Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000
Erik abría la marcha por los túneles con una antorcha en cada mano mientras Marcus y el mago llevaban al capitán. En más de una ocasión se vieron obligados a volver sobre sus pasos al llegar a un callejón sin salida, pero minuto a minuto percibían que el ambiente era más húmedo. En el pasadizo por el que andaban se veían, iluminadas por el fuego, grandes manchas de musgo. El suelo estaba encharcado en varios lugares, cubierto de un limo viscoso y maloliente. De repente Erik resbaló y cayó de espaldas en el lodo. La pendiente del túnel hizo que se deslizara hacia abajo, dejando atrás a sus compañeros.
-¡Erik! – gritó Marcus mientras veía que la luz de las antorchas se alejaba - ¿Estás bien?
No obtuvo respuesta. El mercenario y el hechicero, aún transportando al capitán, dieron algunos pasos con cautela para no pisar nada. Ludwig fue el primero en resbalar, y al tratar de sujetarse a los dos mercenarios hizo que los tres cayeran por la resbaladiza pendiente. Los hombres se golpearon con las paredes mientras se deslizaban, hasta que finalmente se sumergieron en una profunda corriente de agua. El agua, que apestaba a putrefacción, fluía con rapidez a lo largo del túnel. Marcus se esforzaba por mantener la cabeza de Johann fuera del agua, mientras que el mago tenía que esforzarse al máximo por mantenerse a flote. Tras un recodo la luz del día iluminó el túnel. A escasos cien metros, el agua se precipitó como una cascada en el río y tanto Marcus como Ludwig perdieron el conocimiento al sumergirse en sus aguas heladas.
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Una diligencia avanzaba por las calles desiertas de Mordheim, tirada por dos caballos negros que no necesitaban que nadie los guiara. En el interior del carruaje dos personas permanecían en silencio. Una de esas personas, una anciana de aspecto enfermizo, permanecía callada por miedo a molestar los pensamientos de su amo, un vampiro de piel grisácea y medio descompuesta.
-No puedo creer que vayamos a encontrarnos de nuevo – dijo el vampiro, rompiendo el silencio.
-Amo, os aseguro que era él.
-Sí, sí – dijo el vampiro haciendo un gesto con la mano para que se callara - . Es típico de él, no habrá podido resistirse a la llamada del poder que hay aquí. Y ése será su último error.
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Voces. Voces femeninas. Johann abrió los ojos, pero volvió a cerrarlos de inmediato por la intensa luz que había en la sala. Cuando su vista pudo acostumbrarse a la luz vio que estaba acostado en una cama de madera, un duro lecho de monje, en una sala circular que contenía otras siete camas como la que él ocupaba y que en ese momento estaban vacías. A su derecha, junto a la única puerta de la habitación, dos mujeres vestidas con hábitos blancos conversaban en voz baja. El capitán se miró a sí mismo y descubrió que tenía el hombro vendado. Trató de incorporarse pero una sacudida eléctrica le detuvo en seco. Las mujeres callaron al ver que había despertado y se acercaron a él.
-Debería descansar, señor Meitner, hemos expulsado el veneno pero la herida aún no ha curado.
-¿Dónde estoy? – preguntó Johann con dificultad.
-En el Sagrado Convento de la Orden de las Hermanas de Sigmar, en la cima de La Roca. Una de nuestras novicias les vio caer del desagüe de las cloacas y fueron a buscarles por si alguno de ustedes seguía con vida. Han tenido mucha suerte de que nuestras hermanas estuvieran cruzando el río justo en ese momento, debería agradecérselo a Sigmar.
-Por fin has despertado – dijo Marcus, entrando en la sala - . ¿Estás bien?
-¿Qué ha pasado? – preguntó Johann de nuevo.
-Las armas de las criaturas que nos atacaron en los túneles estaban impregnadas con un veneno muy potente. Las hermanas te han curado, pero has estado dos días delirando por la fiebre.
-¿Y vosotros estáis bien?
-Sí, sólo algunos cardenales. Las hermanas nos han tratado muy bien.
-Hicimos voto de ayudar a los enfermos – cortó ásperamente la mujer que había hablado antes - , pero en cuanto el señor Meitner se haya recuperado tendrán que abandonar el convento. Los mercenarios no son bienvenidos a la casa de Sigmar.
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Dos horas más tarde el capitán mercenario, ayudado por una novicia, entraba en el gran comedor del convento. En la estancia comían en silencio más de cuarenta mujeres, lo que contrastaba fuertemente con la animada conversación del pequeño grupo de hombres que se sentaban en una mesa apartada. Johann se sentó en una silla vacía y miró a sus compañeros. Los tres parecían bien, salvo algunos rasguños, pero lo que llamó la atención del mercenario fue un cuarto hombre: un muchacho que no debía superar los veinte años, con un ojo morado y el labio partido.
-¿Y tú quién eres? – preguntó con curiosidad.
-Jefe, te presento al mismísimo Karl von Zwickau, hijo de nuestro generoso patrón. Su grupo ha muerto, él es el único superviviente – respondió Erik señalando al joven.
-Me alegro de haberle encontrado al fin, pero ¿qué le ha pasado en la cara?
-Que se ha encontrado, por accidente, con mi puño – contestó Marcus con una sonrisa torcida - . Como estabas enfermo le he hecho una cara nueva en tu nombre.
-Pues así está más guapo – confirmó Johann, asintiendo - , aunque quizá deberíamos dejarle un brazo a juego con la cara. Por su culpa Hans ha muerto, todo el oro de su padre no pagará eso.
-Mi padre no tiene oro – dijo Karl, que hasta ese momento había permanecido en silencio.
-Repite eso – ordenó el capitán.
-Que mi padre no tiene oro, está arruinado. Las cosechas han sido malas los últimos años, hemos tenido que malvender todas nuestras propiedades para seguir viviendo. Por eso vine a esta condenada ciudad, decían que aquí se podía conseguir mucha riqueza.
-Tu padre nos prometió tres millones de coronas, incluso nos dio veinte mil por adelantado.
-Pues entonces os dio sus últimos ahorros. Os ha engañado, no tiene más dinero.
-¡Maldito hijo de...! – gritó Marcus, poniéndose en pie.
Algo le hizo detenerse. Encima de sus cabezas la campana del convento empezó a sonar. Las hermanas se apresuraron a salir por la puerta, dejando la comida en los platos. Segundos más tarde la escasa luz que entraba por las rendijas de los tablones que cubrían los estrechos ventanucos se apagó, pues el cielo se había vuelto negro de nuevo.
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Cuando el cielo se oscureció las llamas que consumían los edificios próximos al Pozo cobraron vida y se elevaron por los aires. En pocos segundos el fuego tomó la forma de pequeños demonios alados que revoloteaban en torno a las columnas de humo como un enjambre de insectos. Los demonios vieron a lo lejos, sobresaliendo por encima de la niebla que cubría toda la ciudad, la imponente fortaleza de La Roca y se dirigieron a ella riendo y gritando.
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La diligencia se detuvo en seco cuando el cielo se tornó negro. El vampiro salió a la calle, dejando a su anciana ayudante dentro, y miró a su alrededor con todos sus sentidos en alerta. Aquel extraño fenómeno ocurría de vez en cuando en la arrasada Mordheim, pero siempre había estado en su propia guarida para enfrentarse a los horrores nacidos de la voluntad del Caos. Sin embargo, al estar lejos de sus dominios, el vampiro estaba tenso y nervioso. Era más vulnerable, y lo sabía.
-¿Amo? – preguntó la anciana con un susurro.
El vampiro la hizo callar. Los había olido antes incluso de verlos u oírlos. Hombres rata, mezquinos y traicioneros. El vampiro se permitió una sonrisa, había temido algo mucho peor. Los skaven atacaron a la vez, esperando encontrar a su víctima confusa e indefensa en la oscuridad. Una equivocación que pagarían con sus vidas.
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Las hermanas cerraban todas las ventanas con gruesos candados de acero bendecido, recitando una y otra vez la misma plegaria. Los mercenarios salieron al pasillo y siguieron a las mujeres para averiguar el motivo del alboroto.
-¡Han entrado en el pasillo sur! – gritaba una novicia que pasó corriendo a su lado - ¡Han entrado en el pasillo sur!
-¡Vamos! – dijo Marcus, tomando el control de la situación.
Los hombres siguieron al calvo por los corredores del convento. Cuando llegaron al pasillo sur contemplaron la batalla entre las hermanas y los pequeños diablos de fuego. Los demonios habían conseguido entrar por la última ventana antes de que la cerraran con el candado, y ahora eran una bandada furiosa revoloteando por el techo y atacando a los humanos que encontraban. Las hermanas se defendían con sus martillos y su fe, recitando sus oraciones al mismo tiempo que golpeaban con sus armas.
-Ludwig, llévate a Johann y escondeos – ordenó Erik en un tono que no admitía réplica.
El mago agarró a Johann por el cuello de la camisa y tiró de él. Aunque se fue a regañadientes, el capitán entendía que no estaba en condiciones de luchar. Marcus, Erik y Karl agarraron lo primero que vieron que pudiera ser usado como armas: las lámparas de metal que servían para iluminar los pasillos de noche. Se unieron a la refriega, aplastando contra las paredes a los demonios que se ponían al alcance de sus improvisadas armas.
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Johann y Ludwig volvieron al comedor, donde se habían refugiado las novicias más jóvenes y las hermanas más ancianas. Todas miraban hacia los ventanucos, temiendo que los demonios vencieran las oraciones que se habían entonado sobre los tablones que los tapaban y entraran en el convento.
-Tranquilas, no pasará nada - dijo Johann tratando de calmar a las mujeres - . No os ocurrirá nada malo.
Una de las mujeres más ancianas se levantó de su silla y caminó hacia él con ayuda de su bastón. La mujer, con el rostro surcado de arrugas, le miró a los ojos.
-Me temo que a usted sí, señor Meitner – dijo la vieja en voz baja para que nadie salvo él oyera sus palabras - . Sigmar me ha bendecido con el conocimiento de lo que está por venir, y veo dos grandes males en su futuro. La identidad de los malignos no me ha sido revelada, se ocultan en las sombras como lobos al acecho. El enfrentamiento entre los dos será terrible, venza quien venza su propia alma estará en peligro. No se fíe de nadie.
En cuanto la anciana vidente pronunció su profecía el cielo la campana volvió a sonar, anunciando el fin de la oscuridad. A los pocos segundos la claridad del día volvió a asomar por los ventanucos. Los mercenarios, acompañados por el hijo del barón, volvieron al comedor agotados. Erik vio a Johann, blanco como el papel.
-¿Ocurre algo? – preguntó el joven – Parece que has visto un fantasma.
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