lunes, 1 de octubre de 2012

Primera parte: El encargo del Barón


Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura
Primera Parte: El Encargo del Barón

Averheim, a mediados del segundo mes del año 2000

    -¡Otra jarra, preciosa! – voceó un hombre corpulento, con la cara enrojecida por el alcohol - ¡Tengo sed! ¡Trae esa maldita cerveza y bébetela conmigo!

    -Hans, creo ya has bebido bastante por hoy – dijo un hombre más joven y de menor estatura - . Sylvia, lo siento. Hans no sabe cuándo tiene que parar.

    -No te preocupes, Johann, he lidiado con tipos peores que él – respondió la tabernera, riéndose - . ¿Os marcháis ya?

    -Sí, el negocio no va bien por aquí. Todo gira en torno a Mordheim – contestó Johann - . ¿Qué te debo?

    -Nada, invita la casa. Habéis estado una semana gastando vuestro oro aquí, no me voy a arruinar por dos jarras – respondió Sylvia con una sonrisa - . Que tengáis buen viaje, y volved pronto.

Los dos hombres se despidieron de la tabernera y salieron a la calle. El más alto, Hans, rondaba los cincuenta años y el metro noventa de estatura. Johann, en cambio, apenas pasaba de los treinta y era una cabeza más bajo que su compañero. Ambos iban vestidos con ropajes modestos y prácticos, nada de vestimentas ostentosas pero tampoco ropas de mendigo. De la cintura de Johann colgaba una delgada espada de duelista, mientras que Hans portaba un pesado martillo de guerra. A la salida les esperaban otros dos hombres. Uno de ellos, de la misma altura que Johann pero unos diez años más joven y tan delgado que parecía a punto de romperse, sacaba brillo a un pequeño cuchillo de acero despreocupadamente. El otro, aproximadamente de la edad de Hans pero un poco más bajo y casi calvo, sostenía en la mano las riendas de cuatro caballos oscuros.

    -Ya estamos otra vez – dijo el calvo, mientras le tendía las riendas de su corcel a Johann - . Deberías dejarle sin dinero en alguna taberna, para que escarmentara. Este borracho gasta más que nosotros tres juntos.

    -No estoy borracho – dijo Hans, pronunciando con dificultad - , sólo un poco contento.

    -Ya, un poco contento – respondió el calvo con sarcasmo - . Pues como te caigas del caballo voy a dejarte en el suelo para que te rías a gusto, ni se te ocurra pedirme ayuda.

    -Déjalo, Marcus – dijo Johann - . No puedes razonar con él en ese estado.

    -Disculpen, señores. ¿Quién de ustedes es Johann Meitner? – preguntó un hombre de mediana edad tras acercarse al grupo. El hombre vestía con ropas caras, pero su atuendo dejaba entrever que no se trataba de un noble sino de un siervo. Sus ademanes le identificaban como un mayordomo o algo semejante.

    -Yo – dijo Johann -. ¿Y quién es usted?

    -Me envía mi señor, el barón Otto von Zwickau, a ofrecerles un trabajo. Mi señor ha oído hablar de ustedes, y está dispuesto a recompensarles generosamente si acceden a prestarle un servicio.

    -¿Qué clase de servicio exactamente? – preguntó Johann.

    -Lo ignoro, señor. El barón no me lo ha contado, prefiere hacerlo en persona. Les espera en su palacio.

- - - - -

Media hora más tarde los cuatro hombres cruzaban el umbral de los jardines del palacio del barón precedidos por el mayordomo.

    -Pueden dejar los caballos en el establo, señores.

    -Marcus, llévate los caballos y cuida de Hans. Y métele la cabeza en un barril de agua para que se despeje – ordenó Johann.

    -Con lo mal que huele podría aprovechar y meterlo entero, no sólo su cabeza.

    -Marcus, ya vale.

Marcus se marchó tirando de los caballos y empujando a Hans, que en esos momentos se había puesto a cantar. El resto entró en el palacio. El mayordomo les hizo pasar a una pequeña estancia con libros y mesas por todas partes y se marchó a avisar al barón. Johann se detuvo a mirar los títulos de los volúmenes mientras esperaban.

    -Usted debe ser el célebre capitán mercenario Johann Meitner, ¿no es así?

Johann y su compañero se volvieron para observar al que había hecho aquella pregunta. El caballero vestía, como era de esperar, con telas ricamente bordadas. Era un hombre más bien bajo, pero lo que le faltaba de altura parecía haberlo invertido en anchura a juzgar por el perímetro de su barriga.

    -Así es. Capitán Johann Meitner – dijo Johann, haciendo una pequeña reverencia ante el individuo - . Y mi compañero es Erik Bismarck – el joven saludó desganadamente con la mano.

    -Encantado de conocerles, caballeros. Como ya se imaginan, soy el barón von Zwickau. Siéntense, por favor – señaló a unas cómodas butacas antes de sentarse él mismo - . Les he hecho llamar por un asunto de extrema gravedad. Ustedes sabrán que estos días no son los mejores del Imperio, por decirlo de un modo suave. La destrucción de Mordheim ha terminado de minar la cordura de la gente, todo el mundo vuelve los ojos a esa condenada ciudad.

    -Lo sabemos. Ya hemos rechazado varias ofertas, todos los nobles quieren que consigamos algunas de esas piedras milagrosas. Dicen que con ellas podrían hacerse con el trono.

    -Sí, lo sé. Pero no es esa piedra lo que me interesa, capitán. No mancharé mi alma usando esa cosa impía.

    -Me alegra que lo diga, porque no pienso poner en peligro mi vida y las vidas de mis hombres para coger piedras mágicas.

    -Ojalá todos pensaran como usted, capitán. El mundo sería un lugar mejor. Verá, mi propio hijo ha partido a esa ciudad la semana pasada para conseguir esa piedra. El muy insensato se marchó, desoyendo mis consejos, a esa ciudad en ruinas. No sé qué pretende, pero temo por su vida. Pensé que volvería en pocos días, no se le da bien la vida en el campo, pero no ha sido así. Deseo contratarles para que vayan a Mordheim y lo traigan vivo.

    -Señor barón, entenderá que es un asunto muy peligroso. Mordheim es el infierno.

    -Estoy dispuesto a pagarles todo lo que me pidan. Tengo dos palacios, seis campos repletos de frutales y tres millones de coronas de oro. Será todo suyo si consigue traer de vuelta a mi hijo sano y salvo.

    -¿Todo eso? – preguntó, escéptico, Johann - ¿Está dispuesto a entregarnos toda su fortuna sólo por traer a su hijo? ¿Nada de piedra?

    -Nada de piedra, señor Meitner. Ya le he dicho que no venderé mi alma por un poco de poder terrenal, hasta ahora he podido presumir de ser un hombre honrado. Él es mi único hijo, su vida vale para mí más que cualquier otra cosa.

    -Y si su hijo es tan importante para usted, ¿por qué no va personalmente?

    -Míreme, señor Meitner – dijo el barón - . Nunca he sido un guerrero, sino un político. Moriría en menos de diez minutos si voy allí, y así no ayudaría a mi hijo. Por favor, vaya a por él.

- - - - -

Cinco minutos después Johann y Erik se reunían con sus camaradas en los establos. Hans parecía más sereno, aunque le chorreaba agua de la cabeza a los pies.

    -¿Y bien? – preguntó Marcus.

    -Nos vamos a Mordheim.

    -¿Es que has perdido el juicio? – preguntó el calvo Marcus, levantando la voz - ¡Dijiste que nada de traficar con esa cosa!

    -Nada de piedra, ni riquezas, ni libros de magia. Sólo tenemos que ir allí, encontrar a cierto niñato estúpido y traerlo de vuelta a rastras. Por lo que nos ha contado el barón, su hijo apenas sabe manejar una espada. No se adentrará mucho en la ciudad, encontrarlo será coser y cantar.

    -¿Coser y cantar? Lo dudo – resopló Marcus.

    -Y nos pagará tres millones de coronas – musitó por lo bajo Johann.

    -Repite eso – saltó Hans, sobrio de golpe.

    -Tres millones de coronas de oro a la vuelta. Nos ha dado veinte mil por adelantado, para lo que necesitemos – confirmó Erik, golpeando con la mano una bolsa de cuero que colgaba de su cinturón y haciendo tintinear las monedas.

    -¿Pues a qué esperamos? – preguntó Marcus.

- - - - -

Las murallas de Mordheim se alzaban al sur del campamento conocido como Refugio de Sigmar, situado al norte de la ciudad. Habían transcurrido diez días desde que los cuatro mercenarios partieron de Averheim, y ahora se preparaban para la peligrosa misión que les aguardaba. Compraron en el campamento, a precios abusivos, todo el material que iban a necesitar.

    -Me han confirmado que el hijo del barón estuvo aquí hace tres días, así que entraremos cuanto antes. ¿Todo listo? – preguntó Johann.

    -Tenemos pólvora suficiente para un regimiento de fusileros – respondió Marcus, examinando su equipo - . Y gran cantidad de balas.

    -Cuerdas, garfios, hachas, espadas de repuesto y piedras de afilar – enumeró Erik, jugueteando con su cuchillo.

    -Pan, carne seca y agua para una semana por lo menos. Dos semanas si la racionamos bien – continuó Hans.

    -Armaduras, vendajes y ungüentos para heridas – terminó Johann - . Incluso he conseguido un mapa de la ciudad, pero no sé si es demasiado fiable.

    -¿Quién va primero? – preguntó Marcus, impaciente pero visiblemente tembloroso.

Los mercenarios avanzaron hacia las puertas, subiendo la rampa de entrada. Justo en ese momento salía un grupo de tres hombres, dos de ellos sujetando a su compañero herido de gravedad. Johann tomó aire y cruzó la puerta, hundiéndose en Mordheim. Aunque sólo había dado un paso, sentía como si hubiera entrado en otro mundo. Los sonidos del exterior llegaban extrañamente amortiguados, a pesar de que sólo un metro más atrás los oía con claridad. La luz era difusa, como si viniera de todas partes a la vez pero de ninguna en concreto. El capitán mercenario era incapaz de ver el cielo, pues una espesa niebla gris flotaba unos veinte metros por encima de su cabeza. Una fina lluvia de ceniza caía por todas partes, ensuciando todo lo que se quedara quieto el tiempo suficiente.

    -Por Sigmar, esto es peor de lo que había esperado – dijo Marcus, haciendo el signo del martillo sobre su pecho para atraer la bendición del patrón del Imperio.

    -Horrible – corroboró Hans, que no se impresionaba con facilidad tras años de combates.

    -No es mucho peor que mi antigua aldea – dijo Erik, tratando de animar un poco a sus compañeros - , incluso diría que está más limpio.

Johann sacó el mapa y lo sostuvo ante ellos, señalando con el dedo su posición. A lo lejos se oyó un disparo.

    -Estamos aquí, en la puerta del río – dijo Johann marcando el norte del mapa - . ¿Alguna sugerencia?


No hay comentarios:

Publicar un comentario