Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
El grupo se dirigió hacia la relativa seguridad de los callejones cuando, a su espalda, varias voces gritaron al unísono. Los mercenarios miraron hacia atrás, curiosos, y vieron cómo un grupo de hombres, armados con espadas y tridentes y vestidos con poco más que taparrabos, corrían hacia el combate procedentes del cercano anfiteatro. El demonio se volvió hacia ellos y bramó, olvidándose momentáneamente del herido caballero. Sir Arnaud aprovechó la situación y hundió su espada hasta la empuñadura en la pierna del demonio, que gritó de dolor mientras caía de rodillas.
-¿Lo ves? – dijo Marcus dirigiéndose a Karl – Se las apaña muy bien solo. Corre de una maldita vez.
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La diligencia se detuvo en una pequeña plazoleta. El vampiro bajó al suelo y escuchó. La niebla que cubría toda la ciudad no sólo ocultaba el sol y le protegía de sus nocivos rayos, sino que amortiguaba los sonidos de la lucha y los bramidos del demonio. El combate parecía cercano.
-¿Amo? – preguntó la anciana, asomando la cabeza por la ventanilla.
-El Caído está cerca, muy cerca.
-Amo, no le encontraremos en este laberinto de callejones. Puede meterse en cualquier edificio, estaríamos semanas buscando. No podemos estar en todas partes al mismo tiempo.
El vampiro miró a la entrada de uno de los callejones, donde el cadáver de un soldado se descomponía rodeado de una nube de moscas.
-Te equivocas, sí que puedo estar en todas partes a la vez.
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Los mercenarios caminaron, adentrándose en el laberinto de calles. Andaban despacio, con cautela. Al llegar a un cruce un disparo sonó en las proximidades. Al primer disparo se sumaron voces de soldados y más disparos, y parecían acercarse.
-Mierda – dijo Johann - . Buscad un edificio para ocultarnos.
No necesitaron que se repitiera la orden. Se repartieron por las calles empujando todas las puertas, hasta que Ludwig encontró una que no estaba cerrada con llave. Dos minutos después los cinco estaban en el interior, atrancando la puerta con un pesado banco de madera que hallaron junto a unas escaleras. Los mercenarios subieron las escaleras hasta el primer piso y se encontraron en una pequeña estancia, en la que varios bancos como el del piso de abajo se organizaban en filas frente a una pizarra. El edificio era una escuela infantil, aún se veían en la pizarra las letras de trazo vacilante de los niños. Johann cerró la puerta y corrió el cerrojo. A continuación se dirigió hacia la única ventana del edificio, que estaba protegida por sólidas contraventanas de madera. A través de las rendijas se podía observar el exterior sin ser visto. Un escondite casi perfecto, dadas las circunstancias.
-Podemos descansar aquí por el momento – dijo el capitán volviéndose hacia sus compañeros - . Pero tendremos que guardar silencio y organizarnos para vigilar.
Todos asintieron, conformes, y empujaron los bancos hacia las paredes para despejar el centro del aula. Marcus, sudando por el esfuerzo pero disfrutando de aquellos momentos de calma, abrió uno de los equipajes y comenzó a sacar la comida. Su sonrisa se congeló de repente cuando, procedentes desde la lejanía, llegaron a sus oídos los tañidos de la campana del convento. Los cinco se agolparon contra la ventana, visiblemente alarmados, y miraron al exterior. Como ya ocurriera antes, el cielo se oscureció. En las paredes de algunos edificios crecieron en cuestión de segundos extensas manchas de un moho que brillaba con luz propia, palpitando como un corazón. Mientras durara la oscuridad la ciudad pertenecería al Caos.
-¿Estaremos bien aquí? – preguntó el joven Karl, aterrado.
-Supongo – respondió distraídamente Erik mientras miraba por la ventana.
-Nunca me había pillado fuera de un lugar seguro – dijo Karl.
-Chico, en esta ciudad no hay ningún lugar seguro – contestó Marcus.
-Lo sé, pero siempre estaba cerca de un puesto de la guardia o algo semejante cuando llegaba la oscuridad. Esto dista mucho de ser una fortaleza. Por Sigmar, esto es una escuela.
-Pues cállate, que los niños vienen a la escuela a aprender y no a hablar – le cortó Johann en un tono que no admitía réplica - . Y eso va por todos. Silencio absoluto, con un poco de suerte pasaremos desapercibidos.
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Nubes de diablillos de fuego revoloteaban sobre los tejados, riendo a carcajadas y abalanzándose sobre cualquier desafortunado que encontraran. Por todas partes se oían los alaridos de los desgraciados que eran atrapados por la propia Mordheim. La oscuridad llevaba horas reinando en la ciudad. Karl estaba aterrorizado, con los ojos abiertos de par en par y temblando de pies a cabeza.
-Mirad – susurró Erik, que estaba en la ventana.
Marcus, Johann y Ludwig se acercaron a la ventana y miraron al suelo. Por la calle, débilmente iluminada por las llamas de algunos tejados y las manchas de moho, se acercaba un hombre.
-Parece de Middenheim – comentó en voz baja Marcus - , mirad su uniforme.
-No veo de qué huye – dijo Johann entrecerrando los ojos - , ¿veis vosotros algo?
-No, de momento no – respondió Erik.
Cuando el hombre pasaba por debajo de una de las manchas verdosas ésta cayó sobre él, que gritó de dolor y trató de zafarse de aquella criatura. Los tres mercenarios se miraron, sobrecogidos, sin decir palabra. Esas manchas actuaban como si tuvieran vida propia y los humanos fueran su presa. El hombre dejó de moverse y el moho volvió a trepar por la pared, dejando en el suelo los restos humeantes del soldado. Dos minutos después las figuras de sus perseguidores entraron en el círculo de luz proyectado por el moho. Eran hombres, o lo fueron en algún momento. Caminaban despacio, arrastrando los pies. El moho los dejó pasar, como si no sintiera ninguna necesidad de atacar a los muertos.
-Vamos mejorando – dijo Marcus.
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El vampiro permanecía de pie en el mismo lugar desde que cayó la noche del Caos. Tenía los ojos cerrados y se esforzaba por mantener el control de todos sus siervos. Era una tarea difícil, pues las criaturas de pesadilla que aparecían por todas partes cuando llegaba la oscuridad no paraban de atacar. Su anciana sirviente estaba en la diligencia, murmurando para sí misma un conjuro de protección. El vampiro sonrió para sí mismo ante semejante muestra de estupidez. Si las defensas conjuradas por el vampiro cayeran, nada de lo que hiciera la anciana la protegería. A sus oídos llegó el distante tañido de la campana que anunciaba la vuelta a la normalidad. Por primera vez en mucho tiempo se alegró de que llegara el día.
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La oscuridad se retiró y las callejas volvieron a estar iluminadas por la luz grisácea que se filtraba a través de las nubes. Las manchas del moho demoníaco se convirtieron en ceniza y cayeron al suelo, mientras que los diablillos se deshicieron en volutas de humo y sus risas se apagaron.
-Podrían haberse esfumado también esos cadáveres de ahí abajo – dijo Marcus en voz baja para no atraer la atención de los no muertos.
-Y también podrías haberte esfumado tú – respondió Erik para provocar a su amigo.
Esta vez el calvo no quiso discutir, se limitó a mirar a los muertos por las rendijas de la contraventana. Los no muertos no parecían llevar un rumbo fijo, caminaban en línea recta hasta que algo les impedía el paso y cambiaban de dirección para esquivarlo. Desde su posición oían perfectamente el gemido de aquellos seres, un sonido monótono que tenía la facultad de poner a prueba los nervios de quienes lo oyeran. Al pasar debajo de la ventana los cadáveres reanimados movían la cabeza a un lado y a otro espasmódicamente, como nerviosos.
-Nos perciben – dijo Ludwig - . No saben dónde, pero saben que estamos cerca.
-Pues tendremos que irnos – respondió Johann - . Tarde o temprano nos encontrarán, y la puerta de abajo no aguantará eternamente.
-Buscaré otra salida – sugirió Erik - . Este sitio tiene que tener alguna trampilla para llegar al tejado o algo así.
-Muy bien. Karl, ve con él. Tened cuidado y no hagáis ruido. Nosotros tres os esperaremos aquí.
Media hora después los cinco saltaban de un tejado a otro. Los edificios imperiales se amontonaban unos sobre otros, por lo que no les resultaba excesivamente complicado encontrar un camino que seguir entre el mar de chimeneas. Abajo, en la calle, los muertos vivientes alzaban sus brazos hacia ellos y gemían llenos de frustración por no alcanzarlos.
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-¡Maldición! – masculló el vampiro – Se escapa.
El vampiro subió a la diligencia, que empezó a moverse hacia las calles en la misma dirección que llevaban los no muertos.
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Erik se detuvo en la azotea del último edificio y contempló el mapa. A sus pies se extendía la ciudad tal y como la representaba el pergamino.
-Se nos acabó la suerte – anunció - . Tendremos que bajar a la calle y seguir por el suelo.
-Pues más vale que nos demos prisa antes de que nos alcancen esas cosas – respondió Marcus - , parecen lentas pero corren como galgos.
-Pues abajo entonces – decidió el capitán.
Pocos minutos después los cinco echaban abajo las puertas del edificio, una posada de varios pisos, y salían de nuevo a la calle. Los no muertos estaban a apenas veinte metros de distancia, acercándose inexorablemente. Los mercenarios corrieron en dirección contraria, poniendo distancia de por medio, pero en casi todos los callejones encontraban muertos vivientes.
-Por Sigmar, están por todas partes – dijo Marcus haciendo la señal del martillo en su pecho.
Los cinco trataban de correr hacia un lugar seguro, pero con tal cantidad de enemigos no había muchas opciones a la hora de escoger la dirección a seguir. Estaban cayendo en una trampa y lo sabían. Tras esquivar un pequeño grupo de muertos vivientes salieron a un lugar abierto, una amplia plaza cuadrada con una fuente seca en el centro. Los gemidos de sus perseguidores sonaban cerca.
-Allí – Karl señaló hacia las puertas abiertas de un edificio gubernamental situado a su derecha - . Podemos intentar refugiarnos, como antes.
-Vale la pena intentarlo – respondió Johann.
Los cinco hombres cruzaron los arcos de piedra de la fachada, en los que se podía leer el rótulo “Oficina de Impuestos” en letras mayúsculas, y se dirigieron a la puerta. La empujaron, pero no se abrió. Marcus intentó abrir las ventanas, pero estaban cegadas con tablones. Erik miró hacia arriba, pero en la fachada no había ningún saliente donde enganchar el garfio. Los no muertos llegaron a la plaza y avanzaron hacia ellos, extendiendo los brazos para agarrar a su presa.
-Estamos muertos – murmuró Karl, presa del pánico - . Muertos, muertos, muertos.
-De eso nada, chaval – dijo el capitán, apartándole a un lado.
Johann sacó su pistola y apuntó a la cerradura. El disparo destrozó el mecanismo y la gruesa puerta se abrió, permitiendo que los mercenarios entraran en el edificio. Johann y Marcus cerraron la puerta a sus espaldas y se apoyaron en ella para tratar de contener a sus perseguidores. Ludwig y los dos jóvenes buscaron por el vestíbulo cualquier cosa que pudiera servir para atrancar la puerta.
-¡No hay nada! – gritó Erik.
En efecto, el vestíbulo estaba casi vacío. Tan sólo unos cuantos bancos de madera en las paredes, que no debían pesar mucho, y una estatua de mármol enorme que representaba al último conde. Fue el mago quien encontró la solución.
-Estad atentos – dijo Ludwig - , no sea que os aplaste.
-¿Qué diablos vas a hacer? – gritó Marcus.
El mago no respondió, se limitó a cerrar los ojos y canturrear en voz baja. Mientras pronunciaba las palabras un brillo rojizo empezó a salir de su báculo, un brillo cada vez más luminoso y cálido. Cuando el hechizo alcanzó su clímax, una bola de fuego salió despedida contra la estatua. El conjuro impactó contra la espalda del conde, inclinando la estatua hacia delante. Aunque durante unos segundos parecía que iba a volver a su posición original, finalmente cayó de cabeza al suelo. Justo sobre Johann y Marcus, que se apartaron de un salto para no morir devorados por un rostro de mármol bastante rollizo. La estatua golpeó contra la puerta, que se astilló en el punto de impacto pero aguantó. Algunas partes de la estatua se partieron, pero quedó lo suficiente como para bloquear la puerta de entrada. Los no muertos empujaban desde el exterior, pero más de dos toneladas de mármol les impedían el paso.
-Por qué poco – jadeó Marcus, sudando por la tensión.
-Aún no estamos a salvo – respondió Erik, señalando a la masa de cadáveres que golpeaban, furiosos, al otro lado - . No, desde luego que no.
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