Mordheim, a finales del segundo mes del año 2000
Los tres mercenarios bajaron la cuesta en dirección sur, alejándose del palacio en llamas. Ninguno pronunció una sola palabra hasta que dejaron atrás los jardines que rodeaban el palacio. Tras cruzar la verja e introducirse de nuevo en las calles de Mordheim Marcus reunió el valor suficiente para hablar.
-Johann, esto está mal. Deberíamos marcharnos de esta maldita ciudad.
-Si abandonamos la misión Hans habrá muerto para nada. ¿Eso es lo que queréis? – respondió Johann, furioso.
-No, pero... – titubeó Erik.
-Si queréis largaros hacedlo, pero yo me quedo.
-No, me quedaré – contestó Marcus - . Pero cuando encontremos a ese niño estúpido pienso darle una paliza.
-Tendrás que esperar en la cola – dijo Johann sonriendo - , porque voy a hacerle una cara nueva cuando le encuentre.
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La bestia olisqueó los restos de un cadáver descuartizado. El olor debió ser de su agrado, porque dos lenguas salieron para agarrar la carne y meterla en la boca. La bestia debió ser antiguamente un hombre, pues aún conservaba la cabeza prácticamente intacta, pero ahora no era más que una abominación de piel escamosa con dos cuernos largos y puntiagudos en la nuca. Mientras masticaba la carne un grupo de siete encapuchados vestidos con túnicas que cantaban en voz baja cruzó la calle. La comitiva iba encabezada por tres individuos, uno de ellos con la túnica roja y los otros dos, de gran estatura, protegiéndole a ambos lados. Los otros cuatro portaban a hombros una tabla de madera sobre la que descansaba un hombre atado y amordazado. La bestia mutante tragó la carne del cadáver y se alejó trotando en dirección a los encapuchados.
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Marcus, que abría la marcha pistola en mano, se detuvo. A escasos centímetros de sus piernas la niebla volvía a cubrir el suelo, pero en ese barrio sólo cubría hasta la rodilla. El mercenario caminó con cautela, temeroso tras lo que había visto unas horas atrás, y penetró en la fría neblina.
-No me gusta esto, no veo por dónde voy.
-Pues avisa si te caes en un pozo, no quiero morir metido en un pozo contigo – respondió Erik sarcásticamente.
-Que te avise tu padre – explotó Marcus.
-Niños, se acabó el recreo – dijo el capitán tratando de poner orden en el grupo por enésima vez.
El calvo dejó de hablar, pero lanzó una mirada asesina hacia el joven Erik antes de seguir adelante. En aquel barrio las calles eran bastante más estrechas, tanto que algunos de los edificios estaban unidos por el tejado sosteniéndose mutuamente. La ceniza llovía con menos intensidad, pero una gruesa capa lo cubría todo como si se tratara de una capa de nieve. Los tres hombres se taparon el rostro con trozos de tela, pues un penetrante olor a podrido flotaba en el aire. Conforme avanzaban, adentrándose cada vez más en el laberinto de angostos callejones, advirtieron que las vigas de los edificios estaban casi ocultas por grandes manchas de moho verde.
-Por Sigmar, ¿habéis oído eso? – dijo Marcus.
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Los encapuchados salieron del laberinto de calles a una amplia plaza. En el centro de la plaza había un cadalso de madera, tan podrido y cubierto de moho como el resto de construcciones de la zona. Varios fragmentos de piedra verde asomaban entre la niebla que cubría el suelo. El grupo de encapuchados se acercó al cadalso cantando ya a pleno pulmón, mientras la bestia que los acompañaba corría de un lado a otro. Los tres individuos se separaron del grupo y subieron las escaleras del cadalso, que se combaron bajo su peso. El individuo del centro, que portaba un báculo de madera oscura en la mano, llevaba la cara oculta tras una máscara de acero. Los otros dos medían más de dos metros, y de sus manos sólo asomaban largas garras de múltiples articulaciones. Sus rostros estaban deformados, uno de ellos tenía los ojos alojados donde cualquier humano tendría las comisuras de la boca y el otro tenía por cara una masa asimétrica donde los rasgos parecían haber sido colocados al azar. El enmascarado, que parecía ser el líder del grupo, alzó las manos y los cánticos de los encapuchados cesaron.
-Hermanos – dijo el líder - , elevad vuestras plegarias a los Dioses Oscuros. Hoy derramaremos la sangre de nuestra ofrenda y le entregaremos su alma a nuestros amos.
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Erik, Marcus y Johann observaban la escena asomados desde una esquina. El hombre de rojo hablaba a los demás encapuchados, pero desde donde estaban no podían oír sus palabras. Los monstruosos guardaespaldas del líder bajaron de nuevo al suelo y cogieron al hombre que yacía en la tabla.
-Es un viejo – dijo Erik con un susurro.
-No es nuestro problema – respondió Johann.
Ya se daban la vuelta para tomar otro camino cuando la bestia se asomó a la calle. Por un instante sus miradas se cruzaron, pero el instinto animal de la bestia la sacó de su estupor y se abalanzó sobre ellos rugiendo. Johann apuntó al monstruo y disparó mientras aún estaba en el aire, derribándolo malherido.
-¡Cogedlos! – ordenó el líder de los encapuchados al oír el rugido de su mascota y el disparo.
Los fanáticos seguidores del Señor Oscuro corrieron hacia ellos con armas oxidadas en las manos. Erik y Marcus se desprendieron de sus equipajes, aguardaron a que los fanáticos estuvieran cerca y apretaron el gatillo, acabando con dos de ellos.
-Sólo quedan cinco – dijo Erik, desenvainando sus dos cuchillos.
Al ver que dos de los miembros del culto caían, los guardaespaldas del líder bajaron del cadalso y corrieron a unirse al combate. Erik y Marcus luchaban contra los encapuchados, cuya locura llenaba los huecos dejados por su falta de pericia con las armas. Johann, por su parte, trataba de acabar con la criatura. La bestia, furiosa y agonizante, le atacaba con largas garras afiladas abriéndole varias heridas en los brazos. El mutante cometió el error de pararse a rugir para intimidar al mercenario, momento que aprovechó Johann para decapitarla de un solo tajo. Erik esquivó la espada de su rival agachándose y golpeó las rodillas del fanático, haciéndole caer de espaldas. El joven saltó encima del encapuchado y clavó los dos cuchillos en el pecho, acabando con la vida del loco.
-¡Necesito ayuda! – gritó, jadeando, Marcus.
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El anciano despertó, con los sentidos embotados por culpa de las drogas que le habían dado para sedarlo. Estaba tendido en el suelo boca arriba, con el cuerpo sumergido casi por completo en la niebla. Podía oír el ruido de la lucha, aunque no sabía quién combatía ni por qué. Con esfuerzo movió la cabeza tratando de ver algo. A su izquierda, subido encima de un cadalso de madera podrida, estaba el magíster del culto que le había secuestrado. Aunque no le podía ver el rostro por la máscara que lo cubría, era evidente que su atención estaba centrada en la refriega. El viejo movió las manos, con dificultad por las ataduras, hasta que sus dedos se cerraron en torno a un pequeño guijarro. Sintió el calor de la piedra bruja de inmediato. Sonriendo para sus adentros por su buena suerte, se concentró en absorber la magia del fragmento de piedra.
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Johann atravesó el pecho del fanático justo a tiempo, pues Marcus había caído de espaldas al tropezar con unos escombros. Los dos mutantes rugieron, sedientos de sangre, cuando vieron caer al último de sus hermanos de culto. Erik extrajo sus cuchillos del pecho del encapuchado y esperó, con sangre fría, a que se aproximaran más. Cuando se encontraban a menos de cinco metros, apuntó y lanzó las dos hojas. Los cuchillos se hundieron en el rostro de uno de ellos, atravesando el cerebro y matándolo en el acto. El otro se abalanzó sobre ellos, golpeándoles con una fuerza sobrehumana. El mutante no necesitaba armas, sus propias extremidades deformadas cortaban como guadañas.
-¡Marcus, date prisa! – gritó Johann mientras esquivaba otro zarpazo.
El capitán y Erik se enfrentaban al mutante mientras Marcus, arrodillado junto a la pared, recargaba su pistola.
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El magíster, incapaz de creer lo que veían sus ojos, montó en cólera. Alzó su báculo al cielo y comenzó a murmurar en una lengua cruel. Alrededor de su cuerpo se arremolinaron docenas de luces brillantes, luces que conforme avanzaba el conjuro crecían en tamaño hasta parecer pequeñas cabezas ardientes que reían con maldad. El anciano, tras consumir toda la magia contenida en la piedra, concentró toda su voluntad para someter al poder asimilado. Sudando a causa del esfuerzo centró sus pensamientos en las ligaduras que le ataban, que finalmente ardieron hasta verse reducidas a cenizas. El viejo, libre para moverse de nuevo, se puso de rodillas y buscó a tientas entre la niebla hasta que encontró algo sólido. Agarró el objeto, que resultó ser un adoquín vulgar y corriente, y lo lanzó contra el líder del culto. La pedrada le hizo perder la concentración durante un solo instante, pero fue más que suficiente. Las calaveras de fuego, libres del control del hechicero, le atravesaron de parte a parte haciendo arder su túnica. El magíster gritó de dolor y trató de quitarse de encima las llamas, pero en pocos segundos el cadalso sobre el que estaba comenzó a arder también.
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Erik yacía en el suelo, sangrando por un brazo. Johann continuaba esquivando los ataques del monstruo, retrocediendo, cuando el cadalso situado en el centro de la plaza estalló en llamas. El mutante, sorprendido, giró la cabeza para ver qué había ocurrido y el mercenario aprovechó la distracción para atravesar el vientre del monstruo con su espada. El mutante movió lentamente la cabeza, con los ojos inyectados en sangre, y soltó un alarido de furia. Agarró a Johann por el cuello, levantándole casi un metro del suelo y tratando de estrangularlo. El capitán empezaba a ponerse morado cuando un cilindro de metal se apoyó contra la sien del monstruo.
-Vete al infierno – dijo Marcus antes de apretar el gatillo.
El mutante cayó, con la cabeza hecha pedazos, y Johann pudo volver a respirar.
-Me debes una – dijo Marcus.
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