lunes, 1 de octubre de 2012

Sexta Parte: Bajo Tierra

Autor y origen del texto: http://khemri.mforos.com/102910/8705667-la-saga-de-mordheim-historia-solo-lectura

Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000

A través de los huecos entre los escombros se filtraba algo de luz del incendio que había en la superficie. Marcus miró hacia arriba y palpó con las manos el techo recién formado. Al comprobar su solidez empezó a escarbar con los dedos, lo que provocó la caída de varios cascotes al suelo.

    -¡Maldita sea, Marcus, vas a enterrarnos vivos! – gritó Erik, empujando al calvo.

    -¡Ya estamos enterrados vivos, imbécil! – respondió Marcus, presa de la histeria.

    -¡Basta! ¡Los dos! – bramó Johann – Sacad las vendas y enrolladlas alrededor de algunos palos – dijo señalando algunas ramas que habían caído al suelo con ellos - , podemos hacer fuego para iluminar el túnel.

El anciano mago se acercó al capitán y le habló al oído.

    -¿Siempre son así?

    -Normalmente son peores – respondió Johann - . Tú llevas más tiempo en esta ciudad, ¿conoces estos túneles?

    -No, nunca he bajado aquí.

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Cinco minutos más tarde los cuatro hombres caminaban, antorchas en mano, por los túneles de Mordheim. Andaban despacio, haciendo el menor ruido posible y atentos a cualquier sonido. La luz proyectada por las antorchas apenas bastaba para iluminar diez o doce metros a la redonda. Según avanzaban aparecían montones de cascotes, charcos de agua sucia o agujeros que dejaban ver niveles inferiores. En varias ocasiones tuvieron que decidir qué camino seguir al llegar a una bifurcación, pues en aquel laberinto de cloacas no había señal alguna que indicara en qué zona de la ciudad estaban. El túnel que seguían se acabó bruscamente al dar a un profundo barranco.

    -Perfecto – dijo Erik, asomando la cabeza para ver el vacío que se extendía bajo ellos.

    -Tendremos que dar la vuelta y coger otro camino – dijo Marcus.

    -Eso es lo más inteligente que has dicho en todo el día – respondió Erik a modo de burla.

Los cuatro hombres dieron media vuelta y regresaron por el túnel. En algún lugar situado unos treinta metros más abajo, un ser escondido en la oscuridad los miró con malicia y corrió hacia una galería.

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Una puerta de madera obstruía el camino. La humedad la había hinchado, atascándola e impidiendo que se abriera con facilidad. Johann y Marcus la golpearon una y otra vez con el hombro mientras Erik y Ludwig sostenían las antorchas. Con cada golpe la puerta cedía un poco, hasta que finalmente se abrió del todo y ambos cayeron al suelo. Erik pasó por encima de sus compañeros con las antorchas en alto. Se encontraban en una amplia sala redonda con el techo suspendido muy por encima de sus cabezas. En el suelo, situados radialmente, descansaban muchos altares de piedra sin adornos. Marcus volvió a encajar la puerta en su sitio.

    -¿Qué es este lugar? – preguntó al volverse y ver la sala.

    -Diría que las catacumbas del templo de Morr – respondió Johann - , mira los sarcófagos.

    -Genial, justo donde quería estar.

Erik se acercó a la pared y prendió una lámpara que había colgada, con lo que la estancia se llenó de luz anaranjada. Johann miró la habitación, fijándose en todos los detalles. En el lado opuesto a la puerta por la que habían entrado vio otra puerta idéntica. A su derecha había una escalera de caracol que ascendía hasta el techo rodeando toda la sala.

    -¿Qué decís? ¿Escalera o puerta?

    -Puerta – respondió Ludwig - . El templo se derrumbó cuando cayó el Martillo de Sigmar, no creo que podamos salir por las escaleras.

    -Pues por la puerta entonces – accedió el capitán - , pero antes descansaremos un rato. Erik, saca algo de comer.

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Los cuatro hombres masticaban la carne seca como si fuera lo más sabroso que hubieran probado en sus vidas. Aunque estaban literalmente sepultados bajo toneladas de piedra, agradecían esos momentos de tranquilidad.

    -¿Y exactamente qué te trajo aquí? – preguntó Johann antes de meterse un trozo de pan en la boca.

    -En realidad soy de aquí – respondió el mago - , pero llevo muchos años fuera de la ciudad tratando de esconderme de los cazadores de brujas. Cuando me enteré de la caída del cometa decidí volver.

    -¿Y no te da pena ver tu ciudad así? – preguntó Marcus.

    -¿Pena? ¿De la gente que me perseguía con antorchas para quemarme en la hoguera? La pena es que su fin fuera rápido, esos desgraciados merecían algo peor.

    -Bueno, ya vale de historias por hoy – cortó el capitán antes de que la conversación fuera a más - . Dormiremos unas horas, yo haré la primera guardia. Procurad descansar bien.

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El ser olfateó el suelo y gruñó. Tras él, agazapados en el túnel, otros tres seres con aspecto de rata se movían con impaciencia.

    -¿Qué son? – preguntaron.

    -Cosas humanas – respondió el líder del grupo - . Cuatro cosas humanas, será fácil.

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Ocho horas más tarde Erik despertaba a los otros tres. Apenas habían podido dormir, en parte por los ruidos lejanos que llegaban a través del túnel y en parte por estar rodeados de sarcófagos. Recogieron en silencio y se dirigieron a la segunda puerta. A diferencia de la puerta por la que habían llegado, ésta no estaba atascada y se abrió con facilidad. Una ráfaga de aire frío salió del túnel.

    -Vamos – dijo Johann, agarrando una antorcha y entrando el primero.

Los cuatro recorrieron el laberinto de túneles tal y como hicieran el día anterior, eligiendo al azar qué camino seguir cuando se encontraban en una bifurcación. Un olor a descomposición les llegó a la nariz.

    -Por todos los dioses, ¿a qué huele? – preguntó Marcus.

    -Estamos en las cloacas, ¿tú qué crees? – respondió Ludwig.

    -A lo mejor el señor esperaba agua de rosas – bromeó Erik.

    -Muy graciosos – contestó Marcus, enfadado - . Sois realmente graciosos, ¿es que os habéis comido un bufón para desayunar?

Marcus cerró la boca al ver los detalles iluminados por el fuego. El olor provenía de varios cadáveres en descomposición, humanos a juzgar por sus vestimentas. Pero había otra clase de bultos mezclados entre los humanos, unas criaturas cubiertas de pelo... Los hombres rata saltaron de improviso y atacaron a los humanos. Los skaven tenían una espada en cada mano y atacaban con rapidez, apenas unos segundos entre golpe y golpe. Marcus y Johann combatían contra un adversario cada uno, pero Erik luchaba contra dos a la vez. Los hombres rata ejecutaban una extraña danza en la que cada movimiento iba acompañado de una rápida estocada, por lo que los mercenarios apenas tenían tiempo de parar un ataque antes de prepararse para el próximo. Erik, a pesar de estar en inferioridad numérica, parecía desenvolverse con la misma soltura que sus adversarios y ya había herido a uno en el costado. El skaven chilló cuando la antorcha del joven mercenario impactó contra la herida, chamuscando el pelo de la zona. El hombre rata dejó caer sus armas y huyó, escabulléndose en la oscuridad de los túneles y dejando a sus camaradas solos. El skaven que combatía con Johann se agachó y golpeó con su cola los pies del mercenario, haciéndole caer de espaldas. El capitán esquivó como pudo las estocadas del hombre rata, pero una de las espadas le atravesó el hombro derecho. Ludwig, que hasta ese momento había tratado de esconderse, corrió al oír el grito del mercenario y golpeó al skaven en la cara con el fuego de su antorcha. El asesino chilló, furioso, y arremetió contra el mago olvidando al capitán. No obstante, un agudo grito le hizo detenerse. El líder de los hombres rata tenía clavadas en el pecho hasta la empuñadura las dagas de Erik. El skaven cayó de rodillas, resistiéndose a morir, pero finalmente se derrumbó sin vida. Ver caer a su líder era más de lo que los skaven eran capaces de soportar, así que dieron media vuelta y escaparon corriendo a la seguridad de los túneles.

    -¡Eso, valientes! – gritó el joven mercenario a la oscuridad del túnel mientras recuperaba sus armas del cadáver del skaven - ¡Qué orgullo para vuestra raza, sea cual sea!

    -Erik, ayúdanos – dijo Marcus.

Cuando el mercenario se volvió pudo ver que su capitán, asistido por Marcus y el mago a la luz de las antorchas, estaba inconsciente.


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