lunes, 1 de octubre de 2012

Tercera Parte: Oscuridad

Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura

Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000

    -Mejor que nos marchemos cuanto antes – sugirió Marcus.

    -Totalmente de acuerdo – dijo Johann, recogiendo sus pertenencias del suelo - . En marcha.

El grupo continuó, tratando de localizar el camino seguido por los sigmaritas, pero en las calles adoquinadas no fue difícil perder el rastro. Las calles se inclinaban hacia arriba, formando una pequeña cuesta conforme avanzaban. La niebla parecía aclararse a cada paso, hasta que finalmente desapareció. Los hombres descubrieron que se encontraban en la cima de una pequeña colina, y desde su posición podían ver la ciudad extendiéndose a sus pies. Por todas partes había pequeñas columnas de humo, pero la mayor de ellas se encontraba al este, casi al otro lado de la ciudad.

    -Las cenizas deben salir de ahí – comentó Johann, sacudiéndose la capa de cenizas que se empezaba a formar sobre sus hombros.

    -¿Qué más da? – dijo Marcus – No sé vosotros, pero yo tengo hambre. Podemos parar ahí a descansar un rato.

Ante ellos, en la cima de una colina redondeada, se encontraba lo que en otro tiempo debió ser un gran palacio. Ahora el edificio estaba en ruinas, y varias partes habían quedado reducidas a escombros. Los cristales de casi todas las ventanas habían desaparecido, convertidos en millones de esquirlas por la onda expansiva del impacto del gran cometa. La hierba de los jardines estaba quemada y cubierta de esa ceniza que caía incesantemente del cielo.

    -Menuda choza – dijo Hans mientras contemplaba el palacio - . Con mi parte de la recompensa pienso comprarme una así.

    -Si no te la gastas antes en tabernas y burdel...

    -Ya, Marcus – le cortó Johann.

El calvo calló, pero continuó la frase moviendo los labios sin emitir sonido alguno. Hans enrojeció e hizo amago de golpearle con el martillo, pero Erik lo detuvo a tiempo. El capitán cruzó la puerta del pequeño muro que rodeaba la propiedad, que en esos momentos estaba abierta de par en par, y entró en el jardín. El grupo no había dado ni diez pasos cuando Erik, que caminaba en último lugar, se detuvo y aguzó el oído.

    -¿Oís eso? – preguntó.

Los mercenarios se pararon a escuchar. Al principio no oyeron nada, pero esforzándose pudieron percibir un sonido lejano. El sonido llegaba amortiguado, como todos los ruidos en aquella maldita ciudad, pero era el inconfundible tañido de una campana.

    -¿Quién iba a molestarse en usar una campana aquí? – preguntó Marcus.

Como respuesta a su pregunta el cielo, que hasta ahora había sido una neblina gris a baja altura, se tornó negro. Los mercenarios se pusieron espalda con espalda, con las armas listas para combatir a quien pudiera asaltarles al amparo de la oscuridad. Poco a poco su vista se fue adaptando a la escasez de luz, lo que les permitió advertir el horrendo espectáculo que se extendía a su alrededor. En torno a la gran columna de humo danzaban centenares de puntos luminosos como el fuego, revoloteando por el aire y chocándose unos con otros. Numerosos incendios salpicaban la ciudad, consumiendo tejados con voracidad. Por todas partes aparecían y desaparecían los destellos de las pistolas al ser disparadas.

    -Tenemos problemas – dijo Johann, señalando hacia la calle por la que habían venido.

Hacia ellos avanzaba la niebla, como si se sintiera furiosa por haberlos dejado escapar. Sin embargo ahora la niebla brillaba, iluminando la calle con un vivo color verde. Pequeños relámpagos verdosos saltaban en su interior, y de vez en cuando descargaban en cualquier objeto punzante que se encontrara en el camino de la niebla. Los mercenarios retrocedieron, alejándose de aquella niebla, y corrieron hacia el palacio. Marcus, aterrado, giró el pomo de la puerta.

    -¡No se abre! – exclamó con una voz bastante más aguda que su voz normal.

    -Déjame – dijo Hans, apartándole de un empujón.

El gigantón tiró y empujó con todas sus fuerzas, pero las hojas de la puerta estaban atascadas y no se movieron ni una pulgada. Comenzó a golpear la madera con el martillo mientras la niebla se acercaba hacia ellos por el jardín.

    -No hay tiempo para eso – dijo Erik, tratando de conservar la calma.

El joven abrió su equipo, extrayendo cuerdas y garfios. Miró hacia arriba y buscó un lugar adecuado en uno de los balcones del primer piso. Con maestría lanzó hacia arriba el garfio, que quedó enganchado en la barandilla, y comenzó a subir tras asegurarse de que la cuerda estaba bien sujeta. Johann y Marcus le siguieron, metiéndose prisa para ponerse a salvo.

    -¡Te toca! – gritó Erik tras ayudar al capitán a saltar la barandilla.

Hans comenzó a trepar por la soga, pero con lentitud. Su peso y su estatura, que eran ventajas en el combate, suponían un lastre en ese momento. La niebla estaba cada vez más cerca, apenas a dos metros del mercenario.

    -No lo va a conseguir – dijo Marcus.

    -¡Tirad de la cuerda! – gritó Erik.

Los tres hombres tiraban con todas sus fuerzas, despellejándose las manos mientras Hans subía tan rápido como podía. Ya estaba pasando por encima de la barandilla cuando la niebla, como si protestara por haber perdido a su presa, descargó un relámpago sobre el pie de Hans que aún asomaba al exterior. El mercenario gritó de dolor y cayó al suelo sobre sus tres compañeros, sin sentido.

- - - - -

Erik se afanaba por curar la herida con los ungüentos. Marcus iluminaba su trabajo con el fuego de unas pocas lámparas de aceite que había encontrado en la habitación, pero incluso con tan escasa luz podían ver que la gangrena avanzaba por la pierna de Hans. Johann miraba por el balcón, observando la maligna niebla verde que había rodeado todo el edificio.

    -Johann, esto no tiene buena pinta – dijo Erik - . Lo he intentado todo, pero no consigo frenar esta cosa.

    -¿Y si le amputamos la pierna? – sugirió el capitán, dándose la vuelta para mirarlos.

    -Tarde – respondió Marcus - . Empiezan a verse algunas venas negras por la barriga.

Johann negó con la cabeza, apesadumbrado. Había combatido con Hans durante los últimos diez años, era como un padre para él.

    -Matadlo – ordenó Johann.

    -Pero Johann...

    -¡He dicho que lo matéis! – gritó, furioso – ¡No voy a permitir que esa cosa se lo lleve! ¡Hans es un guerrero y morirá como un guerrero, no devorado por una maldita gangrena!

    -Johann, quizá si nos lo lleváramos al campamen...

El capitán sacó su pistola y disparó, reventando la cabeza de su compañero.

    -Quemad el cuerpo, no quiero que un nigromante lo encuentre – dijo en voz baja.

Erik recogió las vendas y los frascos de pociones curativas, mientras Marcus vertía sobre el cadáver de Hans el contenido de una de las lámparas de aceite. En la lejanía tañó de nuevo la campana, y en cuestión de segundos el cielo recuperó su tono grisáceo. Johann miró por el balcón. La niebla, antes verde y relampagueante, había vuelto a ser una bruma normal y corriente y retrocedía colina abajo.

    -Chicos, esa cosa se va – comentó Johann - . Creo que ya podemos salir.

Minutos más tarde, los tres mercenarios se alejaban de la mansión mientras el fuego la consumía.




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