lunes, 1 de octubre de 2012

Quinta Parte: Tierra Maldita

Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura

Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000

El anciano se tiró de nuevo al suelo cuando el cadalso estalló en llamas, esquivando los fragmentos de madera que volaron por los aires. Se alejó a gatas de la hoguera, poniendo distancia de por medio, pero algo le hizo detenerse. Sus dedos se cerraron en torno a un objeto cilíndrico oculto entre la niebla, y en cuanto lo hicieron el viejo sintió en su mano la inconfundible vibración de la magia. Sonriendo por su buena suerte, el anciano extrajo el báculo del magíster y lo contempló extasiado.

    -¿Estás bien, anciano? – preguntó Johann a su espalda.

    El viejo se volvió, apuntando con su recién adquirido tesoro a los tres mercenarios y examinándolos en busca de la mínima señal de peligro.

    -¿Quiénes sois? – preguntó con voz ronca.

    -Mi nombre es Johann, y éstos son Erik y Marcus – respondió el capitán, señalando a sus compañeros - . Somos mercenarios.

    -Todos los que vienen aquí son mercenarios o locos. Me llamo Ludwig, y yo también soy mercenario.

    -No te ofendas, abuelo, pero no tienes edad de andar por ahí ejerciendo de mercenario. No parece ni que puedas sostener una espada – dijo Marcus.

    -Joven, seré un abuelo pero por lo menos yo conservo el pelo – dijo el anciano, provocando el sonrojo de Marcus - . Y no necesito una espada para defenderme. No cuando tengo la magia de mi lado.

    -¿Eres brujo? – preguntó Erik, receloso.

    -Sí. Alquilo mis servicios a las bandas de mercenarios que se adentran en la ciudad. De hecho, cuando estos fanáticos me capturaron acompañaba a un grupo de Averheim.

    -¿Has dicho Averheim? – preguntó Johann, interesado - ¿Por casualidad iba en ese grupo alguien llamado Karl von Zwickau?

    -Pues sí, ¿cómo lo sabéis?

    -Su padre nos envió para sacarle de aquí. ¿Sabes por dónde ha ido?

    -Nos tendieron una emboscada al sur de aquí – dijo el anciano - , puedo llevaros hasta allí. Pero seguramente ya no estará, de eso han pasado dos días.

    -Te seguimos.

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Los cuatro hombres salieron de la plaza en dirección sur, adentrándose de nuevo en el laberinto de calles. El aire se hacía cada vez más frío conforme avanzaban, por lo que de sus bocas emanaba un vapor plateado con cada respiración. Las casas eran más pobres según caminaban, pero al menos ya no estaban cubiertas del moho verde que crecía en torno a la Plaza del Verdugo. El mago se detuvo al salir a campo abierto, dejando atrás la niebla más espesa.

    -Fue aquí – dijo.

Los mercenarios miraron a su alrededor. No había nada, salvo una verja de hierro oxidado unos metros más adelante.

    -¿Qué es este lugar, abuelo? – preguntó Marcus.

    -Un cementerio, nieto – respondió Ludwig - . El grupo que me contrató buscaba piedra bruja, oyeron que en este cementerio había mucha cantidad y se empeñaron en venir sin oír mis consejos.

    -¿Qué consejos?

    -Cuando la piedra bruja cayó sobre la ciudad empezaron a pasar cosas raras, supongo que ya lo habréis notado – los tres hombres asintieron - . Pues junta eso con un montón de cadáveres, y tienes un reclamo para nigromantes. Los monstruos de ahí atrás – el brujo señaló a las calles que acababan de abandonar – por lo menos pueden morir, pero con los no muertos es mejor no meterse.

    -Johann, mira eso – dijo Erik, señalando el suelo lodoso.

    -Pisadas, y parecen recientes – dijo el capitán - . Tres días como mucho.

    -Y se dirigen al cementerio – añadió Marcus.

El mago retrocedió un par de pasos, negando con la cabeza. Erik le agarró del brazo y le empujó hacia la verja.

    -Los mayores primero.

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El camposanto estaba repleto de lápidas y mausoleos, pero no parecía que hubieran intentado poner nunca orden en su diseño. Las tumbas nuevas se amontonaban junto a las viejas en torno a los árboles, y al lado de los ornamentados mausoleos de los nobles se habían excavado fosas para los pobres que no tenían ni siquiera lápidas con las que identificar a sus inquilinos. La bruma que había en toda la ciudad era menos densa en el cementerio que entre las calles, por lo que se podía ver en varios metros a la redonda con facilidad.

    -Silencio, mirad – susurró Johann, espada en mano.

A unos quince metros de ellos una figura encorvada excavaba en el suelo con una pala. Vestía con ropajes oscuros, rotos y sucios. Los mercenarios se acercaron a la figura tratando de no hacer ruido, mirando por dónde pisaban para no romper ninguna rama. Marcus miró a ambos lados del camino y vio que todas las tumbas de la zona habían sido abiertas, por lo que los cadáveres, viejos y recientes por igual, estaban expuestos al aire. Ya habían recorrido la mitad de la distancia, apenas estaban a siete metros de la trabajadora figura, cuando el anciano tropezó con un fragmento de roca y cayó al suelo. El ruido sobresaltó a la figura, que se volvió y miró con los ojos muy abiertos a los cuatro mercenarios, como si reconociera a alguno de ellos.

    -¡Es una mujer! – exclamó Marcus al ver el rostro de una anciana.

La anciana salió de su sorpresa rápidamente y gritó algunas palabras al aire. Los muertos que habían sido desenterrados cobraron vida y se levantaron de sus tumbas, agarrando a los mercenarios por los tobillos. Johann y Marcus blandieron sus armas, cercenando los brazos de los cadáveres más cercanos. Erik ayudó al mago a ponerse en pie mientras mantenía a raya a los esqueletos que se acercaban por el camino. El dominio de la anciana sobre las criaturas no muertas no debía ser muy poderoso, porque combatían con lentitud y torpeza. Aun así, a pesar de los esfuerzos de los tres mercenarios, los cadáveres estaban cercándolos.

    -¡Subid al mausoleo! – gritó Erik, esquivando el ataque de un niño armado con una barra de hierro y decapitándolo de un tajo.

Los cuatro hombres treparon al techo del monumento funerario, ayudándose de las gárgolas que flanqueaban la puerta a ambos lados y dando patadas en la cara a los muertos que se acercaban demasiado. Sacaron sus pistolas y dispararon en la frente a los primeros no muertos que consiguieron encaramarse.

    -¡Son demasiados! – gritó Marcus tras cortarle las manos a un esqueleto y empujarlo de vuelta al suelo del cementerio.

    -Dejadme a mí – dijo Ludwig, poniéndose en pie y alzando su báculo hacia el cielo.

El brujo canturreó en una lengua extraña con los ojos cerrados hasta que en la punta del báculo apareció una intensa luz anaranjada. Se asomó al borde del tejado y sopló a través de la luz. Como si de un dragón se tratara, el aliento del anciano se transformó en una llamarada al pasar por la luz. El fuego se propagó alrededor del mausoleo, prendiendo la carne y las ropas de los cadáveres más recientes. La anciana, que se había mantenido a una distancia prudencial del combate, observó la proeza mágica de sus adversarios y echó a correr. Las llamas se extendieron por los árboles cercanos, tirándolos al suelo y convirtiendo toda la zona en un infierno.

    -Una idea estupenda – dijo Marcus a voces para hacerse oír por encima del ruido de las llamas.

    -Por lo menos no te va a comer un cadáver ambulante – respondió el mago.

    -¿Puedes apagarlo? – preguntó Johann.

    -No, hay demasiado fuego. No tengo tanto control.

    -Pues la has hecho buena, abuelo.

Un crujido hizo temblar la estructura del mausoleo.

    -¡El fuego debe estar quemando los cimientos de esta cosa! – gritó Erik.

En cuanto el joven mercenario dijo eso, una última sacudida terminó de hundir el edificio. El mausoleo cayó, engullido por la tierra, a una galería subterránea. Cuando los cuatro hombres salieron de debajo de los escombros y miraron al techo descubrieron que el derrumbe había tapado el agujero con tierra y árboles caídos.

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La anciana abrió la puerta del mausoleo y entró, arrodillándose ante un individuo decrépito con colmillos afilados y piel grisácea.

    -¿Qué ocurre? – preguntó el vampiro.

    -He perdido los cuerpos.

    -¿Qué? – gritó el vampiro, golpeando a la mujer y lanzándola contra la pared.

    -No ha sido mi culpa, amo – gimoteó - . Me atacaron, no pude hacer nada. El Caído estaba entre ellos.

    -¿El Caído? ¿Aquí, en Mordheim? Llévame hasta él.


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