Mordheim, a mediados del tercer mes del año 2000
Johann se puso en pie y salió del edificio. Karl corrió tras él y le obligó a detenerse
-¿Pero qué te pasa? – gritó, furioso - ¡Ludwig acaba de morir y tú ni siquiera dices nada! ¡Eres un cabrón desalmado!
El capitán le dio un puñetazo en la cara con todas sus fuerzas, dejando al joven sin sentido.
-Te has pasado – dijo Marcus.
-Por lo menos ha dejado de gritar. Ayúdame a cogerlo, nos lo llevaremos a rastras.
Los dos mercenarios, con el joven Karl inconsciente, continuaron calle abajo.
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El sacerdote examinó las huellas en la capa de cenizas que cubría el suelo.
-Son recientes – dijo con voz profunda - . Quien las dejó era grande, no hay duda de que es él. No debe estar muy lejos.
-Lo atraparemos, santidad – respondió un anciano vestido con harapos que estaba a su lado.
El sacerdote se puso en pie y emprendió la marcha, seguido de una docena de fanáticos armados con guadañas.
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Karl abrió los ojos. Se encontraba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en lo que quedaba de una pared. A su lado los dos mercenarios cuchicheaban mientras miraban por los cristales rotos de una ventana.
-Por Sigmar, me duele todo – se quejó.
Marcus le tapó la boca con la mano, haciéndole callar. Se llevó un dedo a los labios, pidiendo silencio, y siguió mirando por el cristal. Karl se incorporó y miró también. A unos doce metros, junto a los restos de lo que hace poco había sido una taberna, un sacerdote guerrero examinaba algo que se encontraba en el suelo.
-Lleva así diez minutos – susurró Johann.
-¿Por qué? – preguntó el joven - ¿Quiénes son?
-Flagelantes – respondió Marcus - . Vete a saber qué quieren.
-Nada bueno, eso seguro – añadió el capitán - . Así que será mejor que nos alejemos todo lo posible de ellos.
Los tres retrocedieron, procurando no hacer ruido, hasta perderse en una pequeña calle lateral. Cuando estuvieron seguros de que estaban lo bastante lejos de los fanáticos reanudaron la marcha tan rápido como les permitían sus piernas. Era difícil correr por aquella calle, ya que la pendiente era muy pronunciada y continuamente corrían el riesgo de tropezar y caer rodando. Un olor a quemado llegó hasta los tres hombres, que se detuvieron casi en seco. Avanzaron más despacio, hasta que vieron a poca distancia el resplandor de las llamas. Marcus se adelantó y contempló de cerca las hogueras, descubriendo que lo que consumía el fuego eran cuerpos humanos.
-¡Agáchate! – gritó Johann de pronto.
Marcus se dio la vuelta y un segundo después volaba por los aires. El responsable era un guerrero de casi tres metros de altura, que blandía una maza tan pesada como un hombre con tanta facilidad que hacía pensar que era de papel. No llevaba armadura, pero su piel estaba formada por una capa de escamas pálidas que le brindaba la misma protección. Marcus aterrizó junto a una de las hogueras y sus ropas prendieron, por lo que rodó por el suelo hasta que se apagaron las llamas. Mientras tanto, Johann y Karl desenvainaron sus armas y atacaron al coloso. El bárbaro rugió de furia, con los ojos inyectados en sangre, y golpeó a los dos hombres con la maza. Johann esquivó el golpe, pero el joven Karl recibió el impacto de lleno en la espalda y cayó de bruces en el suelo. El capitán sacó la pistola de su cinturón y disparó al bárbaro, acertando en el brazo. El bárbaro soltó la maza, que cayó al suelo levantando una polvareda, y gritó de dolor cuando la sangre manó de la herida. Marcus se puso en pie con dificultad y desenvainó su arma con el brazo que aún le respondía, pues el mazazo recibido en el hombro le había roto varios huesos. Atacó al bárbaro, intentando atravesarlo de parte a parte, pero su espada se partió cuando apenas había profundizado diez centímetros en la carne. El bárbaro se giró lentamente y miró al hombrecillo que le había herido en la espalda. Cogió por el cuello a Marcus y lo arrojó contra la pared. El mercenario quedó tirado en el suelo, sin sentido. Johann, que había aprovechado la distracción para recargar su pistola, disparó una segunda vez. En esta ocasión impactó en la rodilla del bárbaro, que fue derribado.
-¡Por Sigmar!
El grito procedía del sacerdote guerrero. Sus ojos irradiaban una extraña luz, una luz que procedía de la furia y la fe del sacerdote. El martillo, símbolo del patrón del Imperio, pareció estallar en llamas cuando el sacerdote guerrero atacó al bárbaro. Al recibir el impacto el gigantesco guerrero aulló, furioso. Los fanáticos se lanzaron, enloquecidos, contra el bárbaro. Johann ayudó a Karl a ponerse en pie.
-Creo que me ha roto las costillas – gimió el joven, escupiendo sangre.
-¿Puedes andar? – preguntó, apremiante, el capitán.
-Sí, creo que sí.
-Pues ayúdame a sacar a Marcus de aquí.
El hijo del barón caminó despacio, haciendo gestos de dolor a cada paso. Cuando llegó junto a los dos mercenarios un trueno retumbó entre las nubes. El bárbaro gritaba, pero no era como consecuencia de las heridas causadas por sus atacantes. Algo se movía bajo su escamosa piel. De sus heridas brotaron llamas verdes que después se convirtieron en pequeños tentáculos viscosos. Sus brazos se ensancharon hasta que empezaron a desgarrarse por la línea media, escindiéndose en dos mitades que sanaron en segundos. El bárbaro se aferró el rostro con dos pares de manos. De su frente y de su barbilla brotaron cuernos ensangrentados, y su transformación cesó. El mutante dejó de gritar, pues el dolor había desaparecido. Todos los presentes contemplaban boquiabiertos el blasfemo suceso que había tenido lugar ante sus ojos.
-Sigmar nos ampare – balbuceó Karl.
De las hogueras salieron sonidos chirriantes. Los restos calcinados de los muertos se agitaron y de su interior brotaron unos seres diminutos. Sus pieles eran viscosas y cambiaban de color cada segundo, mientras que numerosas bocas aparecían en cualquier lugar de sus cuerpos para desaparecer poco tiempo después. Aunque apenas medían un palmo de altura cuando salieron, los demonios fueron aumentando en tamaño hasta alcanzar una estatura similar a la de un goblin.
-El Señor del Cambio reclama esta ciudad para sí. Aceptad sus dones o morid – dijeron los demonios con muchas voces diferentes al mismo tiempo.
Los flagelantes reaccionaron ante esta nueva amenaza y trazaron arcos en el aire con sus armas. La mayor parte de los demonios esquivaron los filos cortantes de las guadañas, pero los pocos que fueron alcanzados chillaron de dolor al sentir en su carne demoníaca el acero santificado. No obstante, sus gritos se transformaron en carcajadas cuando de las partes cercenadas crecieron nuevos demonios completamente formados.
-Uníos a nosotros, disfrutad de los dones del Señor del Cambio – cantaron los demonios al unísono antes de saltar hacia los flagelantes.
Mientras tanto, el sacerdote se enfrentaba al mutante. El monstruo nunca había encontrado un rival digno de su pericia, ni tan siquiera cuando tan sólo era un guerrero normal. Los Dioses Oscuros le habían bendecido en varias ocasiones tras demostrar una y otra vez su fortaleza, pero ésta era la primera batalla en la que un enemigo le plantaba cara con tanta eficacia. El mutante atacaba sin descanso con sus puños, dejando olvidada su maza en el suelo, pero el sacerdote paraba todos sus golpes. El monstruo bramó de furia, y éste instante de descuido fue aprovechado por el devoto de Sigmar para contraatacar. Blandiendo su martillo a izquierda y derecha, el sacerdote obligó al mutante a retroceder. Ahora no sólo sus ojos brillaban, todo su cuerpo parecía envuelto en un aura dorada.
-Vamos, deprisa – dijo Johann mientras se alejaban del combate.
Karl miró hacia atrás a tiempo para ver cómo el sacerdote aplastaba el cráneo del mutante con el martillo. En ese preciso momento, de las nubes descendió un inhumano grito de frustración. El cuerpo sin vida del mutante se sacudió entre convulsiones provocadas por pequeñas descargas eléctricas y estalló en llamas. Las llamas tomaron forma vagamente humana y se pusieron en pie, con sus rostros contraídos en una mueca de odio. La mayoría de los demonios de fuego se abalanzaron sobre el sacerdote, que trató de quitárselos de encima a manotazos, pero algunos persiguieron a los mercenarios. Johann y Karl, con Marcus a rastras, corrían tan deprisa como les era posible. Torcieron la esquina y siguieron calle abajo. Los demonios les siguieron, prendiendo las vigas de madera de los edificios más cercanos. Johann advirtió que los edificios se separaban.
-¡Creo que ya estamos cerca del río! – gritó a pleno pulmón para hacerse oír por encima del ruido de sus perseguidores.
No habían recorrido ni diez metros cuando vieron el río. La calle terminaba en los muelles, pero en ellos ya no había barcos. Las oficinas del funcionario que controlaba el tráfico fluvial estaban a su derecha, pero habían ardido hacía tiempo y de ellas sólo quedaban restos ennegrecidos.
-¡Salta al agua! – ordenó el capitán.
Los dos saltaron al río, llevando a Marcus con ellos. Al sentir el frío, el mercenario despertó y luchó por mantenerse a flote. El agua, sucia y espesa, hacía muy difícil la tarea. Y el peso de las mochilas complicaba aún más la situación. Johann fue el primero en desprenderse de su equipo, dejando que se hundiera hasta el fondo, y ayudó a sus compañeros a hacer lo mismo. Karl, cuando pudo mantener la cabeza fuera del agua, miró hacia los muelles. Los demonios de fuego estaban ya lejos, pues la corriente había arrastrado a los hombres hacia el centro del río, y gritaban con furia al ver que su presa escapaba.
-Lo hemos logrado – dijo el joven, riéndose.
-Aún no – respondió el capitán con seriedad. El mercenario buscó a su alrededor y vio unas tablas de madera podrida a pocos metros de distancia - . Agarraos a esas tablas antes de que se las lleve la corriente.
Los tres nadaron con todas sus fuerzas hasta alcanzar el improvisado salvavidas.
-¿Y ahora qué? – preguntó Marcus.
-Podemos dejarnos llevar río abajo – sugirió Karl.
Johann asintió, agotado. La corriente los arrastró hacia el sur. Los tres miraban hacia las dos orillas. Por todas partes había signos de lucha. En una ocasión vieron cómo los hombres rata asaltaban a un grupo de hombres de apariencia kislevita. A pocas manzanas de distancia, dos hechiceros combatían con llamas y rayos en torno a un fragmento enorme de piedra verde. Una sombra les cubrió. Los tres miraron arriba y vieron que se encontraban bajo el puente, sobre el que se paseaban sin rumbo docenas de no muertos. El puente quedó atrás y la corriente aceleró. Sobre ellos, el convento de las Hermanas de Sigmar ardía en algunos puntos. Pero también lo dejaron atrás. La corriente arrastró a los hombres, hasta que se encontraron ante las murallas de la ciudad. Pocos segundos después, los mercenarios parpadearon por la luz del sol. Se soltaron de las tablas y nadaron hacia la orilla, donde cayeron extenuados.
-Ahora sí que lo hemos logrado – dijo, riéndose, Johann.
-Por mí puede irse toda esa ciudad al infierno – añadió Marcus mientras ponía boca abajo su pistola para extraer toda el agua.
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