Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000
Dos días después del ataque de los demonios de fuego el grupo de mercenarios abandonaba el convento de La Roca. Johann aún sentía dolor alrededor de la herida, pero ya era capaz de blandir una espada sin demasiados problemas. Al llegar al final del camino que descendía desde el convento hasta la orilla del río Marcus desplegó ante ellos el mapa de la ciudad, que ahora lucía una serie de tachones y anotaciones en letra diminuta.
-¿Qué le ha pasado? – preguntó el capitán.
-Las hermanas han tenido la amabilidad de corregir nuestro mapa – respondió Marcus - . Han tachado las zonas arrasadas por el Martillo de Sigmar, al parecer están tan contaminadas que no sobreviviríamos en ellas ni dos minutos.
-Estupendo, eso nos corta el camino hacia la puerta sur a no ser que demos la vuelta alrededor del cráter que han marcado en el mapa – dijo Erik.
-Yendo en esa dirección la salida más cercana es la puerta este, así que iremos hacia allí. En marcha.
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La anciana sacó la cabeza por la ventanilla. Tras varios días buscando infructuosamente, su amo estaba a punto de perder la paciencia. Y eso no era bueno.
-¿Y bien? – preguntó el vampiro cuando la anciana volvió a meterse en la diligencia.
-Nada más que cadáveres, amo. La ciudad es muy grande, es difícil que le encontremos. ¿No sería mejor olvidarle y seguir con su plan, amo?
El vampiro agarró a la mujer por el cuello, apretando hasta que casi le rompió las vértebras.
-No vuelvas a decirme lo que debo o no debo hacer. He esperado este momento durante noventa años, esta vez no se me escapará.
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Erik abría la marcha, seguido de cerca por Ludwig y el joven Karl. Tal y como les habían advertido las hermanas, la parte oriental de la ciudad estaba mucho más contaminada que la parte occidental. De los edificios apenas quedaban en pie las estructuras más gruesas, el resto de los materiales yacían esparcidos en forma de escombros por las calles. Cadáveres en distintos estados de descomposición adornaban el suelo. En algunos sitios no eran más que esqueletos calcinados, sin duda testigos de la caída del cometa que arrasó Mordheim, pero otros cuerpos aún tenían sangre fresca manchando sus ropas.
-¿Qué es eso? – preguntó Karl señalando hacia una masa verdosa que se agitaba a escasos metros de distancia.
Como respuesta decenas de ojos amarillos le miraron. Pequeñas criaturas viscosas gruñeron enseñando sus dientes afilados.
-Demonios de Nurgle – dijo Erik, poniendo cara de asco - . No te acerques a ellos, a saber lo que te pueden contagiar.
-No tenía intención de hacerlo, pero gracias por el aviso – respondió Karl.
Al ver que los humanos no los molestaban, los demonios continuaron su tarea de arrancar carne del cadáver del que se estaban alimentando.
-Son las criaturas más repugnantes que he visto nunca – comentó Marcus.
-Sólo porque no te has mirado en un espejo últimamente – dijo Erik.
-¿Eres así de imbécil por naturaleza o es que practicas por las noches?
Johann suspiró. Ya estaban otra vez.
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El demonio avanzaba con lentitud por las callejas. No tenía prisa, disponía de todo el tiempo del mundo. Tras él corría un enjambre de insectos, siguiéndole como si de una sombra se tratase. Se detuvo, alzó su cabeza y comenzó a olfatear el aire. Había un olor aparte del olor a quemado de las ruinas. Olía a carne humana.
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El grupo salió del estrecho callejón y llegó a una ancha avenida. Hacia el norte se veía, medio oculto por la niebla, un edificio decorado con arcos.
-Debe ser el anfiteatro que menciona el mapa – dijo Marcus mirando una vez más el pedazo de papel.
-Tenemos problemas, y de los grandes – tartamudeó el joven Karl.
A unos diez metros de distancia una criatura de más de seis metros de altura los observaba. De su cabeza salían al menos doce cuernos, pero era imposible contarlos porque parecían dividirse y volver a unirse cada pocos segundos. Su piel era blanca, casi translúcida, y dejaba ver una luz rojiza parpadeante donde debía estar el corazón del demonio. Johann apuntó con su pistola hacia el pecho del demonio y disparó, pero el proyectil de plomo se deshizo en cuanto impactó contra la piel. El demonio miró hacia abajo, donde había recibido el tiro, y bramó lleno de furia. El enjambre que lo seguía echó a volar y formó una nube a su alrededor.
-¡Corred! – gritó Marcus.
Los cinco hombres dieron media vuelta y huyeron a la carrera del monstruo. Al principio se dirigieron hacia el anfiteatro, pero el demonio se movía con una rapidez muy superior a la que se podía esperar de una criatura de semejante tamaño.
-¡Esta calle es muy ancha! ¡Si seguimos por aquí nos atrapará! – gritó Erik mientras corría.
-¡A los callejones! – ordenó Johann señalando hacia su derecha - ¡Lo despistaremos en los callejones!
El grupo, con Erik y Karl a la cabeza, giró hacia la derecha y se metió en un callejón de apenas dos metros de ancho. Los mercenarios saltaron para esquivar pequeños montículos de cascotes mientras oían los bramidos del demonio. Siguieron corriendo, poniendo distancia entre el monstruo y ellos hasta que dejaron de oír sus bramidos. Aquella parte de la ciudad era oscura, pues los edificios se unían por encima de sus cabezas bloqueando la poca luz que se filtraba a través de la niebla. El silencio era opresivo, como si la propia oscuridad ahogara cualquier sonido.
-Creo que lo hemos despistado – dijo Ludwig, jadeando a causa del esfuerzo.
-Estoy deseando salir de esta maldita ciudad – comentó Marcus, sujetándose el costado y respirando aceleradamente - . Es una pesadilla.
-No temáis, fermosas señoras, pues un caballero de Bretonia os protege – dijo una voz cercana.
Karl apuntó su arma hacia el lugar del que procedía la voz. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra vieron una figura a caballo avanzando tranquilamente hacia ellos. Tanto el caballero como su montura parecían haber vivido tiempos mejores. El jinete llevaba un escudo amarillento y una armadura abollada a la que le faltaban varias piezas. El caballo era flaco, y al no llevar barda se le notaban las costillas bajo la piel.
-No hay necesidad de que vuestras mercedes me apunten, mi voto me obliga a velar por la seguridad de tan singulares damas.
-¿Damas? – preguntó Marcus - ¿Ha dicho damas?
-Debe estar loco – respondió el mago - , como todos los que permanecen mucho tiempo aquí.
-Estáis equivocada, señora mía, pues no estoy más loco que vuestras mercedes. Debéis de haber vivido muchos peligros si ya no sabéis distinguir los locos de los cuerdos.
-Lo que tú digas, hombre – susurró Marcus.
El caballero desmontó y se arrodilló ante los mercenarios.
-Es un milagro que cinco doncellas de tan singular belleza hayan sobrevivido solas en esta ciudad condenada, pero ya no debéis temer por vuestra seguridad. Yo, sir Arnaud de Donequichôt, me pongo a vuestro servicio para guiaros hacia la salida o para cumplir cualquier deseo que tan importantes doncellas quisieren. El mío fuerte brazo acabará con cualquier enemigo o desfacerá cualquier agravio que os ficieren, pues no permitiré que os deshonren sin probar la mía ira.
Los mercenarios se miraron sin saber muy bien cómo reaccionar ante esa evidente falta de juicio. Al final fue el capitán quien tomó las riendas de la situación:
-Señor caballero – dijo, poniendo a propósito voz femenina para seguirle la corriente al bretoniano - , aceptamos su ofrecimiento. Guíenos hacia la salida lo más rápido posible.
A Marcus casi le da un ataque tratando de contener la risa cuando el caballero intentó besarle las manos a su capitán para sellar el pacto. Al ver que Johann no consentía esa clase de licencia, sir Arnaud se encogió de hombros y montó en su caballo.
-Sois sin duda honradas y discretas si no consentís siquiera que un famoso caballero bese vuestras nobles manos, lo cual no hace sino acrecentar aún mas la vuestra ya de por sí grande virtud.
Así, mientras el caballero hablaba sobre el sacrificio que hacen los caballeros andantes en su búsqueda del Grial, el grupo se adentró en el laberinto de callejas.
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El demonio golpeó con furia los edificios, derrumbándolos para abrirse paso, pero los humanos se le escaparon. Gritó de frustración al perder la presa, pero trató de recuperar el control y pensar. Olfateó el aire hasta captar el rastro de los humanos. Se alejaban, pero parecían andar hacia el norte. Sería fácil tender una emboscada, sólo tendría que esperarlos junto al anfiteatro a que salieran por el otro lado de la barriada.
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Los mercenarios salieron a una amplia avenida. A su izquierda, en dirección sur, estaba el anfiteatro. El viento arrastraba sonidos de lucha, espadas chocando y algún grito de dolor ocasionalmente. Pero también había otro sonido. Un zumbido, como el que emite un enjambre de abejas.
-¿Oís eso? – preguntó Karl.
El caballero se calló, aguzando el oído. Iba a hablar cuando el suelo comenzó a temblar. No era un terremoto, eran pisadas. Pisadas de algo grande y pesado. Pisadas de algo que se acercaba.
-¡Escondeos, fermosas damas! – gritó sir Arnaud cuando vio al demonio - ¡Dejad que yo me enfrente a este gigante que nos ataca! ¡No tengáis miedo, pues saldré victorioso de esta grande fazaña! ¡Non fuyades, bellaco! ¡Combate a este noble caballero que te desafía!
El caballero espoleó a su montura y se dirigió hacia el demonio. El monstruo bramó y cargó en dirección a sir Arnaud. El caballero esquivó hábilmente el primer ataque del demonio y blandió su espada, hiriendo al monstruo en el brazo.
-Deprisa, ahora que está distraído – dijo Johann.
-¿Vamos a dejarle solo contra ese bicho? – preguntó Karl.
-No podemos vencer a esa cosa, es un suicidio – respondió Marcus arrastrando al joven.
-Pero...
-No hay peros – le cortó Johann - . Somos mercenarios, luchamos por oro. Déjale todo ese asunto del honor al caballero.
-Pero morirá – insistió Karl.
-Pues tendrá una muerte épica, seguro que está encantado por ello. Ahora corre. Ya.
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