lunes, 1 de octubre de 2012

Décima Parte: El Caído

Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura

Mordheim, a principios del tercer mes del año 2000

El capitán recorrió con la mirada las ventanas, comprobando los tablones que las cegaban.

    -Por el momento estamos a salvo, esos tablones aguantarán al menos unos minutos. Marcus, ve con Karl a explorar este sitio. Buscad otra salida – Marcus no se movió del sitio – Marcus, ¿me has oído?

El mercenario se limitó a señalar al punto al que estaba mirando. Colgando de una barandilla del segundo piso un cadáver en avanzado estado de descomposición se balanceaba ligeramente.

    -Por Sigmar – susurró el joven Karl.

    -Por la ropa diría que es un funcionario o algo así – dijo Erik.

    -Debió sobrevivir al impacto y se atrincheró aquí – añadió el mago - . Pobre hombre, tuvo que verse muy desesperado para ahorcarse.

    -Pues ya sabemos quién clavó esas tablas en las ventanas, y no podemos hacer nada por él – cortó Johann, impaciente - . Y ahora vamos a buscar una salida o acabaremos como él.

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Erik volvió al vestíbulo del edificio con dos bolsas en las manos, que dejó caer en el suelo. Al impactar se escuchó un tintineo metálico.

    -Adivina qué hay dentro – dijo con una sonrisa a su capitán - . Este desgraciado atesoró una buena cantidad en su refugio, ahí detrás del mostrador hay al menos diez millones de coronas.

    -Creo que tenemos cosas más importantes entre manos que el oro – repuso Johann.

    -Al menos podemos llevarnos un par de sacos, así no nos iremos con las manos vacías – respondió Erik - . Te recuerdo que nuestro generoso patrón nos ha engañado como si fuéramos principiantes.

    -Tú ganas, coge algunos sacos y repártelos entre los cinco. Pero no te pases, no nos interesa ir cargados como mulas.

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La horda de muertos vivientes aumentaba por momentos, agrupándose frente al edificio. Los de la primera fila golpeaban las paredes, frustrados al sentir a los vivos tan cerca pero fuera de su alcance. La diligencia de su amo salió de las callejas y se detuvo a pocos metros de la muchedumbre. El vampiro bajó de su carruaje y se dirigió al edificio, caminando sin dificultad por el hueco que dejaban sus esclavos no muertos para que pasara.

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Marcus y Karl bajaron por las escaleras resoplando.

    -Johann, en el tercer piso hay un pasillo que comunica con el edificio de al lado. Parece desierto, y hay una puerta trasera. Podemos salir sin que se enteren esas cosas.

    -Por fin una buena noticia. Tomad, coged vuestro equipo.

    -Por Sigmar, cómo pesa. ¿Qué hay dentro? – preguntó el hijo del barón.

    -Oro, por cortesía del excelentísimo Ayuntamiento de Mordheim – bromeó Erik.

Un golpe les hizo callar. La estructura del edificio tembló y una nube de polvo cayó del techo. Otro golpe, y las puertas de madera se astillaron. Los mercenarios comenzaron a subir la escalera con rapidez, intentando ponerse a salvo antes de que las puertas cedieran. Otro golpe, y se abrió un agujero en la madera. Con el cuarto golpe, las puertas volaron hechas pedazos. El vampiro entró en el vestíbulo y miró a los mercenarios.

    -¡Quietos! – gritó el vampiro, haciendo que los mercenarios pararan en seco y se volvieran a mirarle – Así que es cierto, el Caído se deja ver después de tanto tiempo. Debo reconocer que no me lo creí cuando mi sierva me lo dijo. El hijo pródigo ha vuelto a visitar a su familia.

    -Pensé que rompimos todos los lazos familiares cuando me fui a buscar fortuna, a padre nunca le sentó bien que buscara nuevas metas – dijo Erik, bajando un escalón - . Por eso no dije nada cuando vi a nuestra criada. Y, por cierto, nunca me gustó ese sobrenombre.

    -¿Acaso pensabas que iba a dejarte escapar? Por lo que veo sigues siendo tan cobarde como hace noventa años, no has cambiado nada. Incluso conservas tu juventud.

    -Sin embargo, yo te veo a ti bastante desmejorado – respondió Erik con calma - . El tiempo ha hecho estragos en ti, hermano.

Erik dejó su equipo en el suelo, desenvainó sus cuchillos y saltó hacia el vampiro. El vampiro esquivó el primer ataque y sacó su propia arma, contraatacando. Los dos combatientes luchaban a gran velocidad, a un nivel muy por encima de la destreza normal en un humano. Erik movía su cuerpo como si danzara, lanzando cuchilladas con cada movimiento. El vampiro, aunque de movimientos menos fluidos, paraba cada golpe con facilidad. En uno de los contraataques del vampiro el mercenario perdió uno de sus cuchillos, que cayó en el suelo a tres metros de distancia. Erik saltó ágilmente, apoyándose en la cabeza de uno de los muertos vivientes que se abrían paso a través de los restos de la estatua de mármol, y aterrizó de rodillas junto a su arma. El vampiro, dando una voltereta en el aire, se abalanzó sobre el mercenario como un águila que cae sobre su presa.

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Los mercenarios, que hasta ese momento habían estado paralizados por la voluntad del vampiro, recuperaron la libertad de movimientos a tiempo para escapar de las manos de los primeros no muertos. A pesar de que su amo estaba concentrado en el combate, aquellas criaturas avanzaban lenta pero incesantemente hacia sus presas.

    -¡Vamos! – ordenó el capitán, saliendo de su ensimismamiento.

    -Pero... – replicó Karl.

    -No empieces otra vez – respondió Marcus empujándole - , sube o te tiro escaleras abajo.

Los cuatro subieron los escalones de dos en dos, dejando atrás a la horda de cadáveres y al sonido de la lucha. Marcus abría la marcha, guiando al grupo a través de los polvorientos pasillos. En el silencio del edificio los gemidos de los muertos sonaban amplificados, como si aquellas criaturas estuvieran en todas partes a la vez. Al pasar junto a una ventana, el mago pudo comprobar que la mitad de la horda ya había entrado a través de las puertas destrozadas. Al llegar a unas escaleras Marcus giró a la derecha y empezó a bajar los escalones de tres en tres. Los otros tres hombres le siguieron, hasta que oyeron un golpe y un gemido de dolor. Al darse la vuelta vieron a Ludwig tumbado en el suelo de un rellano, con la pierna izquierda en un ángulo extraño.

    -Me he tropezado – explicó, conteniendo las lágrimas de dolor - . Creo que está rota.

    -Karl, ayúdale a ponerse en pie – dijo Johann - . Intentaremos curarle cuando estemos en un lugar más seguro.

El joven ayudó al mago a erguirse, intentando que no apoyara la pierna herida en el suelo. Los cuatro bajaron el último tramo de escaleras y se encontraron en un vestíbulo muy similar al que habían usado para entrar, pero mucho menos lujoso. Al igual que el primero, gruesos tablones cegaban las ventanas. Marcus y Johann descorrieron los cerrojos de acero y abrieron la puerta con cuidado, echando un vistazo a la calle antes de salir.

    -Despejado – susurró el capitán, contagiado de nuevo del silencio opresivo del ambiente de la ciudad.

Karl y Ludwig salían por la puerta cuando el mago habló:

    -Esperad un momento – jadeó.

Se dio la vuelta, ayudado por el joven, y susurró unas palabras con los ojos cerrados. Una bola de fuego salió disparada de su báculo e impactó contra las barandillas de madera, incendiándolas en cuestión de segundos.

    -Eso los mantendrá ocupados – dijo el mago, sonriendo.

    -Bien pensado – respondió Karl - , ahora larguémonos de aquí.

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Una hora después, el grupo descansaba en el interior de una casa de dos plantas. El mago dormía, agotado por el esfuerzo de la huida y drogado por las medicinas del equipaje de Johann. Un improvisado vendaje, lo mejor que se podía conseguir en esas circunstancias, mantenía la pierna en su sitio sujeta con un trozo de madera.

    -Johann, ¿sabías lo de Erik? – preguntó en voz baja Marcus.

El capitán negó con la cabeza.

    -Nunca dijo nada de su pasado, y yo tampoco le pregunté.

    -Noventa años... – dijo Marcus, incapaz de creérselo.

Johann no contestó, se limitó a mirar por los sucios cristales hacia el incendio que consumía los edificios que rodeaban la plaza del mercado.


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