lunes, 1 de octubre de 2012

Undécima Parte: Pesadilla

Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura

Mordheim, a mediados del tercer mes del año 2000

Ludwig durmió mal, sudando copiosamente y balbuceando incoherencias a causa de las drogas que le habían dado para calmar el dolor. Marcus examinó la pierna del mago y negó con la cabeza.

    -No tiene buen aspecto, se está poniendo morada. Debe tener alguna hemorragia interna, si sigue así acabará perdiendo la pierna.

    -¿No puedes hacer nada? – preguntó el joven Karl.

    -No mucho, al menos no en esta ciudad. Debería verle un médico de verdad.

    -Un motivo más para salir de aquí – comentó Johann, decidido - . Dejadme ver el mapa, buscaré cuál es la salida más cercana.

    -Pues... creo que va a ser un poco complicado, jefe – respondió Marcus - . Lo tenía Erik.

    -Genial, esto cada vez se pone mejor.

    -Podemos ir al río. Como atraviesa la ciudad de norte a sur sólo tendríamos que seguir la orilla – sugirió Marcus.

    -¿Y se puede saber cómo vamos a encontrar el río sin el mapa? – preguntó Karl.

    -Fácil – respondió Johann - . Yendo cuesta abajo. El río recorre el valle y ahora parece que estamos sobre una colina, sólo tenemos que bajar y lo acabaremos encontrando. Marcus, intenta despertar al mago. Nos vamos.

- - - - -

Franz, un mercenario que lucía el uniforme de Reikland, recorrió el patio de la casa sin detenerse a contemplar el contenido de las tinajas que se amontonaban a los lados. Él y su banda habían entrado en aquella casa, que hacía no demasiado tiempo debía ser propiedad de algún mercader de especias, siguiendo el rastro de algo mucho más valioso que el contenido de aquellas tinajas. Se detuvo en un rincón, donde uno de sus hombres golpeaba con un pico un gran fragmento de piedra bruja. Cada golpe hacía que saltaran pequeños relámpagos verdosos. Franz se agachó y cogió uno de los trozos que había en el suelo, pero lo soltó de inmediato con un gemido de dolor al quemarse la mano.

    -Maldita piedra del demonio – dijo, mirándose la quemadura de la palma de la mano.

    -No te quejes, que a mí me ha salido un sarpullido que me ocupa casi todo el brazo – dijo el del pico, parando su actividad para enseñarle el brazo a su jefe - . Estoy cansado, podrías decirle a Heinrich que me sustituyera hasta la hora de comer.

    -Veré lo que puedo hacer, pero no te garantizo nada – respondió Franz mientras se alejaba en dirección a la casa.

El mercenario penetró en la oscuridad de la casa y subió al primer piso, donde estaba el tercer hombre sentado en una silla junto a una ventana. Heinrich, arma en mano, vigilaba la calle desde la seguridad de su posición. Al oír a su jefe le hizo señas para que se acercara en silencio a la ventana.

    -¿Qué pasa? – preguntó Franz en un susurro.

Heinrich se limitó a señalar a un punto situado calle arriba. Aunque aún no se veían con nitidez a causa de la niebla, eran claramente cuatro bultos oscuros del tamaño de un hombre.

    -Parece que se mueven con torpeza – apuntó Franz - . ¿No muertos?

    -Esperemos que no – respondió el otro mercenario con voz ronca - , porque si vemos cuatro es que vienen muchos más detrás. ¿Está la puerta cerrada?

    -Sí – contestó Franz.

Los mercenarios se agacharon, cada uno junto a una ventana, y contemplaron las sombras que se acercaban. A pocos metros de distancia pudieron ver que las cuatro figuras no eran muertos vivientes, sino hombres llevando casi a rastras a un anciano malherido. Franz suspiró de alivio, aunque no soltó la ballesta con la que apuntaba al grupo. De repente, una explosión sonó en el patio trasero. Los hombres de la calle miraron a su alrededor, alarmados, pero al no encontrar nada siguieron su camino.

    -Voy a ver qué ha pasado – dijo Franz en voz baja.

El mercenario bajó las escaleras despacio, acordándose de saltar el escalón que crujía para no hacer más ruido del estrictamente necesario. Al salir al patio vio que la piedra había estallado en varios fragmentos, llenando el patio de trozos del tamaño de su puño. De su compañero no quedaba rastro alguno. Franz recorrió el patio palmo a palmo, buscando algún resto del hombre, pero sólo encontró la hebilla de un cinturón. Cuando se disponía a volver al piso de arriba para contarle lo sucedido a Heinrich, una lejana campana empezó a sonar.

- - - - -

Los cuatro hombres avanzaban despacio, en parte porque prácticamente tenían que arrastrar a Ludwig y en parte por pura precaución. La niebla se hacía más densa conforme bajaban por la ladera de la colina sobre la que se asentaba aquella parte de la ciudad. A su alrededor las calles, que antes formaban un auténtico laberinto, se distribuían ordenadamente. Los edificios, sin ser palacios, eran notablemente más ricos que las barriadas pobres que habían dejado atrás mientras huían de los no muertos. Johann miraba con nerviosismo a ambos lados de la calle, sintiendo que alguien les miraba escondido en alguno de los edificios. Su corazón dio un vuelco cuando, en alguna de las casas de la izquierda, sonó una explosión. Los mercenarios se detuvieron y buscaron señales de peligro, pero finalmente decidieron que lo mejor era ignorar lo que fuese que hubiera causado ese ruido y seguir su camino sin mirar atrás.

    -¿Te he dicho ya que odio esta maldita ciudad?

    -Sí, Marcus – respondió Johann - . Ahora cállate, creo que nos están vigilando.

    -Por Sigmar, si aquí no hay nadie – masculló para sí mismo el calvo.

El grupo salió de la calle y fue a dar a una pequeña plazoleta. A su derecha se alzaba un edificio inmenso, con los cristales rotos y restos en el segundo piso de algún incendio que ya se había apagado. Las puertas estaban abiertas de par en par. Johann se agachó y examinó la capa de ceniza que se extendía por el suelo, donde una sucesión de pisadas unía el edificio con una de las calles de la izquierda.

    -Son recientes – concluyó, limpiándose las manos de ceniza.

    -¿Saqueadores? – preguntó Karl.

    -Puede ser, pero no sé qué pretendían sacar de ahí. Parece una biblioteca.

El sonido de la campana del convento hizo que se sobresaltaran. En cuestión de segundos, el cielo se volvió negro y la ciudad misma pareció transformarse. Los edificios, antes indiferentes a los ojos de los humanos, se cubrieron con una gruesa capa de moho y óxido y adquirieron una apariencia maligna. Incluso las ventanas, rotas en su mayoría, parecieron transformarse en ojos que los miraban fijamente. Una gigantesca columna de fuego iluminó la ciudad desde el sur, donde debía estar el Pozo, y se dividió en varias nubes de diablillos que partieron en todas direcciones.

    -¡Deprisa! – dijo Marcus, asustado - ¡Antes de que nos vean!

Johann se unió a sus compañeros y levantó al mago por los pies, obligándole a contener un grito de dolor al moverle la pierna herida. Subieron los tres escalones que conducían a la biblioteca y cruzaron el umbral. Dejaron al anciano en el suelo y corrieron a cerrar las puertas desde dentro justo cuando el enjambre de aquellos demonios de fuego sobrevolaba la plaza.

    -¿Creéis que nos habrán visto? – preguntó Karl.

    -No, ya se nos habrían echado encima – respondió el capitán.

Marcus sacó su pistola y apuntó hacia arriba.

    -¿Qué pasa? – preguntó Johann, sacando también su arma y mirando hacia la oscuridad del techo.

    -He visto algo que se movía ahí arriba – contestó Marcus - . Hay algo ahí, estoy seguro.

Los hombres miraron hacia arriba, tratando de ver lo que había sobresaltado a Marcus. La luz procedente de los enjambres de diablillos que revoloteaban por el exterior se filtró por las ventanas e iluminó la estancia. Era un vestíbulo pequeño, con un mostrador a la izquierda. Delante de la puerta de acceso había otra puerta, enmarcada por un arco de piedra, que daba a una habitación llena de estanterías. Las columnas que sostenían el arco estaban decoradas con dos grotescas gárgolas de piedra oscura. Johann contempló las estatuas con curiosidad. Le pareció que una de ellas giraba la cabeza para devolverle la mirada, pero por un momento pensó que la mente le estaba jugando malas pasadas y que todo era efecto de la luz.

    -Juraría que... – dijo Johann.

Como si hubiera estado esperando una señal, la gárgola saltó al suelo y se abalanzó sobre los mercenarios. Marcus y Johann apretaron el gatillo a la vez, volando la cabeza de la estatua viviente. Cuando la nube de polvo se disipó vieron los restos de la gárgola, ya muerta, esparcidos por el suelo. Sin embargo, no tuvieron tiempo de reponerse del susto, pues la segunda gárgola saltó también al suelo como su compañera. Los hombres se apresuraron a cargar sus armas, pero la estatua no les dio tiempo para prepararse. Corrió hacia ellos y saltó, lo que obligó a los dos mercenarios y al hijo del barón a apartarse para no ser aplastados bajo el peso de la criatura. Ludwig, aún inconsciente, no tuvo tanta suerte. La gárgola aterrizó a pocos centímetros del mago y le corneó, hundiendo las astas que adornaban su cabeza en la carne del anciano. Ludwig despertó y gritó de dolor. La gárgola sacudió la cabeza intentando liberar sus cuernos, por lo que el anciano salió despedido por los aires y cayó, sangrando, junto a una pared. Johann embistió a la gárgola y la tumbó en el suelo, pero la estatua se zafó de su atacante y se preparó para contraatacar. El capitán esquivó los cuernos por pocos centímetros.

    -¡Ayudadme! – gritó Johann.

Marcus y Karl reaccionaron y corrieron en ayuda de su amigo. La estatua se vio rodeada y embistió, siguiendo algún instinto animal proporcionado por la fuerza que le daba la vida, contra el primero que se puso ante ella. Marcus huyó de la bestia tan rápido como le permitían sus piernas. Cruzó el arco y se encontró en una vasta sala repleta de estanterías con miles de libros polvorientos a su alrededor. La gárgola saltó y el mercenario la esquivó rodando por el suelo, por lo que la bestia se estrelló contra una de las estanterías y tiró docenas de volúmenes por el pasillo. Johann atacó a la estatua con su espada mientras Karl ayudaba a levantarse a Marcus, pero la hoja del arma se hizo añicos contra la piel de piedra del monstruo. A lo lejos una campana comenzó a sonar, aunque los tres combatientes no la escucharon. La gárgola se puso en pie y se abalanzó sobre Johann, que aún contemplaba con estupor la empuñadura de su espada. La luz inundó la estancia cuando la noche del Caos se retiró, transformando de nuevo a la bestia en la roca inerte que era. La estatua, ya rígida, dejó de moverse y cayó de lado sobre una pila de libros.

    -Por qué poco – jadeó el capitán mientras miraba a la gárgola.

    -¡Ludwig! – gritó Karl antes de salir corriendo en busca del mago.

Cuando llegaron al vestíbulo comprendieron que ya no había nada que pudieran hacer. El anciano yacía en un charco de sangre, con los ojos abiertos y la mirada vacía. Marcus le buscó el pulso en el cuello, y al no encontrarlo le cerró los ojos.

    -Ya han caído tres – dijo Marcus con la voz cargada de ira - . Estoy harto de esta puta ciudad.



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