiteatro. El demonio se volvió hacia ellos y bramó, olvidándose momentáneamente del herido caballero. Sir Arnaud aprovechó la situación y hundió su espada hasta la empuñadura en la pierna del demonio, que gritó de dolor mientras caía de rodillas.
-¿Lo ves? – dijo Marcus dirigiéndose a Karl – Se las apaña muy bien solo. Corre de una maldita vez.
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La diligencia se detuvo en una pequeña plazoleta. El vampiro bajó al suelo y escuchó. La niebla que cubría toda la ciudad no sólo ocultaba el sol y le protegía de sus nocivos rayos, sino que amortiguaba los sonidos de la lucha y los bramidos del demonio. El combate parecía cercano.
-¿Amo? – preguntó la anciana, asomando la cabeza por la ventanilla.
-El Caído está cerca, muy cerca.
-Amo, no le encontraremos en este laberinto de callejones. Puede meterse en cualquier edificio, estaríamos semanas buscando. No podemos estar en todas partes al mismo tiempo.
El vampiro miró a la entrada de uno de los callejones, donde el cadáver de un soldado se descomponía rodeado de una nube de moscas.
-Te equivocas, sí que puedo estar en todas partes a la vez.
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Los mercenarios caminaron, adentrándose en el laberinto de calles. Andaban despacio, con cautela. Al llegar a un cruce un disparo sonó en las proximidades. Al primer disparo se sumaron voces de soldados y más disparos, y parecían acercarse.
-Mierda – dijo Johann - . Buscad un edificio para ocultarnos.
No necesitaron que se repitiera la orden. Se repartieron por las calles empujando todas las puertas, hasta que Ludwig encontró una que no estaba cerrada con llave. Dos minutos después los cinco estaban en el interior, atrancando la puerta con un pesado banco de madera que hallaron junto a unas escaleras. Los mercenarios subieron las escaleras hasta el primer piso y se encontraron en una pequeña estancia, en la que varios bancos como el del piso de abajo se organizaban en filas frente a una pizarra. El edificio era una escuela infantil, aún se veían en la pizarra las letras de trazo vacilante de los niños. Johann cerró la puerta y corrió el cerrojo. A continuación se dirigió hacia la única ventana del edificio, que estaba protegida por sólidas contraventanas de madera. A través de las rendijas se podía observar el exterior sin ser visto. Un escondite casi perfecto, dadas las circunstancias.
-Podemos descansar aquí por el momento – dijo el capitán volviéndose hacia sus compañeros - . Pero tendremos que guardar silencio y organizarnos para vigilar.
Todos asintieron, conformes, y empujaron los bancos hacia las paredes para despejar el centro del aula. Marcus, sudando por el esfuerzo pero disfrutando de aquellos momentos de calma, abrió uno de los equipajes y comenzó a sacar la comida. Su sonrisa se congeló de repente cuando, procedentes desde la lejanía, llegaron a sus oídos los tañidos de la campana del convento. Los cinco se agolparon contra la ventana, visiblemente alarmados, y miraron al exterior. Como ya ocurriera antes, el cielo se oscureció. En las paredes de algunos edificios crecieron en cuestión de segundos extensas manchas de un moho que brillaba con luz propia, palpitando como un corazón. Mientras durara la oscuridad la ciudad pertenecería al Caos.
-¿Estaremos bien aquí? – preguntó el joven Karl, aterrado.
-Supongo – respondió distraídamente Erik mientras miraba por la ventana.
-Nunca me había pillado fuera de un lugar seguro – dijo Karl.
-Chico, en esta ciudad no hay ningún lugar seguro – contestó Marcus.
-Lo sé, pero siempre estaba cerca de un puesto de la guardia o algo semejante cuando llegaba la oscuridad. Esto dista mucho de ser una fortaleza. Por Sigmar, esto es una escuela.
-Pues cállate, que los niños vienen a la escuela a aprender y no a hablar – le cortó Johann en un tono que no admitía réplica - . Y eso va por todos. Silencio absoluto, con un poco de suerte pasaremos desapercibidos.
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Nubes de diablillos de fuego revoloteaban sobre los tejados, riendo a carcajadas y abalanzándose sobre cualquier desafortunado que encontraran. Por todas partes se oían los alaridos de los desgraciados que eran atrapados por la propia Mordheim. La oscuridad llevaba horas reinando en la ciudad. Karl estaba aterrorizado, con los ojos abiertos de par en par y temblando de pies a cabeza.
-Mirad – susurró Erik, que estaba en la ventana.
Marcus, Johann y Ludwig se acercaron a la ventana y miraron al suelo. Por la calle, débilmente iluminada por las llamas de algunos tejados y las manchas de moho, se acercaba un hombre.
-Parece de Middenheim – comentó en voz baja Marcus - , mirad su uniforme.
-No veo de qué huye – dijo Johann entrecerrando los ojos - , ¿veis vosotros algo?
-No, de momento no – respondió Erik.
Cuando el hombre pasaba por debajo de una de las manchas verdosas ésta cayó sobre él, que gritó de dolor y trató de zafarse de aquella criatura. Los tres mercenarios se miraron, sobrecogidos, sin decir palabra. Esas manchas actuaban como si tuvieran vida propia y los humanos fueran su presa. El hombre dejó de moverse y el moho volvió a trepar por la pared, dejando en el suelo los restos humeantes del soldado. Dos minutos después las figuras de sus perseguidores entraron en el círculo de luz proyectado por el moho. Eran hombres, o lo fueron en algún momento. Caminaban despacio, arrastrando los pies. El moho los dejó pasar, como si no sintiera ninguna necesidad de atacar a los muertos.
-Vamos mejorando – dijo Marcus.
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El vampiro permanecía de pie en el mismo lugar desde que cayó la noche del Caos. Tenía los ojos cerrados y se esforzaba por mantener el control de todos sus siervos. Era una tarea difícil, pues las criaturas de pesadilla que aparecían por todas partes cuando llegaba la oscuridad no paraban de atacar. Su anciana sirviente estaba en la diligencia, murmurando para sí misma un conjuro de protección. El vampiro sonrió para sí mismo ante semejante muestra de estupidez. Si las defensas conjuradas por el vampiro cayeran, nada de lo que hiciera la anciana la protegería. A sus oídos llegó el distante tañido de la campana que anunciaba la vuelta a la normalidad. Por primera vez en mucho tiempo se alegró de que llegara el día.
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La oscuridad se retiró y las callejas volvieron a estar iluminadas por la luz grisácea que se filtraba a través de las nubes. Las manchas del moho demoníaco se convirtieron en ceniza y cayeron al suelo, mientras que los diablillos se deshicieron en volutas de humo y sus risas se apagaron.
-Podrían haberse esfumado también esos cadáveres de ahí abajo – dijo Marcus en voz baja para no atraer la atención de los no muertos.
-Y también podrías haberte esfumado tú – respondió Erik para provocar a su amigo.
Esta vez el calvo no quiso discutir, se limitó a mirar a los muertos por las rendijas de la contraventana. Los no muertos no parecían llevar un rumbo fijo, caminaban en línea recta hasta que algo les impedía el paso y cambiaban de dirección para esquivarlo. Desde su posición oían perfectamente el gemido de aquellos seres, un sonido monótono que tenía la facultad de poner a prueba los nervios de quienes lo oyeran. Al pasar debajo de la ventana los cadáveres reanimados movían la cabeza a un lado y a otro espasmódicamente, como nerviosos.
-Nos perciben – dijo Ludwig - . No saben dónde, pero saben que estamos cerca.
-Pues tendremos que irnos – respondió Johann - . Tarde o temprano nos encontrarán, y la puerta de abajo no aguantará eternamente.
-Buscaré otra salida – sugirió Erik - . Este sitio tiene que tener alguna trampilla para llegar al tejado o algo así.
-Muy bien. Karl, ve con él. Tened cuidado y no hagáis ruido. Nosotros tres os esperaremos aquí.
Media hora después los cinco saltaban de un tejado a otro. Los edificios imperiales se amontonaban unos sobre otros, por lo que no les resultaba excesivamente complicado encontrar un camino que seguir entre el mar de chimeneas. Abajo, en la calle, los muertos vivientes alzaban sus brazos hacia ellos y gemían llenos de frustración por no alcanzarlos.
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-¡Maldición! – masculló el vampiro – Se escapa.
El vampiro subió a la diligencia, que empezó a moverse hacia las calles en la misma dirección que llevaban los no muertos.
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Erik se detuvo en la azotea del último edificio y contempló el mapa. A sus pies se extendía la ciudad tal y como la representaba el pergamino.
-Se nos acabó la suerte – anunció - . Tendremos que bajar a la calle y seguir por el suelo.
-Pues más vale que nos demos prisa antes de que nos alcancen esas cosas – respondió Marcus - , parecen lentas pero corren como galgos.
-Pues abajo entonces – decidió el capitán.
Pocos minutos después los cinco echaban abajo las puertas del edificio, una posada de varios pisos, y salían de nuevo a la calle. Los no muertos estaban a apenas veinte metros de distancia, acercándose inexorablemente. Los mercenarios corrieron en dirección contraria, poniendo distancia de por medio, pero en casi todos los callejones encontraban muertos vivientes.
-Por Sigmar, están por todas partes – dijo Marcus haciendo la señal del martillo en su pecho.
Los cinco trataban de correr hacia un lugar seguro, pero con tal cantidad de enemigos no había muchas opciones a la hora de escoger la dirección a seguir. Estaban cayendo en una trampa y lo sabían. Tras esquivar un pequeño grupo de muertos vivientes salieron a un lugar abierto, una amplia plaza cuadrada con una fuente seca en el centro. Los gemidos de sus perseguidores sonaban cerca.
-Allí – Karl señaló hacia las puertas abiertas de un edificio gubernamental situado a su derecha - . Podemos intentar refugiarnos, como antes.
-Vale la pena intentarlo – respondió Johann.
Los cinco hombres cruzaron los arcos de piedra de la fachada, en los que se podía leer el rótulo “Oficina de Impuestos” en letras mayúsculas, y se dirigieron a la puerta. La empujaron, pero no se abrió. Marcus intentó abrir las ventanas, pero estaban cegadas con tablones. Erik miró hacia arriba, pero en la fachada no había ningún saliente donde enganchar el garfio. Los no muertos llegaron a la plaza y avanzaron hacia ellos, extendiendo los brazos para agarrar a su presa.
-Estamos muertos – murmuró Karl, presa del pánico - . Muertos, muertos, muertos.
-De eso nada, chaval – dijo el capitán, apartándole a un lado.
Johann sacó su pistola y apuntó a la cerradura. El disparo destrozó el mecanismo y la gruesa puerta se abrió, permitiendo que los mercenarios entraran en el edificio. Johann y Marcus cerraron la puerta a sus espaldas y se apoyaron en ella para tratar de contener a sus perseguidores. Ludwig y los dos jóvenes buscaron por el vestíbulo cualquier cosa que pudiera servir para atrancar la puerta.
-¡No hay nada! – gritó Erik.
En efecto, el vestíbulo estaba casi vacío. Tan sólo unos cuantos bancos de madera en las paredes, que no debían pesar mucho, y una estatua de mármol enorme que representaba al último conde. Fue el mago quien encontró la solución.
-Estad atentos – dijo Ludwig - , no sea que os aplaste.
-¿Qué diablos vas a hacer? – gritó Marcus.
El mago no respondió, se limitó a cerrar los ojos y canturrear en voz baja. Mientras pronunciaba las palabras un brillo rojizo empezó a salir de su báculo, un brillo cada vez más luminoso y cálido. Cuando el hechizo alcanzó su clímax, una bola de fuego salió despedida contra la estatua. El conjuro impactó contra la espalda del conde, inclinando la estatua hacia delante. Aunque durante unos segundos parecía que iba a volver a su posición original, finalmente cayó de cabeza al suelo. Justo sobre Johann y Marcus, que se apartaron de un salto para no morir devorados por un rostro de mármol bastante rollizo. La estatua golpeó contra la puerta, que se astilló en el punto de impacto pero aguantó. Algunas partes de la estatua se partieron, pero quedó lo suficiente como para bloquear la puerta de entrada. Los no muertos empujaban desde el exterior, pero más de dos toneladas de mármol les impedían el paso.
-Por qué poco – jadeó Marcus, sudando por la tensión.
-Aún no estamos a salvo – respondió Erik, señalando a la masa de cadáveres que golpeaban, furiosos, al otro lado - . No, desde luego que no.
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Octava Parte: El Caballero Andante
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
Dos días después del ataque de los demonios de fuego el grupo de mercenarios abandonaba el convento de La Roca. Johann aún sentía dolor alrededor de la herida, pero ya era capaz de blandir una espada sin demasiados problemas. Al llegar al final del camino que descendía desde el convento hasta la orilla del río Marcus desplegó ante ellos el mapa de la ciudad, que ahora lucía una serie de tachones y anotaciones en letra diminuta.
-¿Qué le ha pasado? – preguntó el capitán.
-Las hermanas han tenido la amabilidad de corregir nuestro mapa – respondió Marcus - . Han tachado las zonas arrasadas por el Martillo de Sigmar, al parecer están tan contaminadas que no sobreviviríamos en ellas ni dos minutos.
-Estupendo, eso nos corta el camino hacia la puerta sur a no ser que demos la vuelta alrededor del cráter que han marcado en el mapa – dijo Erik.
-Yendo en esa dirección la salida más cercana es la puerta este, así que iremos hacia allí. En marcha.
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La anciana sacó la cabeza por la ventanilla. Tras varios días buscando infructuosamente, su amo estaba a punto de perder la paciencia. Y eso no era bueno.
-¿Y bien? – preguntó el vampiro cuando la anciana volvió a meterse en la diligencia.
-Nada más que cadáveres, amo. La ciudad es muy grande, es difícil que le encontremos. ¿No sería mejor olvidarle y seguir con su plan, amo?
El vampiro agarró a la mujer por el cuello, apretando hasta que casi le rompió las vértebras.
-No vuelvas a decirme lo que debo o no debo hacer. He esperado este momento durante noventa años, esta vez no se me escapará.
- - - - -
Erik abría la marcha, seguido de cerca por Ludwig y el joven Karl. Tal y como les habían advertido las hermanas, la parte oriental de la ciudad estaba mucho más contaminada que la parte occidental. De los edificios apenas quedaban en pie las estructuras más gruesas, el resto de los materiales yacían esparcidos en forma de escombros por las calles. Cadáveres en distintos estados de descomposición adornaban el suelo. En algunos sitios no eran más que esqueletos calcinados, sin duda testigos de la caída del cometa que arrasó Mordheim, pero otros cuerpos aún tenían sangre fresca manchando sus ropas.
-¿Qué es eso? – preguntó Karl señalando hacia una masa verdosa que se agitaba a escasos metros de distancia.
Como respuesta decenas de ojos amarillos le miraron. Pequeñas criaturas viscosas gruñeron enseñando sus dientes afilados.
-Demonios de Nurgle – dijo Erik, poniendo cara de asco - . No te acerques a ellos, a saber lo que te pueden contagiar.
-No tenía intención de hacerlo, pero gracias por el aviso – respondió Karl.
Al ver que los humanos no los molestaban, los demonios continuaron su tarea de arrancar carne del cadáver del que se estaban alimentando.
-Son las criaturas más repugnantes que he visto nunca – comentó Marcus.
-Sólo porque no te has mirado en un espejo últimamente – dijo Erik.
-¿Eres así de imbécil por naturaleza o es que practicas por las noches?
Johann suspiró. Ya estaban otra vez.
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El demonio avanzaba con lentitud por las callejas. No tenía prisa, disponía de todo el tiempo del mundo. Tras él corría un enjambre de insectos, siguiéndole como si de una sombra se tratase. Se detuvo, alzó su cabeza y comenzó a olfatear el aire. Había un olor aparte del olor a quemado de las ruinas. Olía a carne humana.
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El grupo salió del estrecho callejón y llegó a una ancha avenida. Hacia el norte se veía, medio oculto por la niebla, un edificio decorado con arcos.
-Debe ser el anfiteatro que menciona el mapa – dijo Marcus mirando una vez más el pedazo de papel.
-Tenemos problemas, y de los grandes – tartamudeó el joven Karl.
A unos diez metros de distancia una criatura de más de seis metros de altura los observaba. De su cabeza salían al menos doce cuernos, pero era imposible contarlos porque parecían dividirse y volver a unirse cada pocos segundos. Su piel era blanca, casi translúcida, y dejaba ver una luz rojiza parpadeante donde debía estar el corazón del demonio. Johann apuntó con su pistola hacia el pecho del demonio y disparó, pero el proyectil de plomo se deshizo en cuanto impactó contra la piel. El demonio miró hacia abajo, donde había recibido el tiro, y bramó lleno de furia. El enjambre que lo seguía echó a volar y formó una nube a su alrededor.
-¡Corred! – gritó Marcus.
Los cinco hombres dieron media vuelta y huyeron a la carrera del monstruo. Al principio se dirigieron hacia el anfiteatro, pero el demonio se movía con una rapidez muy superior a la que se podía esperar de una criatura de semejante tamaño.
-¡Esta calle es muy ancha! ¡Si seguimos por aquí nos atrapará! – gritó Erik mientras corría.
-¡A los callejones! – ordenó Johann señalando hacia su derecha - ¡Lo despistaremos en los callejones!
El grupo, con Erik y Karl a la cabeza, giró hacia la derecha y se metió en un callejón de apenas dos metros de ancho. Los mercenarios saltaron para esquivar pequeños montículos de cascotes mientras oían los bramidos del demonio. Siguieron corriendo, poniendo distancia entre el monstruo y ellos hasta que dejaron de oír sus bramidos. Aquella parte de la ciudad era oscura, pues los edificios se unían por encima de sus cabezas bloqueando la poca luz que se filtraba a través de la niebla. El silencio era opresivo, como si la propia oscuridad ahogara cualquier sonido.
-Creo que lo hemos despistado – dijo Ludwig, jadeando a causa del esfuerzo.
-Estoy deseando salir de esta maldita ciudad – comentó Marcus, sujetándose el costado y respirando aceleradamente - . Es una pesadilla.
-No temáis, fermosas señoras, pues un caballero de Bretonia os protege – dijo una voz cercana.
Karl apuntó su arma hacia el lugar del que procedía la voz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra vieron una figura a caballo avanzando tranquilamente hacia ellos. Tanto el caballero como su montura parecían haber vivido tiempos mejores. El jinete llevaba un escudo amarillento y una armadura abollada a la que le faltaban varias piezas. El caballo era flaco, y al no llevar barda se le notaban las costillas bajo la piel.
-No hay necesidad de que vuestras mercedes me apunten, mi voto me obliga a velar por la seguridad de tan singulares damas.
-¿Damas? – preguntó Marcus - ¿Ha dicho damas?
-Debe estar loco – respondió el mago - , como todos los que permanecen mucho tiempo aquí.
-Estáis equivocada, señora mía, pues no estoy más loco que vuestras mercedes. Debéis de haber vivido muchos peligros si ya no sabéis distinguir los locos de los cuerdos.
-Lo que tú digas, hombre – susurró Marcus.
El caballero desmontó y se arrodilló ante los mercenarios.
-Es un milagro que cinco doncellas de tan singular belleza hayan sobrevivido solas en esta ciudad condenada, pero ya no debéis temer por vuestra seguridad. Yo, sir Arnaud de Donequichôt, me pongo a vuestro servicio para guiaros hacia la salida o para cumplir cualquier deseo que tan importantes doncellas quisieren. El mío fuerte brazo acabará con cualquier enemigo o desfacerá cualquier agravio que os ficieren, pues no permitiré que os deshonren sin probar la mía ira.
Los mercenarios se miraron sin saber muy bien cómo reaccionar ante esa evidente falta de juicio. Al final fue el capitán quien tomó las riendas de la situación:
-Señor caballero – dijo, poniendo a propósito voz femenina para seguirle la corriente al bretoniano - , aceptamos su ofrecimiento. Guíenos hacia la salida lo más rápido posible.
A Marcus casi le da un ataque tratando de contener la risa cuando el caballero intentó besarle las manos a su capitán para sellar el pacto. Al ver que Johann no consentía esa clase de licencia, sir Arnaud se encogió de hombros y montó en su caballo.
-Sois sin duda honradas y discretas si no consentís siquiera que un famoso caballero bese vuestras nobles manos, lo cual no hace sino acrecentar aún mas la vuestra ya de por sí grande virtud.
Así, mientras el caballero hablaba sobre el sacrificio que hacen los caballeros andantes en su búsqueda del Grial, el grupo se adentró en el laberinto de callejas.
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El demonio golpeó con furia los edificios, derrumbándolos para abrirse paso, pero los humanos se le escaparon. Gritó de frustración al perder la presa, pero trató de recuperar el control y pensar. Olfateó el aire hasta captar el rastro de los humanos. Se alejaban, pero parecían andar hacia el norte. Sería fácil tender una emboscada, sólo tendría que esperarlos junto al anfiteatro a que salieran por el otro lado de la barriada.
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Los mercenarios salieron a una amplia avenida. A su izquierda, en dirección sur, estaba el anfiteatro. El viento arrastraba sonidos de lucha, espadas chocando y algún grito de dolor ocasionalmente. Pero también había otro sonido. Un zumbido, como el que emite un enjambre de abejas.
-¿Oís eso? – preguntó Karl.
El caballero se calló, aguzando el oído. Iba a hablar cuando el suelo comenzó a temblar. No era un terremoto, eran pisadas. Pisadas de algo grande y pesado. Pisadas de algo que se acercaba.
-¡Escondeos, fermosas damas! – gritó sir Arnaud cuando vio al demonio - ¡Dejad que yo me enfrente a este gigante que nos ataca! ¡No tengáis miedo, pues saldré victorioso de esta grande fazaña! ¡Non fuyades, bellaco! ¡Combate a este noble caballero que te desafía!
El caballero espoleó a su montura y se dirigió hacia el demonio. El monstruo bramó y cargó en dirección a sir Arnaud. El caballero esquivó hábilmente el primer ataque del demonio y blandió su espada, hiriendo al monstruo en el brazo.
-Deprisa, ahora que está distraído – dijo Johann.
-¿Vamos a dejarle solo contra ese bicho? – preguntó Karl.
-No podemos vencer a esa cosa, es un suicidio – respondió Marcus arrastrando al joven.
-Pero...
-No hay peros – le cortó Johann - . Somos mercenarios, luchamos por oro. Déjale todo ese asunto del honor al caballero.
-Pero morirá – insistió Karl.
-Pues tendrá una muerte épica, seguro que está encantado por ello. Ahora corre. Ya.
Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
Dos días después del ataque de los demonios de fuego el grupo de mercenarios abandonaba el convento de La Roca. Johann aún sentía dolor alrededor de la herida, pero ya era capaz de blandir una espada sin demasiados problemas. Al llegar al final del camino que descendía desde el convento hasta la orilla del río Marcus desplegó ante ellos el mapa de la ciudad, que ahora lucía una serie de tachones y anotaciones en letra diminuta.
-¿Qué le ha pasado? – preguntó el capitán.
-Las hermanas han tenido la amabilidad de corregir nuestro mapa – respondió Marcus - . Han tachado las zonas arrasadas por el Martillo de Sigmar, al parecer están tan contaminadas que no sobreviviríamos en ellas ni dos minutos.
-Estupendo, eso nos corta el camino hacia la puerta sur a no ser que demos la vuelta alrededor del cráter que han marcado en el mapa – dijo Erik.
-Yendo en esa dirección la salida más cercana es la puerta este, así que iremos hacia allí. En marcha.
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La anciana sacó la cabeza por la ventanilla. Tras varios días buscando infructuosamente, su amo estaba a punto de perder la paciencia. Y eso no era bueno.
-¿Y bien? – preguntó el vampiro cuando la anciana volvió a meterse en la diligencia.
-Nada más que cadáveres, amo. La ciudad es muy grande, es difícil que le encontremos. ¿No sería mejor olvidarle y seguir con su plan, amo?
El vampiro agarró a la mujer por el cuello, apretando hasta que casi le rompió las vértebras.
-No vuelvas a decirme lo que debo o no debo hacer. He esperado este momento durante noventa años, esta vez no se me escapará.
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Erik abría la marcha, seguido de cerca por Ludwig y el joven Karl. Tal y como les habían advertido las hermanas, la parte oriental de la ciudad estaba mucho más contaminada que la parte occidental. De los edificios apenas quedaban en pie las estructuras más gruesas, el resto de los materiales yacían esparcidos en forma de escombros por las calles. Cadáveres en distintos estados de descomposición adornaban el suelo. En algunos sitios no eran más que esqueletos calcinados, sin duda testigos de la caída del cometa que arrasó Mordheim, pero otros cuerpos aún tenían sangre fresca manchando sus ropas.
-¿Qué es eso? – preguntó Karl señalando hacia una masa verdosa que se agitaba a escasos metros de distancia.
Como respuesta decenas de ojos amarillos le miraron. Pequeñas criaturas viscosas gruñeron enseñando sus dientes afilados.
-Demonios de Nurgle – dijo Erik, poniendo cara de asco - . No te acerques a ellos, a saber lo que te pueden contagiar.
-No tenía intención de hacerlo, pero gracias por el aviso – respondió Karl.
Al ver que los humanos no los molestaban, los demonios continuaron su tarea de arrancar carne del cadáver del que se estaban alimentando.
-Son las criaturas más repugnantes que he visto nunca – comentó Marcus.
-Sólo porque no te has mirado en un espejo últimamente – dijo Erik.
-¿Eres así de imbécil por naturaleza o es que practicas por las noches?
Johann suspiró. Ya estaban otra vez.
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El demonio avanzaba con lentitud por las callejas. No tenía prisa, disponía de todo el tiempo del mundo. Tras él corría un enjambre de insectos, siguiéndole como si de una sombra se tratase. Se detuvo, alzó su cabeza y comenzó a olfatear el aire. Había un olor aparte del olor a quemado de las ruinas. Olía a carne humana.
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El grupo salió del estrecho callejón y llegó a una ancha avenida. Hacia el norte se veía, medio oculto por la niebla, un edificio decorado con arcos.
-Debe ser el anfiteatro que menciona el mapa – dijo Marcus mirando una vez más el pedazo de papel.
-Tenemos problemas, y de los grandes – tartamudeó el joven Karl.
A unos diez metros de distancia una criatura de más de seis metros de altura los observaba. De su cabeza salían al menos doce cuernos, pero era imposible contarlos porque parecían dividirse y volver a unirse cada pocos segundos. Su piel era blanca, casi translúcida, y dejaba ver una luz rojiza parpadeante donde debía estar el corazón del demonio. Johann apuntó con su pistola hacia el pecho del demonio y disparó, pero el proyectil de plomo se deshizo en cuanto impactó contra la piel. El demonio miró hacia abajo, donde había recibido el tiro, y bramó lleno de furia. El enjambre que lo seguía echó a volar y formó una nube a su alrededor.
-¡Corred! – gritó Marcus.
Los cinco hombres dieron media vuelta y huyeron a la carrera del monstruo. Al principio se dirigieron hacia el anfiteatro, pero el demonio se movía con una rapidez muy superior a la que se podía esperar de una criatura de semejante tamaño.
-¡Esta calle es muy ancha! ¡Si seguimos por aquí nos atrapará! – gritó Erik mientras corría.
-¡A los callejones! – ordenó Johann señalando hacia su derecha - ¡Lo despistaremos en los callejones!
El grupo, con Erik y Karl a la cabeza, giró hacia la derecha y se metió en un callejón de apenas dos metros de ancho. Los mercenarios saltaron para esquivar pequeños montículos de cascotes mientras oían los bramidos del demonio. Siguieron corriendo, poniendo distancia entre el monstruo y ellos hasta que dejaron de oír sus bramidos. Aquella parte de la ciudad era oscura, pues los edificios se unían por encima de sus cabezas bloqueando la poca luz que se filtraba a través de la niebla. El silencio era opresivo, como si la propia oscuridad ahogara cualquier sonido.
-Creo que lo hemos despistado – dijo Ludwig, jadeando a causa del esfuerzo.
-Estoy deseando salir de esta maldita ciudad – comentó Marcus, sujetándose el costado y respirando aceleradamente - . Es una pesadilla.
-No temáis, fermosas señoras, pues un caballero de Bretonia os protege – dijo una voz cercana.
Karl apuntó su arma hacia el lugar del que procedía la voz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra vieron una figura a caballo avanzando tranquilamente hacia ellos. Tanto el caballero como su montura parecían haber vivido tiempos mejores. El jinete llevaba un escudo amarillento y una armadura abollada a la que le faltaban varias piezas. El caballo era flaco, y al no llevar barda se le notaban las costillas bajo la piel.
-No hay necesidad de que vuestras mercedes me apunten, mi voto me obliga a velar por la seguridad de tan singulares damas.
-¿Damas? – preguntó Marcus - ¿Ha dicho damas?
-Debe estar loco – respondió el mago - , como todos los que permanecen mucho tiempo aquí.
-Estáis equivocada, señora mía, pues no estoy más loco que vuestras mercedes. Debéis de haber vivido muchos peligros si ya no sabéis distinguir los locos de los cuerdos.
-Lo que tú digas, hombre – susurró Marcus.
El caballero desmontó y se arrodilló ante los mercenarios.
-Es un milagro que cinco doncellas de tan singular belleza hayan sobrevivido solas en esta ciudad condenada, pero ya no debéis temer por vuestra seguridad. Yo, sir Arnaud de Donequichôt, me pongo a vuestro servicio para guiaros hacia la salida o para cumplir cualquier deseo que tan importantes doncellas quisieren. El mío fuerte brazo acabará con cualquier enemigo o desfacerá cualquier agravio que os ficieren, pues no permitiré que os deshonren sin probar la mía ira.
Los mercenarios se miraron sin saber muy bien cómo reaccionar ante esa evidente falta de juicio. Al final fue el capitán quien tomó las riendas de la situación:
-Señor caballero – dijo, poniendo a propósito voz femenina para seguirle la corriente al bretoniano - , aceptamos su ofrecimiento. Guíenos hacia la salida lo más rápido posible.
A Marcus casi le da un ataque tratando de contener la risa cuando el caballero intentó besarle las manos a su capitán para sellar el pacto. Al ver que Johann no consentía esa clase de licencia, sir Arnaud se encogió de hombros y montó en su caballo.
-Sois sin duda honradas y discretas si no consentís siquiera que un famoso caballero bese vuestras nobles manos, lo cual no hace sino acrecentar aún mas la vuestra ya de por sí grande virtud.
Así, mientras el caballero hablaba sobre el sacrificio que hacen los caballeros andantes en su búsqueda del Grial, el grupo se adentró en el laberinto de callejas.
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El demonio golpeó con furia los edificios, derrumbándolos para abrirse paso, pero los humanos se le escaparon. Gritó de frustración al perder la presa, pero trató de recuperar el control y pensar. Olfateó el aire hasta captar el rastro de los humanos. Se alejaban, pero parecían andar hacia el norte. Sería fácil tender una emboscada, sólo tendría que esperarlos junto al anfiteatro a que salieran por el otro lado de la barriada.
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Los mercenarios salieron a una amplia avenida. A su izquierda, en dirección sur, estaba el anfiteatro. El viento arrastraba sonidos de lucha, espadas chocando y algún grito de dolor ocasionalmente. Pero también había otro sonido. Un zumbido, como el que emite un enjambre de abejas.
-¿Oís eso? – preguntó Karl.
El caballero se calló, aguzando el oído. Iba a hablar cuando el suelo comenzó a temblar. No era un terremoto, eran pisadas. Pisadas de algo grande y pesado. Pisadas de algo que se acercaba.
-¡Escondeos, fermosas damas! – gritó sir Arnaud cuando vio al demonio - ¡Dejad que yo me enfrente a este gigante que nos ataca! ¡No tengáis miedo, pues saldré victorioso de esta grande fazaña! ¡Non fuyades, bellaco! ¡Combate a este noble caballero que te desafía!
El caballero espoleó a su montura y se dirigió hacia el demonio. El monstruo bramó y cargó en dirección a sir Arnaud. El caballero esquivó hábilmente el primer ataque del demonio y blandió su espada, hiriendo al monstruo en el brazo.
-Deprisa, ahora que está distraído – dijo Johann.
-¿Vamos a dejarle solo contra ese bicho? – preguntó Karl.
-No podemos vencer a esa cosa, es un suicidio – respondió Marcus arrastrando al joven.
-Pero...
-No hay peros – le cortó Johann - . Somos mercenarios, luchamos por oro. Déjale todo ese asunto del honor al caballero.
-Pero morirá – insistió Karl.
-Pues tendrá una muerte épica, seguro que está encantado por ello. Ahora corre. Ya.
Séptima Parte: La Vidente
Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000
Erik abría la marcha por los túneles con una antorcha en cada mano mientras Marcus y el mago llevaban al capitán. En más de una ocasión se vieron obligados a volver sobre sus pasos al llegar a un callejón sin salida, pero minuto a minuto percibían que el ambiente era más húmedo. En el pasadizo por el que andaban se veían, iluminadas por el fuego, grandes manchas de musgo. El suelo estaba encharcado en varios lugares, cubierto de un limo viscoso y maloliente. De repente Erik resbaló y cayó de espaldas en el lodo. La pendiente del túnel hizo que se deslizara hacia abajo, dejando atrás a sus compañeros.
-¡Erik! – gritó Marcus mientras veía que la luz de las antorchas se alejaba - ¿Estás bien?
No obtuvo respuesta. El mercenario y el hechicero, aún transportando al capitán, dieron algunos pasos con cautela para no pisar nada. Ludwig fue el primero en resbalar, y al tratar de sujetarse a los dos mercenarios hizo que los tres cayeran por la resbaladiza pendiente. Los hombres se golpearon con las paredes mientras se deslizaban, hasta que finalmente se sumergieron en una profunda corriente de agua. El agua, que apestaba a putrefacción, fluía con rapidez a lo largo del túnel. Marcus se esforzaba por mantener la cabeza de Johann fuera del agua, mientras que el mago tenía que esforzarse al máximo por mantenerse a flote. Tras un recodo la luz del día iluminó el túnel. A escasos cien metros, el agua se precipitó como una cascada en el río y tanto Marcus como Ludwig perdieron el conocimiento al sumergirse en sus aguas heladas.
- - - - -
Una diligencia avanzaba por las calles desiertas de Mordheim, tirada por dos caballos negros que no necesitaban que nadie los guiara. En el interior del carruaje dos personas permanecían en silencio. Una de esas personas, una anciana de aspecto enfermizo, permanecía callada por miedo a molestar los pensamientos de su amo, un vampiro de piel grisácea y medio descompuesta.
-No puedo creer que vayamos a encontrarnos de nuevo – dijo el vampiro, rompiendo el silencio.
-Amo, os aseguro que era él.
-Sí, sí – dijo el vampiro haciendo un gesto con la mano para que se callara - . Es típico de él, no habrá podido resistirse a la llamada del poder que hay aquí. Y ése será su último error.
- - - - -
Voces. Voces femeninas. Johann abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos de inmediato por la intensa luz que había en la sala. Cuando su vista pudo acostumbrarse a la luz vio que estaba acostado en una cama de madera, un duro lecho de monje, en una sala circular que contenía otras siete camas como la que él ocupaba y que en ese momento estaban vacías. A su derecha, junto a la única puerta de la habitación, dos mujeres vestidas con hábitos blancos conversaban en voz baja. El capitán se miró a sí mismo y descubrió que tenía el hombro vendado. Trató de incorporarse pero una sacudida eléctrica le detuvo en seco. Las mujeres callaron al ver que había despertado y se acercaron a él.
-Debería descansar, señor Meitner, hemos expulsado el veneno pero la herida aún no ha curado.
-¿Dónde estoy? – preguntó Johann con dificultad.
-En el Sagrado Convento de la Orden de las Hermanas de Sigmar, en la cima de La Roca. Una de nuestras novicias les vio caer del desagüe de las cloacas y fueron a buscarles por si alguno de ustedes seguía con vida. Han tenido mucha suerte de que nuestras hermanas estuvieran cruzando el río justo en ese momento, debería agradecérselo a Sigmar.
-Por fin has despertado – dijo Marcus, entrando en la sala - . ¿Estás bien?
-¿Qué ha pasado? – preguntó Johann de nuevo.
-Las armas de las criaturas que nos atacaron en los túneles estaban impregnadas con un veneno muy potente. Las hermanas te han curado, pero has estado dos días delirando por la fiebre.
-¿Y vosotros estáis bien?
-Sí, sólo algunos cardenales. Las hermanas nos han tratado muy bien.
-Hicimos voto de ayudar a los enfermos – cortó ásperamente la mujer que había hablado antes - , pero en cuanto el señor Meitner se haya recuperado tendrán que abandonar el convento. Los mercenarios no son bienvenidos a la casa de Sigmar.
- - - - -
Dos horas más tarde el capitán mercenario, ayudado por una novicia, entraba en el gran comedor del convento. En la estancia comían en silencio más de cuarenta mujeres, lo que contrastaba fuertemente con la animada conversación del pequeño grupo de hombres que se sentaban en una mesa apartada. Johann se sentó en una silla vacía y miró a sus compañeros. Los tres parecían bien, salvo algunos rasguños, pero lo que llamó la atención del mercenario fue un cuarto hombre: un muchacho que no debía superar los veinte años, con un ojo morado y el labio partido.
-¿Y tú quién eres? – preguntó con curiosidad.
-Jefe, te presento al mismísimo Karl von Zwickau, hijo de nuestro generoso patrón. Su grupo ha muerto, él es el único superviviente – respondió Erik señalando al joven.
-Me alegro de haberle encontrado al fin, pero ¿qué le ha pasado en la cara?
-Que se ha encontrado, por accidente, con mi puño – contestó Marcus con una sonrisa torcida - . Como estabas enfermo le he hecho una cara nueva en tu nombre.
-Pues así está más guapo – confirmó Johann, asintiendo - , aunque quizá deberíamos dejarle un brazo a juego con la cara. Por su culpa Hans ha muerto, todo el oro de su padre no pagará eso.
-Mi padre no tiene oro – dijo Karl, que hasta ese momento había permanecido en silencio.
-Repite eso – ordenó el capitán.
-Que mi padre no tiene oro, está arruinado. Las cosechas han sido malas los últimos años, hemos tenido que malvender todas nuestras propiedades para seguir viviendo. Por eso vine a esta condenada ciudad, decían que aquí se podía conseguir mucha riqueza.
-Tu padre nos prometió tres millones de coronas, incluso nos dio veinte mil por adelantado.
-Pues entonces os dio sus últimos ahorros. Os ha engañado, no tiene más dinero.
-¡Maldito hijo de...! – gritó Marcus, poniéndose en pie.
Algo le hizo detenerse. Encima de sus cabezas la campana del convento empezó a sonar. Las hermanas se apresuraron a salir por la puerta, dejando la comida en los platos. Segundos más tarde la escasa luz que entraba por las rendijas de los tablones que cubrían los estrechos ventanucos se apagó, pues el cielo se había vuelto negro de nuevo.
- - - - -
Cuando el cielo se oscureció las llamas que consumían los edificios próximos al Pozo cobraron vida y se elevaron por los aires. En pocos segundos el fuego tomó la forma de pequeños demonios alados que revoloteaban en torno a las columnas de humo como un enjambre de insectos. Los demonios vieron a lo lejos, sobresaliendo por encima de la niebla que cubría toda la ciudad, la imponente fortaleza de La Roca y se dirigieron a ella riendo y gritando.
- - - - -
La diligencia se detuvo en seco cuando el cielo se tornó negro. El vampiro salió a la calle, dejando a su anciana ayudante dentro, y miró a su alrededor con todos sus sentidos en alerta. Aquel extraño fenómeno ocurría de vez en cuando en la arrasada Mordheim, pero siempre había estado en su propia guarida para enfrentarse a los horrores nacidos de la voluntad del Caos. Sin embargo, al estar lejos de sus dominios, el vampiro estaba tenso y nervioso. Era más vulnerable, y lo sabía.
-¿Amo? – preguntó la anciana con un susurro.
El vampiro la hizo callar. Los había olido antes incluso de verlos u oírlos. Hombres rata, mezquinos y traicioneros. El vampiro se permitió una sonrisa, había temido algo mucho peor. Los skaven atacaron a la vez, esperando encontrar a su víctima confusa e indefensa en la oscuridad. Una equivocación que pagarían con sus vidas.
- - - - -
Las hermanas cerraban todas las ventanas con gruesos candados de acero bendecido, recitando una y otra vez la misma plegaria. Los mercenarios salieron al pasillo y siguieron a las mujeres para averiguar el motivo del alboroto.
-¡Han entrado en el pasillo sur! – gritaba una novicia que pasó corriendo a su lado - ¡Han entrado en el pasillo sur!
-¡Vamos! – dijo Marcus, tomando el control de la situación.
Los hombres siguieron al calvo por los corredores del convento. Cuando llegaron al pasillo sur contemplaron la batalla entre las hermanas y los pequeños diablos de fuego. Los demonios habían conseguido entrar por la última ventana antes de que la cerraran con el candado, y ahora eran una bandada furiosa revoloteando por el techo y atacando a los humanos que encontraban. Las hermanas se defendían con sus martillos y su fe, recitando sus oraciones al mismo tiempo que golpeaban con sus armas.
-Ludwig, llévate a Johann y escondeos – ordenó Erik en un tono que no admitía réplica.
El mago agarró a Johann por el cuello de la camisa y tiró de él. Aunque se fue a regañadientes, el capitán entendía que no estaba en condiciones de luchar. Marcus, Erik y Karl agarraron lo primero que vieron que pudiera ser usado como armas: las lámparas de metal que servían para iluminar los pasillos de noche. Se unieron a la refriega, aplastando contra las paredes a los demonios que se ponían al alcance de sus improvisadas armas.
- - - - -
Johann y Ludwig volvieron al comedor, donde se habían refugiado las novicias más jóvenes y las hermanas más ancianas. Todas miraban hacia los ventanucos, temiendo que los demonios vencieran las oraciones que se habían entonado sobre los tablones que los tapaban y entraran en el convento.
-Tranquilas, no pasará nada - dijo Johann tratando de calmar a las mujeres - . No os ocurrirá nada malo.
Una de las mujeres más ancianas se levantó de su silla y caminó hacia él con ayuda de su bastón. La mujer, con el rostro surcado de arrugas, le miró a los ojos.
-Me temo que a usted sí, señor Meitner – dijo la vieja en voz baja para que nadie salvo él oyera sus palabras - . Sigmar me ha bendecido con el conocimiento de lo que está por venir, y veo dos grandes males en su futuro. La identidad de los malignos no me ha sido revelada, se ocultan en las sombras como lobos al acecho. El enfrentamiento entre los dos será terrible, venza quien venza su propia alma estará en peligro. No se fíe de nadie.
En cuanto la anciana vidente pronunció su profecía el cielo la campana volvió a sonar, anunciando el fin de la oscuridad. A los pocos segundos la claridad del día volvió a asomar por los ventanucos. Los mercenarios, acompañados por el hijo del barón, volvieron al comedor agotados. Erik vio a Johann, blanco como el papel.
-¿Ocurre algo? – preguntó el joven – Parece que has visto un fantasma.
- - - - -
Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000
Erik abría la marcha por los túneles con una antorcha en cada mano mientras Marcus y el mago llevaban al capitán. En más de una ocasión se vieron obligados a volver sobre sus pasos al llegar a un callejón sin salida, pero minuto a minuto percibían que el ambiente era más húmedo. En el pasadizo por el que andaban se veían, iluminadas por el fuego, grandes manchas de musgo. El suelo estaba encharcado en varios lugares, cubierto de un limo viscoso y maloliente. De repente Erik resbaló y cayó de espaldas en el lodo. La pendiente del túnel hizo que se deslizara hacia abajo, dejando atrás a sus compañeros.
-¡Erik! – gritó Marcus mientras veía que la luz de las antorchas se alejaba - ¿Estás bien?
No obtuvo respuesta. El mercenario y el hechicero, aún transportando al capitán, dieron algunos pasos con cautela para no pisar nada. Ludwig fue el primero en resbalar, y al tratar de sujetarse a los dos mercenarios hizo que los tres cayeran por la resbaladiza pendiente. Los hombres se golpearon con las paredes mientras se deslizaban, hasta que finalmente se sumergieron en una profunda corriente de agua. El agua, que apestaba a putrefacción, fluía con rapidez a lo largo del túnel. Marcus se esforzaba por mantener la cabeza de Johann fuera del agua, mientras que el mago tenía que esforzarse al máximo por mantenerse a flote. Tras un recodo la luz del día iluminó el túnel. A escasos cien metros, el agua se precipitó como una cascada en el río y tanto Marcus como Ludwig perdieron el conocimiento al sumergirse en sus aguas heladas.
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Una diligencia avanzaba por las calles desiertas de Mordheim, tirada por dos caballos negros que no necesitaban que nadie los guiara. En el interior del carruaje dos personas permanecían en silencio. Una de esas personas, una anciana de aspecto enfermizo, permanecía callada por miedo a molestar los pensamientos de su amo, un vampiro de piel grisácea y medio descompuesta.
-No puedo creer que vayamos a encontrarnos de nuevo – dijo el vampiro, rompiendo el silencio.
-Amo, os aseguro que era él.
-Sí, sí – dijo el vampiro haciendo un gesto con la mano para que se callara - . Es típico de él, no habrá podido resistirse a la llamada del poder que hay aquí. Y ése será su último error.
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Voces. Voces femeninas. Johann abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos de inmediato por la intensa luz que había en la sala. Cuando su vista pudo acostumbrarse a la luz vio que estaba acostado en una cama de madera, un duro lecho de monje, en una sala circular que contenía otras siete camas como la que él ocupaba y que en ese momento estaban vacías. A su derecha, junto a la única puerta de la habitación, dos mujeres vestidas con hábitos blancos conversaban en voz baja. El capitán se miró a sí mismo y descubrió que tenía el hombro vendado. Trató de incorporarse pero una sacudida eléctrica le detuvo en seco. Las mujeres callaron al ver que había despertado y se acercaron a él.
-Debería descansar, señor Meitner, hemos expulsado el veneno pero la herida aún no ha curado.
-¿Dónde estoy? – preguntó Johann con dificultad.
-En el Sagrado Convento de la Orden de las Hermanas de Sigmar, en la cima de La Roca. Una de nuestras novicias les vio caer del desagüe de las cloacas y fueron a buscarles por si alguno de ustedes seguía con vida. Han tenido mucha suerte de que nuestras hermanas estuvieran cruzando el río justo en ese momento, debería agradecérselo a Sigmar.
-Por fin has despertado – dijo Marcus, entrando en la sala - . ¿Estás bien?
-¿Qué ha pasado? – preguntó Johann de nuevo.
-Las armas de las criaturas que nos atacaron en los túneles estaban impregnadas con un veneno muy potente. Las hermanas te han curado, pero has estado dos días delirando por la fiebre.
-¿Y vosotros estáis bien?
-Sí, sólo algunos cardenales. Las hermanas nos han tratado muy bien.
-Hicimos voto de ayudar a los enfermos – cortó ásperamente la mujer que había hablado antes - , pero en cuanto el señor Meitner se haya recuperado tendrán que abandonar el convento. Los mercenarios no son bienvenidos a la casa de Sigmar.
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Dos horas más tarde el capitán mercenario, ayudado por una novicia, entraba en el gran comedor del convento. En la estancia comían en silencio más de cuarenta mujeres, lo que contrastaba fuertemente con la animada conversación del pequeño grupo de hombres que se sentaban en una mesa apartada. Johann se sentó en una silla vacía y miró a sus compañeros. Los tres parecían bien, salvo algunos rasguños, pero lo que llamó la atención del mercenario fue un cuarto hombre: un muchacho que no debía superar los veinte años, con un ojo morado y el labio partido.
-¿Y tú quién eres? – preguntó con curiosidad.
-Jefe, te presento al mismísimo Karl von Zwickau, hijo de nuestro generoso patrón. Su grupo ha muerto, él es el único superviviente – respondió Erik señalando al joven.
-Me alegro de haberle encontrado al fin, pero ¿qué le ha pasado en la cara?
-Que se ha encontrado, por accidente, con mi puño – contestó Marcus con una sonrisa torcida - . Como estabas enfermo le he hecho una cara nueva en tu nombre.
-Pues así está más guapo – confirmó Johann, asintiendo - , aunque quizá deberíamos dejarle un brazo a juego con la cara. Por su culpa Hans ha muerto, todo el oro de su padre no pagará eso.
-Mi padre no tiene oro – dijo Karl, que hasta ese momento había permanecido en silencio.
-Repite eso – ordenó el capitán.
-Que mi padre no tiene oro, está arruinado. Las cosechas han sido malas los últimos años, hemos tenido que malvender todas nuestras propiedades para seguir viviendo. Por eso vine a esta condenada ciudad, decían que aquí se podía conseguir mucha riqueza.
-Tu padre nos prometió tres millones de coronas, incluso nos dio veinte mil por adelantado.
-Pues entonces os dio sus últimos ahorros. Os ha engañado, no tiene más dinero.
-¡Maldito hijo de...! – gritó Marcus, poniéndose en pie.
Algo le hizo detenerse. Encima de sus cabezas la campana del convento empezó a sonar. Las hermanas se apresuraron a salir por la puerta, dejando la comida en los platos. Segundos más tarde la escasa luz que entraba por las rendijas de los tablones que cubrían los estrechos ventanucos se apagó, pues el cielo se había vuelto negro de nuevo.
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Cuando el cielo se oscureció las llamas que consumían los edificios próximos al Pozo cobraron vida y se elevaron por los aires. En pocos segundos el fuego tomó la forma de pequeños demonios alados que revoloteaban en torno a las columnas de humo como un enjambre de insectos. Los demonios vieron a lo lejos, sobresaliendo por encima de la niebla que cubría toda la ciudad, la imponente fortaleza de La Roca y se dirigieron a ella riendo y gritando.
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La diligencia se detuvo en seco cuando el cielo se tornó negro. El vampiro salió a la calle, dejando a su anciana ayudante dentro, y miró a su alrededor con todos sus sentidos en alerta. Aquel extraño fenómeno ocurría de vez en cuando en la arrasada Mordheim, pero siempre había estado en su propia guarida para enfrentarse a los horrores nacidos de la voluntad del Caos. Sin embargo, al estar lejos de sus dominios, el vampiro estaba tenso y nervioso. Era más vulnerable, y lo sabía.
-¿Amo? – preguntó la anciana con un susurro.
El vampiro la hizo callar. Los había olido antes incluso de verlos u oírlos. Hombres rata, mezquinos y traicioneros. El vampiro se permitió una sonrisa, había temido algo mucho peor. Los skaven atacaron a la vez, esperando encontrar a su víctima confusa e indefensa en la oscuridad. Una equivocación que pagarían con sus vidas.
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Las hermanas cerraban todas las ventanas con gruesos candados de acero bendecido, recitando una y otra vez la misma plegaria. Los mercenarios salieron al pasillo y siguieron a las mujeres para averiguar el motivo del alboroto.
-¡Han entrado en el pasillo sur! – gritaba una novicia que pasó corriendo a su lado - ¡Han entrado en el pasillo sur!
-¡Vamos! – dijo Marcus, tomando el control de la situación.
Los hombres siguieron al calvo por los corredores del convento. Cuando llegaron al pasillo sur contemplaron la batalla entre las hermanas y los pequeños diablos de fuego. Los demonios habían conseguido entrar por la última ventana antes de que la cerraran con el candado, y ahora eran una bandada furiosa revoloteando por el techo y atacando a los humanos que encontraban. Las hermanas se defendían con sus martillos y su fe, recitando sus oraciones al mismo tiempo que golpeaban con sus armas.
-Ludwig, llévate a Johann y escondeos – ordenó Erik en un tono que no admitía réplica.
El mago agarró a Johann por el cuello de la camisa y tiró de él. Aunque se fue a regañadientes, el capitán entendía que no estaba en condiciones de luchar. Marcus, Erik y Karl agarraron lo primero que vieron que pudiera ser usado como armas: las lámparas de metal que servían para iluminar los pasillos de noche. Se unieron a la refriega, aplastando contra las paredes a los demonios que se ponían al alcance de sus improvisadas armas.
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Johann y Ludwig volvieron al comedor, donde se habían refugiado las novicias más jóvenes y las hermanas más ancianas. Todas miraban hacia los ventanucos, temiendo que los demonios vencieran las oraciones que se habían entonado sobre los tablones que los tapaban y entraran en el convento.
-Tranquilas, no pasará nada - dijo Johann tratando de calmar a las mujeres - . No os ocurrirá nada malo.
Una de las mujeres más ancianas se levantó de su silla y caminó hacia él con ayuda de su bastón. La mujer, con el rostro surcado de arrugas, le miró a los ojos.
-Me temo que a usted sí, señor Meitner – dijo la vieja en voz baja para que nadie salvo él oyera sus palabras - . Sigmar me ha bendecido con el conocimiento de lo que está por venir, y veo dos grandes males en su futuro. La identidad de los malignos no me ha sido revelada, se ocultan en las sombras como lobos al acecho. El enfrentamiento entre los dos será terrible, venza quien venza su propia alma estará en peligro. No se fíe de nadie.
En cuanto la anciana vidente pronunció su profecía el cielo la campana volvió a sonar, anunciando el fin de la oscuridad. A los pocos segundos la claridad del día volvió a asomar por los ventanucos. Los mercenarios, acompañados por el hijo del barón, volvieron al comedor agotados. Erik vio a Johann, blanco como el papel.
-¿Ocurre algo? – preguntó el joven – Parece que has visto un fantasma.
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