lunes, 1 de octubre de 2012

Decimotercera Parte: Alma de asesino

Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura

Averland, a finales del tercer mes del año 2000

A lo lejos, oculta tras la cortina de lluvia, se alzaba la ciudad de Averheim. Los tres caminaban con dificultad, pues las dos semanas que habían transcurrido desde que abandonaron la Ciudad de los Condenados no habían bastado para que sus heridas sanasen por completo.

    -Hogar, dulce hogar – dijo Karl con desgana al ver su ciudad natal.

    -¿No te alegra volver a casa? – preguntó Johann.

    -Sí, un retorno glorioso. He vuelto sucio, herido y más pobre que las ratas. Es tal y como lo planeé – respondió el joven.

    -Desagradecido – bufó Marcus.

    -No me malinterpretéis – dijo Karl - , os agradezco que me sacarais de allí. Pero no cumplí el objetivo por el que fui a Mordheim, no he conseguido ni una sola moneda de oro.

    -De eso tendremos que hablar largo y tendido con tu señor padre – respondió el capitán.

Karl bajó la cabeza y guardó silencio mientras caminaban hacia su ciudad bajo la lluvia.

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La aldaba de bronce golpeó tres veces contra la gruesa puerta. El mayordomo, que en esos momentos llevaba en las manos una bandeja con dos humeantes tazas de té, cruzó el recibidor y se colocó junto a la puerta. Tras dejar la bandeja en una mesita redonda abrió la puerta y se quedó boquiabierto.

    -Hola, Albert – saludó un empapado Karl.

    -¡El señor ha vuelto! – exclamó el mayordomo, olvidando por un momento el protocolo y abrazando al joven - ¡Entrad, entrad! Por Sigmar, estáis empapados. Dejadme vuestros abrigos, voy a secarlos al fuego.

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El encapuchado miraba por la rendija que dejaba la puerta entreabierta. No había perdido ni una sola palabra de la conversación. Giró la cabeza y miró al barón.

    -Ya están aquí, barón. No quisiera privaros de un momento tan emotivo, así que os dejaré solo. Os aconsejo que guardéis silencio sobre mi presencia aquí.

El barón, sudando de terror, asintió. Estaba pálido. El encapuchado se deslizó a través de la puerta entreabierta y se escondió en la primera habitación que encontró.

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Karl, acompañado por los dos mercenarios, entró en el pequeño salón. Pocas semanas atrás estaba repleto de mesas y libros, pero ahora tan sólo quedaban dos butacas frente a la chimenea. Durante unos segundos padre e hijo se miraron el uno al otro. Karl cruzó la estancia en dos zancadas y abrazó a su padre, que lloraba al ver sano y salvo a su hijo.

    -Realmente conmovedor – dijo el encapuchado, que había entrado silenciosamente tras los mercenarios.

Levantó ambas manos, cada una con una pistola, y disparó. Karl y el barón cayeron muertos cuando las balas atravesaron sus cráneos. Johann y Marcus se dieron la vuelta y desenvainaron sus espadas. El encapuchado sacó dos cuchillos de su cinturón y descubrió su cabeza, mostrando una cara cubierta de cicatrices recientes.

    -Tú – dijo el capitán - . Pensé que habías muerto.

    -Un puñado de no muertos no sería capaz de acabar conmigo, Johann – respondió Erik - . Ya deberías saberlo. En cuanto a ésto – añadió, señalándose la cara - , ya se curará. Siempre se cura.

Sin previo aviso, Erik se abalanzó sobre sus antiguos amigos. Luchaba a toda velocidad, atacando sin descanso y desviando todos los golpes de los mercenarios. Marcus, que aún se resentía de las heridas sufridas en Mordheim y cuya espada todavía no había sido reemplazada, intentaba situarse a la espalda de su enemigo mientras el capitán combatía con él cara a cara. Por un instante Erik bajó la guardia al detener una de las estocadas de Johann, y Marcus aprovechó la oportunidad para hacerle un tajo en la espalda. Erik gritó y de su herida manó abundante sangre, pero consiguió controlarse y dar una patada al mercenario en la boca del estómago. Marcus cayó sobre la butaca, que volcó y se introdujo en la chimenea. Las llamas prendieron la tapicería y aumentaron su intensidad. Johann embistió a Erik, cayendo ambos al suelo, y le propinó varios puñetazos en la cara. Erik agarró al mercenario por las muñecas.

    -Eres débil – dijo despectivamente antes de empujarle con los pies.

Erik cogió sus cuchillos y se puso en pie de un salto. Dio una voltereta en el aire y cayó sobre su antiguo jefe, hundiendo uno de los cuchillos en el pecho del capitán. Johann gritó durante unos segundos, un último grito antes de quedar silencioso para siempre.

    -Me gustaría saber si también puedes recuperarte de un disparo en la cabeza, hijo de puta – dijo Marcus, apoyando el cañón de su pistola en la nuca de Erik.

Erik rió con una risa carente de toda alegría.

    -¿Serás capaz de disparar por la espalda a un hombre? ¿Realmente tienes alma de asesino?

El mercenario disparó, salpicando de masa cerebral la pared del pequeño salón. El cadáver de Erik cayó sobre el del capitán.

    -Púdrete en el infierno, cabrón.

Marcus tiró la pistola a un lado y contempló la escena. El fuego que consumía la butaca comenzaba a extenderse por la alfombra. El mercenario comprendió que todo el lugar ardería en pocos minutos, y salió de la estancia. En su precipitación tropezó y cayó de bruces en el pasillo. Al volver la cabeza vio que había tropezado con las piernas del cadáver del mayordomo, que yacía sentado con un profundo corte en la garganta. Marcus se alejó del muerto tan rápido como pudo, hasta que finalmente logró ponerse de nuevo en pie. Cruzó el recibidor y abrió la puerta de la calle.

- - - - -

Sylvia, la tabernera, cuchicheaba con una de sus vecinas mientras contemplaba la humareda que se alzaba sobre los tejados de Averheim.

    -Mi marido dice que la vieja mansión del barón von Zwickau está ardiendo – susurró la anciana - . Al parecer ha sido provocado.

    -¿Saben quién lo hizo? – preguntó Sylvia.

    -Vieron a un hombre calvo que salía de la casa corriendo.

La tabernera asintió. Se despidió de su amiga y volvió a su negocio. Cuando giró la esquina, un hombre salió de su taberna con una bolsa cargada. Sylvia reconoció de inmediato a Marcus, pero el mercenario se perdió entre la multitud para no volver jamás.

                                      FIN

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